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- 14/06/2015 02:00
Durante la temporada de las graduaciones, los oradores en esas celebraciones a menudo instan a los jóvenes a tomar el camino menos transitado. Pero este año, me gustaría defender algo que puede ser igualmente fructífero: el camino entrecortado.
La vida no es una línea recta. No se trata de un paseo por un lugar prolijo y cuidado. Tiene zigzags. Es desprolijo, no hay guión previo y es impredecible. Hay desvíos y entradas sin salida, curvas peligrosas y puentes dañados. Es probable que se susciten pequeños choques y hasta un accidente o dos más serios. Podemos perder negocios, matrimonios, miembros de la familia. A veces, debemos retroceder y tomar una dirección distinta.
Cuando uno cruza un escenario con la toga y el birrete, la tentación es pensar que toda la vida de uno está planeada.
Eso es absurdo. No tuvimos suficiente experiencia a esa edad para saber a dónde nos dirigimos o cómo llegaremos a nuestro destino y además, a medida que pasen los años, seremos personas diferentes. Lo más probable es que lo que nos entusiasma a los 23 años no nos interese a los 43.
Tendremos suerte si hallamos una pasión pronto y podemos sostenerla el resto de nuestros días. Pero también existe el peligro de que al procurar tan estrictamente el sendero de una carrera perdamos lo que no está en ese sendero. Surgirán nuevas oportunidades si nos mantenemos abiertos a ellas. De la misma manera, podríamos perder nuestra verdadera vocación si observamos sólo un sendero a seguir.
Sin embargo, ¿qué pasará si el camino serpentea? Es lo que les ocurrió a varios consumados jóvenes de personalidad tipo-A, que fueron a la universidad conmigo.
Un día durante el último año, un buen amigo me anunció que había decidido abandonar su objetivo de convertirse en millonario por algo más ambicioso: multimillonario. Tuvo un buen comienzo asistiendo a una escuela de administración de empresas de primera e ingresando en la industria de servicios financieros. Sin embargo, recientemente decidió dirigir una organización sin fines de lucro para proveer de oportunidades a los jóvenes, lo que supuso una considerable reducción de su salario. Parece estar más contento que nunca.
Unos 10 años después de finalizada la universidad, otra amiga me escribió una nota recordando que muchos de nosotros habíamos hablado sobre cambiar el mundo. Ella aún creía que el mundo debía ser modificado, escribió, pero ya no pensaba que ella lo haría. Hoy en día, es profesora universitaria y pasa su tiempo intentando impactar la vida de sus estudiantes. Cuando la bombita de luz se enciende sobre la cabeza de uno de ellos, ella está cambiando su parte del mundo.
Otro amigo fue a la escuela de Derecho y ahora gana un salario de un par de millones al año. Hace un tiempo, fuimos a un partido, y me confesó que había días en que no quería ir a trabajar. Ejercer la ley es como luchar, dijo —y pasar la cuenta a los clientes. Algunos días, dijo, no tenía ganas de luchar. También odiaba tener que pasar tanto tiempo alejado de sus niños. Después saltó de una firma a otra y otra más, hasta que encontró el equilibrio deseado.
Finalmente, hablé recientemente con un grupo de jueces de California sobre ‘escribir el siguiente capítulo de la vida'. La persona más feliz en la sala pareció ser una jueza jubilada, que vivía en la zona de viñedos cuidando de una pequeña viña y criando perros de agua portugueses. Dudo que mientras toma su café por la mañana temprano y observa las hileras de uvas, esté pensando en lectura de cargos y juicios por asesinato o en ser asignada a un tribunal superior.
Hace veinticinco años, cuando me gradué de la universidad, quería tres cosas: tener fortuna, fama y estar en el centro de la conversación. Hoy quiero cosas diferentes: perseguir mi pasión, tener un horario flexible para poder pasar tiempo con mis hijos y tener un impacto positivo en los demás por medio de palabras y actos.
Cuando uno se va haciendo más viejo, sufre pérdidas y gana en perspectiva, aprende que las cosas pequeñas son las más importantes.
He dado varios discursos de graduación y es fácil exagerar al decir que los jóvenes pueden cambiar el mundo.
Es hora de enviar un nuevo mensaje: No se preocupen tanto por cambiar el mundo. Concéntrense, en cambio, en cambiar a la gente que lo habita —especialmente, a los niños. Críenlos para que sean seres humanos bondadosos, agradecidos, responsables, humildes, respetuosos y productivos. Y no se olviden de exigir lo mismo para ustedes.
Si quieren contribuir con la sociedad, es más que suficiente.
THE WASHINGTON POST GROUP