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19 de Jan de 2021

América

El trasfondo del referendo

El hoy reencauchado Marx decía hace siglo y medio que “la historia se repite la primera vez como tragedia y la segunda como comedia”. ¿Q...

El hoy reencauchado Marx decía hace siglo y medio que “la historia se repite la primera vez como tragedia y la segunda como comedia”. ¿Qué sería entonces la aprobación esta semana del referendo en el Senado de Colombia? ¿Una repetición tragicómica de la historia? Prematuro decirlo. Por ahora no han aparecido Yidis ni Teodolindos; ni hubo zafarrancho similar al que desató hace cuatro años la aprobación del proyecto sobre la primera reelección. Algo va del ingenuo ministro Sabas Pretel al sagaz Fabio Valencia Cossio, y es evidente que la maquinaria gobiernista se movió con más eficacia.

Dio otro paso firme en el camino de la reelección. Y aunque la oposición ha apostado al desgaste del Presidente, del cual hay síntomas varios, lo cierto es que el uribismo mantiene un ritmo arrollador. Apoyado en la favorabilidad de las encuestas, un hábil manejo de lo mediático y una utilización omnipotente de los recursos del Estado. Gústenos o no, es una estrategia exitosa. Otra cosa es su eventual efecto sobre la institucionalidad y la imagen externa del país como una democracia política que nunca ha caído en caudillismos populistas. No es alentador, en todo caso, que publicaciones tan prestigiosas y equilibradas como The Economist estén hablando hoy de que “Colombia se desliza hacia la autocracia”. Ni que Washington mire con creciente preocupación lo que aquí pasa en materia de ‘chuzadas’, ‘falsos positivos’, etc.

Cuando 62 senadores votan para abrirle paso a una tercera candidatura del Presidente es porque —además de las prebendas de rigor— saben que en sus regiones el uribismo es más un impulso que una traba para sus respectivas reelecciones. Pero la aprobación del referendo puede estar reflejando algo más de fondo que intenciones reeleccionistas en la Casa de Nariño o el Congreso. Por ejemplo, el tránsito de la sociedad colombiana hacia una democracia plebiscitaria, al estilo de la que están imponiendo Chávez, Correa y Evo Morales en sus respectivos países. Con diferente tinte ideológico, por supuesto, pero apoyado en la misma popularidad de un líder que pesa más que las instituciones. Los nocivos efectos institucionales de un tercer mandato son claros y han sido ampliamente debatidos. Pero creo que es hora de explorar más a fondo qué significa el sostenido apoyo ciudadano a esta eventualidad.

No parecería concordar con el tan invocado apego de los colombianos a la legalidad. Ni con una defensa sentida de la Constitución del 91, ya tantas veces manoseada. ¿Hasta dónde, en fin, se la juega el hombre del común por una institucionalidad representada por el Congreso, el poder judicial, los partidos políticos? Triste decirlo, pero es posible que su percepción de la misma hoy pase más por la figura de un líder que encarne la estabilidad, que por los órganos del poder público que representan la legalidad democrática. También se han desdibujado las distancias sociopolíticas que nos diferenciaban de países vecinos. Y fenómenos como el caudillismo o el populismo, ajenos a nuestra tradición política, ya no parecen tan exóticos.

Lo cierto es que la tendencia hacia el reeleccionismo se expande en la región. En Nicaragua, Ortega también busca perpetuarse y Zelaya quiere lo mismo en Honduras. Hasta en Brasil, diputados anunciaron un proyecto de enmienda constitucional para convocar un plebiscito que permita una segunda reelección presidencial. Pero Lula ha sido claro en que “no habrá tercer mandato”. Veremos.

Y en Colombia, cada vez que Uribe rompe su silencio sobre el tema, siembra más incertidumbre, con enigmáticas frases sobre las encrucijadas de su alma. En un foro con The Economist dijo el jueves que veía inconveniente perpetuar al presidente y que el país tenía numerosos líderes buenos. Pero dos horas después sostuvo en la Cancillería que tenía responsabilidades con el país y que le preocupaba mucho lo que pudiera pasar con sus políticas. La confusión es tal que los Santos en el Gobierno tienen percepciones totalmente distintas. “Tengo la intuición de que no se lanza”, ha dicho el ministro saliente de Defensa. “Mi intuición es que sí va a seguir”, afirmó esta semana el vicepresidente. Pero ambos advierten que no saben nada, porque nada les ha dicho. ¿Tragicómico?