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30 de Sep de 2020

América

Elección entre la vuelta al pasado y el dolor del narco

MÉXICO. Hoy en México habrá un cambio de horario: tendremos que retrasar los relojes entre 12 y 85 años. No importa quién gane, el PRI r...

MÉXICO. Hoy en México habrá un cambio de horario: tendremos que retrasar los relojes entre 12 y 85 años. No importa quién gane, el PRI regresará a la presidencia o al menos aquello que el fallecido político de derecha Carlos Castillo Peraza llamaba ‘el pequeño priista que todos llevamos dentro’.

La maquinaria electoral de todos los partidos se puso a funcionar, pero el PRI lleva ventaja: décadas de construir estructura y el poder económico que da mandar en 20 de los 32 estados del país. En realidad el dinosaurio –como llaman a los viejos líderes del PRI– nunca se fue.

La semana previa a la elección, las casas encuestadoras que en algún momento llegaron a presentar algo cercano a un empate técnico, daban por ganador al priista Enrique Peña Nieto, por un margen que va de los siete a los 18 puntos. Una diferencia que pareciera insalvable, aunque para algunos queda la esperanza de que se repita el caso del año 2000 donde todas los vaticinios decían que ganaba el candidato del PRI pero fue derrotado de manera contundente por el opositor Vicente Fox.

En segundo lugar queda Andrés Manuel López Obrador, quien va en una coalición de partidos de izquierda. Es la segunda vez que compite por la presidencia, la primera fue hace seis años en un proceso marcado por la intervención del entonces presidente Vicente Fox.

QUIÉN ES QUÉ

En 1988 el entonces hegemónico PRI sufrió una herida que todos creían de muerte. Frente a los tecnócratas neoliberales que tomaron el control del partido, el ala de izquierda decidió romper con el colectivo y aliarse con los comunistas para lanzar a la presidencia al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del ex presidente de México Lázaro Cárdenas, quien durante su gobierno expropió el petróleo y llevó al país a un régimen de tintes socialistas. Perdieron las elecciones pero se dio origen al Partido de la Revolución Democrática, que ahora postula a López Obrador, uno de los ex líderes priistas que partieron con el ingeniero Cárdenas.

El analista Carlos Elizondo Mayer-Serra desglosa algunas propuestas de los candidatos. En el caso de Andrés Manuel López Obrador (PRD), apunta que el programa económico es el de ‘una izquierda heredera del nacionalismo revolucionario de los 70. No hay propuesta de privatización ni apertura. La solución es tener un gobierno más fuerte, más intervencionista, con más atribuciones, pero más austero y menos corrupto’.

Peña Nieto, prosigue, se ubica en el centro y ‘propone apertura en sectores que hoy están cerrados, en particular el sector petrolero. No hay detalle en el cómo, pero se sabe que implicaría abrir el sector de forma radical, salvo en exploración y producción de crudo, donde la apertura se limitaría a permitir la asociación de Pemex con empresas privadas’.

Si bien Elizondo lo ubica en el centro en términos económicos, la definición en lo político no es el fuerte de Peña Nieto: en una entrevista negó ser de derecha o izquierda, pues los ‘modelos de gobierno que uno y otro siguen se confunden entre ellos’, y se definió como un pragmático al que sólo le importan los resultados.

Otro rasgo que podría diferenciarlos tiene que ver con la respuesta a las demandas sociales. El gobierno de Peña Nieto en el Estado de México terminó envuelto en un caso de violación de Derechos Humanos por la represión violenta de un grupo de campesinos y el abuso sexual de 42 mujeres, además de tortura en contra de un profesor gay.

López Obrador y Marcelo Ebrad –alcalde del DF–, en cambio, se caracterizaron por una apertura social que permitió a la Ciudad de México ser la primera en Latam en aprobar el matrimonio hay; legalizar la interrupción voluntaria de embarazo y dar cabida a movimientos sociales.

Claro que no es lo mismo gobernar una entidad que un país entero. México no es el mismo que el de hace 50 años, cuando el PRI llegó a la cumbre de la megalomanía populista. Tampoco es aquel que permitiría masacres como la de estudiantes en 1968 y 1971 o la de campesinos en Acteal en 1997. Sin embargo es posible que siga siendo tan corrupto como antes, que sucumba a lo peor de las prácticas electorales (falsificación, compra y coacción del voto). Tras seis años de guerra contra el narcotráfico, tal vez la gente prefiera las crisis recurrentes, la impunidad de la clase política y financiera y la censura, que otros 60 mil muertos.