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Lula: el freno a la ultraderecha, el revés de Trump y la disputa geopolítica
- 27/10/2026 00:00
La victoria del mandatario brasileño Luiz Inácio Lula da Silva este domingo en segunda vuelta rompió no solo el pronóstico que perfilaba una derrota ante el senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, sino que también marca el tenor de unas elecciones que frenaron a la derecha en la región y transcurren en clave geopolítica.
El líder del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT) fue reelegido para su cuarto mandato en una remontada épica, con el 52 % del apoyo (64,256,232 votos), sumando 10 millones de votos más que en la primera vuelta y dejando en el camino a Bolsonaro, quien alcanzó el 48 % (59,826,041 votos). Un resultado que dinamitó las proyecciones y rompió con la propia historia electoral brasileña, en la que ningún candidato de la era democrática había conseguido ganar la segunda vuelta tras perder la primera.
La Federación Brasil de la Esperanza, el bloque que postuló a Lula y que estaba conformado por el PT, el Partido Comunista de Brasil y el Partido Verde, planteó la elección como una lucha entre dos visiones contrapuestas: sn “modelo democrático” frente al “peligro autoritario” que representaba la familia Bolsonaro. Esto, luego de que Bolsonaro padre encabezara un intento de golpe de Estado para mantenerse en el poder tras la derrota electoral de 2022, hecho que derivó en una condena de 27 años de prisión.
A partir de esa dinámica, el PT logró sumar a sectores del electorado que tradicionalmente no votan por la izquierda e incluso movilizar a electores que suelen abstenerse en la segunda vuelta, lo que contribuyó a reducir el abstencionismo.
Este resultado también coincidió con una mejora de las condiciones socioeconómicas de Brasil durante el último quinquenio de Lula. Según datos del Banco Mundial, la economía creció un 2,3 % en 2025, mientras que las proyecciones del FMI situaban al país entre las ocho economías más grandes del mundo. Al mismo tiempo, el desempleo mantuvo su tendencia a la baja y se ubicó en el 5,3 % en agosto de este año, de acuerdo con el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE).
Durante este periodo también se implementaron políticas laborales relacionadas con el salario mínimo, la igualdad salarial para las mujeres, las licencias de maternidad y los subsidios crediticios para trabajadores informales. Estas medidas se aplicaron en un país donde la tasa de informalidad supera el 37 %, lo que equivale a unos 38,5 millones de personas.
Asimismo, en julio pasado, Brasil salió del mapa de países con hambre, según el informe sobre seguridad alimentaria y nutrición en el mundo publicado por la FAO en 2026. El país había salido de esa lista en 2012, pero volvió a ingresar en 2018, durante los gobiernos del derechista Michel Temer (2016-2018) y de Jair Bolsonaro (2019-2022). El Gobierno de Lula atribuyó ese retroceso al desmantelamiento de los programas sociales implementados durante las administraciones de la izquierda.
Ese balance de logros socioeconómicos fue parte del éxito de Lula, pero no fue suficiente para compensar problemas graves que su gestión no ha podido resolver, como la inseguridad y el control de la inflación, que está carcomiendo los salarios de la población. Ambos problemas, asumidos como consignas por el bolsonarismo y que han calado con fuerza entre las clases medias, con respaldo de una parte importante de las iglesias evangélicas, que también movilizaron el voto anti-PT.
Los analistas destacan, además, una sólida campaña digital que se alejó de las vetustas estrategias de la izquierda, con despliegues sistemáticos en WhatsApp y Telegram, las redes sociales e incluso el uso de inteligencia artificial, un terreno dominado en los últimos años por las fuerzas de derecha en el mundo. Dentro de esta estrategia destaca André Janones, diputado de 41 años del estado de Minas Gerais, quien articuló esta batalla de hashtags, orientada no solo a captar votantes, sino también a vincularlos con movilizaciones populares, conectando la lucha política virtual con acciones concretas fuera del mundo digital. La estrategia cobró mayor fuerza tras las denuncias de que empresa estadounidense Meta —propietaria de Instagram, Facebook y WhatsApp— habría “favorecido” mediante sus algoritmos a los canales bolsonaristas en detrimento de los de Lula.
Otro elemento destacable, que cobró fuerza durante la última semana, fue el componente de clase, que quedó claramente expuesto en el último debate presidencial. Lo que comenzó como una discusión en televisión sobre el costo de la vida derivó en señalamientos de Bolsonaro sobre la erosión del poder adquisitivo de la población durante el gobierno de Lula. En ese contexto, Bolsonaro afirmó que el mandatario “da con una mano y quita con los nueve dedos”, una frase cargada de desprecio clasista que ha sido ampliamente utilizada por la derecha brasileña.
