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06 de Apr de 2020

América

Peor, imposible

EnOMBIA. En la madrugada del jueves, Caracol Radio despertó a sus oyentes con la información de que el gobierno del presidente Álvaro Ur...

EnOMBIA. En la madrugada del jueves, Caracol Radio despertó a sus oyentes con la información de que el gobierno del presidente Álvaro Uribe exhibiría pruebas irrefutables de la presencia de comandantes de las FARC y el ELN en territorio venezolano.

La noticia dejó a más de uno frío. No tanto por su contenido - es vox pópuli que varios jefes de la guerrilla se pasean como Pedro por su casa en Venezuela - sino por el momento escogido para hacer pública la evidencia.

El día anterior, el presidente Hugo Chávez había autorizado una reunión entre su ministro de Relaciones Exteriores, Nicolás Maduro, y la canciller designada María Ángela Holguín. Crecía la expectativa de que Chávez asistiría a la posesión de Juan Manuel Santos, otrora su más férreo crítico.

Y Holguín había reiterado que su prioridad era lograr la normalización de las relaciones con los vecinos. No hay que ser un experto en asuntos internacionales para anticipar que la denuncia colombiana contra el gobierno venezolano iba a alborotar el avispero y desencadenaría una reacción del régimen chavista.

Había ocurrido en el pasado una y otra vez. Como un marido infiel, no hay nada que indigne más a Chávez que lo acusen de ser colaborador de la guerrilla. Menos de 24 horas después de la rueda de prensa del ministro de Defensa Gabriel Silva en la que se detalló la localización de los jefes de las FARC Iván Márquez, Rodrigo Granda, Timochenko y Grannobles, ya Venezuela había llamado a consultas a su embajador y Chávez había insultado a Uribe, a quien describió nuevamente como un ‘mafioso’.

Uribe, mientras tanto, convocó una cumbre con la cúpula de las Fuerzas Armadas y sus ministros de Defensa y de Exteriores, para estudiar la reacción venezolana y preparar la respuesta.

EL CONSEJO PERMANENTE

Esta fue leída a las cinco de la tarde por el secretario de prensa, César Mauricio Velásquez. En una carta a la OEA, el gobierno pidió la convocatoria urgente de una ‘sesión extraordinaria del Consejo Permanente para examinar la presencia de terroristas colombianos en territorio venezolano’.

En un dos por tres, los planes del presidente electo Santos de arrancar su mandato con aguas calmadas en el vecindario quedaron relegados al cuarto de San Alejo de las buenas intenciones. Su gira de amistad por la región, que arranca el 21 de julio en México, adquiere un trasfondo muy diferente, en el que la seguridad - y no el comercio y la inversión- dominará el cubrimiento mediático.

El presidente Uribe es hoy lo que los gringos llaman un ‘lame duck’, un mandatario de un gobierno que está de salida. Su capacidad de influencia es mínima; sus contrapartes latinoamericanos están interesados en ganar puntos con el sucesor más que con él.

Más aún cuando sienten que Santos y Holguín representan el regreso de la habitual diplomacia colombiana que prefiere el diálogo a la confrontación.

LAS RELACIONES

Tanto Chávez como Maduro buscaron resaltar la diferencia frente a Uribe y Santos. Incluso, aprovechando el papayazo, han acusado al Presidente colombiano de conspirar contra su ex ministro de Defensa, la vieja táctica de divide y vencerás.

En la reunión del jueves de los directores de los medios colombianos con el ministro de Defensa, este explicó por qué el Presidente quiso revivir el tema de las FARC en Venezuela. Según Silva, Uribe quería que quedara claro que el deterioro de las relaciones con el vecino país se debía a la falta de compromiso de Chávez en la lucha contra el terrorismo.

Ya en días pasados el canciller Jaime Bermúdez había advertido lo mismo. En la lógica actual del gobierno, no es posible mantener relaciones normales con un país que permite la presencia de guerrilleros en su territorio.

Paradójicamente, de 2002 a 2007 esa fue la política de Uribe. Se aguantó la piedra y con excepción de la crisis por la captura de Granda en Caracas las relaciones entre ambos países fueron inmejorables para los negocios.

El resultado fue un colapso en el comercio entre Colombia y Venezuela; las exportaciones a mayo de 2010 apenas sumaron $650 millones. Y la guerrilla, como lo señaló la Casa de Nariño, sigue allí, refugiándose del otro lado de la frontera.

Es evidente que la diplomacia del micrófono, tan de moda en estos últimos años, no funciona. Esa parece ser la conclusión a la que han llegado el Presidente electo y su Canciller.

Quieren imponer de nuevo el pragmatismo del pasado que dio tantos resultados cuando Holguín era embajadora en Caracas en los primeros años de la administración de Uribe. © Publicaciones Semana