Lula perdió uno de sus dedos a los 17 años, cuando trabajaba, aún siendo menor de edad, para llevar comida a su casa ante la pobreza que vivía su familia. Este episodio se convirtió en una pieza clave de la narrativa histórica de su trayectoria política, que lo llevó a ser dirigente sindical como obrero metalúrgico, luego diputado y, finalmente, presidente. El “desliz” retórico de Bolsonaro expresa, en el fondo, un desprecio más amplio hacia los simpatizantes del PT y los movimientos populares, a quienes considera “los de abajo”. Una actitud que su movimiento no intentó disimular, sino que, por el contrario, ha utilizado como bandera.
En uno de los países más inequitativos del mundo, donde el 10 % más rico acapara el 61 % del crecimiento económico, de acuerdo con Oxfam, la desigualdad social, de género y racial tiene raíces profundas. A esto se suman las brechas geográficas entre los estados del norte y del sur, así como entre el campo y la ciudad. En este contexto, la cuestión de clase se convierte en un tema sensible para los sectores populares brasileños y tiene un enorme peso electoral.
Si bien fue precisamente esa lacerante desigualdad social y de derechos la que generó las condiciones para el surgimiento de fuerzas políticas como el PT y otros colectivos de izquierda, esta elección también pone de manifiesto los límites de esa narrativa, que Lula logró capitalizar in extremis. Sin embargo, esta no será suficiente para gobernar un país, especialmente ante las deudas pendientes en materia de reformas estructurales viables que atiendan de fondo las necesidades de la población, más allá de las lógicas de redistribución de ingresos mediante programas asistenciales financiados con fondos estatales.
Una de las principales particularidades de las elecciones presidenciales brasileñas fue el peso de Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump. El mandatario tachó de “elección amañada” la victoria de Lula y evitó reconocer el resultado, en línea con los reclamos de Bolsonaro sobre supuestas irregularidades.
“Esta elección fue una elección en la que tuvimos que superar la intromisión externa hacia adentro, a través de las plataformas digitales (...) Este país no acepta ser el patio trasero de nadie”, dijo Lula en su primer discurso luego de la elección, insistiendo en la injerencia de Trump en los comicios.
Cinco meses antes de las elecciones, en mayo, Trump recibió en la Casa Blanca a Flávio Bolsonaro, en un gesto diplomático inusual que fue interpretado como un espaldarazo político a la familia Bolsonaro en medio de la situación judicial del exmandatario brasileño. Este último nunca ha ocultado su afinidad ideológica y política con el magnate, a quien sus simpatizantes más radicales consideran un referente bajo el eslogan “Make Brazil Great Again”, una versión tropical de la marca trumpista “Make America Great Again” (MAGA).
Los aliados más militantes del movimiento MAGA en la región, entre ellos el presidente colombiano Abelardo De la Espriella y el mandatario argentino Javier Milei, también se involucraron de lleno en la campaña brasileña en favor de Bolsonaro. Este último incluso asistió al lanzamiento de su candidatura e insultó a Lula con calificativos como “mentiroso” y “basura calva”.
El resultado aleja a la mayor economía de América Latina de la tendencia de avance de los gobiernos de derecha y ultraderecha en la región, muchos de los cuales se han alineado abiertamente con la Doctrina Monroe de Estados Unidos y su expansión militar bajo la figura del Escudo de las Américas. Esto situaría a Brasil, junto con México, gobernado por la también izquierdista Claudia Sheinbaum y segunda economía más grande de la región, como los dos principales bastiones de la izquierda latinoamericana. A su vez, ambos países representan un «balón de oxígeno» para las fuerzas políticas de izquierda en un momento de debilidad regional, además de constituir un contrapeso frente al avance de la derecha.
Esto no impide que gobiernos alineados con Trump, como los de Panamá, Chile, Colombia, Paraguay o Perú, hayan reconocido el resultado electoral, en contraste con los silencios de Javier Milei y del Gobierno de Nayib Bukele en El Salvador.
Otro de los grandes derrotados sería Israel, cuyo gobierno también habría expresado su apoyo al bolsonarismo, que mantienen lazos con el Gobierno de Benjamín Netanyahu, quien también manifestó su respaldo a Flávio Bolsonaro. Este acercamiento cobra especial relevancia tras las denuncias de Lula sobre la ofensiva militar israelí en Gaza y las acusaciones de genocidio.
La reelección de Lula también plantea un mayor margen de maniobra para el comercio y la inversión de China, con la que Brasil comparte el proyecto de los BRICS. Asimismo, abre un espacio para ampliar los vínculos con los países europeos, que atraviesan sus propias contradicciones con Trump y coinciden con Brasil en la búsqueda de nuevos socios. En este escenario, el Gobierno del PT podría actuar como puente, pese a las diferencias entre Brasilia y la Unión Europea en torno a la guerra en Ucrania y su postura frente a Rusia.
Aún está por verse cómo se resolverán los reclamos de Bolsonaro, cuyo partido ya reconoció por su cuenta la derrota. A esto se suma el enorme desafío que enfrentará Lula para gobernar con un Congreso dominado por el bolsonarismo, lo que lo obligará a replantear su estrategia de negociación sin renunciar al programa político que le permitió obtener la victoria.