30 de Nov de 2021

América

EE.UU. recibió más de 37 mil niños no acompañados entre julio y agosto

En Centroamérica y México, solo entre julio y septiembre de este año, aproximadamente 38 mil personas solicitaron asilo en México, y entre julio y agosto las autoridades fronterizas de Estados Unidos registraron 37,805 niños y adolescentes no acompañados o separados

EE.UU. recibió más de 37 mil niños no acompañados entre julio y agosto
Foro “Niñez y adolescencia en situación de movilidad humana y los procesos de restitución de sus derechos en Panamá”, organizado por Aldeas Infantiles S.O.S y UnicefCedida

Los flujos migratorios irregulares en Latinoamérica, mayoritariamente hacia Estados Unidos, se originan en Venezuela, Colombia, el Triángulo Norte (El Salvador, Honduras, Guatemala), Haití y República Dominicana. En estos países el contexto político, económico, de violencia o desastres naturales han contribuido a engrosar las caravanas hacia el norte en busca de mejores condiciones de vida. No obstante, este fenómeno se ha convertido en un verdadero desafío para los países en tránsito o de acogida, como México, mientras Estados Unidos resuelve la situación legal migratoria de esta población.

Para dar un contexto a lo anterior, en Centroamérica y México, solo entre julio y septiembre de este año, aproximadamente 38 mil personas solicitaron asilo en México, y entre julio y agosto las autoridades fronterizas de Estados Unidos registraron 37,805 niños y adolescentes no acompañados o separados en la frontera de Estados Unidos y México, según información proporcionada por Roberto Rodríguez, de Unicef.

Estos datos se recogen del foro “Niñez y adolescencia en situación de movilidad humana y los procesos de restitución de sus derechos en Panamá”, celebrado ayer por Aldeas Infantiles S.O.S y Unicef, que busca dar una mirada profunda a la problemática de los niños y adolescentes que hacen esta ruta.

Gran parte de estos migrantes son de nacionalidad venezolana. De hecho, este país sobrepasa los 7 millones de personas que han decidido dejar sus casas y migrar a otras naciones.

Historias trágicas

En los últimos años se quintuplicó la cantidad de niños y adolescentes migrantes que cruzan la selva de Darién, en Panamá, lo cual ha puesto a prueba la capacidad de las instituciones locales que deben velar por el bienestar de esta población, sean nacionales o migrantes. Cada infante que emprende el viaje hacia Estados Unidos carga consigo sus derechos, que deben ser respetados por los países de la ruta signatarios de la Convención de los Derechos del Niño.

Para muchos niños y adolescentes que llegan solos, suele haber una respuesta a los pocos días cuando sus padres responsables arriban a Bajo Chiquito y se identifican como tal. Esta metodología de enviar por delante a los niños y adolescentes cada vez ocurre con más frecuencia. “Hemos visto casos muy dolorosos, como niñas que han perdido a sus padres en el trayecto de la selva, historias desgarradoras de infantes abrazados a los cuerpos sin vida de quienes son sus padres o familiares con la intención de buscarles oportunidades en nuevas latitudes”, describió Graciela Mauad, directora de la Secretaría Nacional de Niñez y Adolescencia (Senniaf).

El incremento de población migrante irregular ha resultado un desafío para Panamá en todo el sentido de la palabra. Ha requerido de alianzas estratégicas que puedan dar atención oportuna y efectiva. Hay que recordar que el objetivo de los migrantes es continuar su camino al norte, no quedarse en Panamá.

Por los pasos fronterizos del istmo con Colombia y Costa Rica, este año han cruzado más de 100 mil personas. Una cifra que, comparada con años anteriores, como 2019 cuando se registraron 22 mil migrantes irregulares, y un año antes 9,222, da una idea de la dimensión del problema que enfrenta la región.

Por añadidura, el idioma ha sido una barrera para la población haitiana que representa el 65% del total de los migrantes que llegan a Panamá, al momento de recibir asesoría legal.

Mauad dijo que la institución ha tenido que trasladar a niños y adolescentes a otros lugares del país mientras llegan sus familiares, para permitir luego una reunificación más expedita. En casos de niños migrantes que han pasado años sin resolución en el país, según Mauad se les ha buscado cuidado alternativo con una familia acogente.

El riesgo de ser mujer

Para las niñas y adolescentes migrantes o refugiadas la situación es sumamente compleja y riesgosa. Se inicia con traumáticas afectaciones psicológicas relacionadas con la violencia estructural que se vive en el país de origen, luego, un proceso de duelo por haber dejado atrás su entorno, su casa, su familia, amigos, la escuela. Una vez emprenden el camino se enfrentan a una de las principales barreras: la situación administrativa irregular.

Arriban a albergues, por ejemplo, que consideran espacios no acordes para ellas porque implican un encierro, una “cárcel”. Aunado a esto, sienten desconfianza en las instituciones de protección y del poder jurídico.

Los niños y adolescentes carecen de acceso a políticas integrales de alimentación, vivienda, educación, salud, además que están constantemente expuestos a la violencia de género. Aún así, este grupo poblacional desarrolla una capacidad de resiliencia, de empoderamiento y oportunidad para cumplir sus metas, ayudar a otros miembros de la familia.

Un niño o adolescente no acompañado es aquel que está separado de ambos padres y otros parientes, y no están al cuidado de un adulto responsable. En cambio, un niño o adolescente separado, se entiende por aquellos que están separados de ambos padres, pero emprenden el viaje con otros familiares.

El asunto más sensitivo por el que atraviesan las niñas y adolescentes que migran sin acompañante es la falta de documentación personal, lo que se convierte en un verdadero desafío para las autoridades en caso de cualquier imprevisto, o al momento de intentar identificarlas.

Muchas dicen ser adultas, especialmente si son víctimas de trata o están casadas. Esto las pone en una situación vulnerable porque no pueden o no están seguras en quién confiar durante la ruta y al permanecer en albergues temporales, enfatizó Debia López, representante de Unicef en Panamá. A esto se suma que en los puntos fronterizos no priorizan la edad como un factor de riesgo, como consecuencia, es difícil determinar los lazos familiares o si son víctimas de trata. En la ruta estas niñas y adolescentes se ven mermadas de servicios básicos y los municipios locales muestran reticencia a acogerlas debido a las dudas sobre la edad y su identidad.

Otro factor que detectó Unicef es que en la prisa por llegar al país de destino las niñas y adolescentes no logran establecer una relación de confianza con las autoridades para efectos de compartir experiencias y observar la dinámica familiar.

Lo anterior motivó a Unicef a enlistar una serie de sugerencias a los países de tránsito, entre ellas menciona la importancia de elaborar registros de datos disgregados por sexo y edad; fortalecer los procesos de formación especializada en enfoque de género psicosocial, masculinidades positivas, técnicas y herramientas de abordaje en niñez y adolescencia.

El trabajo requiere de instituciones especializadas en derechos de las mujeres y de los niños y adolescentes en movilidad para identificación y abordaje, además de la creación de redes de apoyo para las adolescentes no acompañadas o separadas en lugares de acogida o de tránsito.

Tres de cada cuatro adolescentes migran

La situación que vive el país vecino fue descrita por Jhon Urrego, representante de Aldeas Infantiles S.O.S Colombia.

“Colombia ha recibido 1,729,537 migrantes venezolanos, de los cuales 762 mil son regulares y 966 mil, irregulares”, ilustró Urrego.

De esta población de venezolanos, el 38% es niños y adolescentes según la última encuesta de calidad de vida efectuada por la Dirección Nacional de Estadística de ese país. “Estamos hablando que tres de cada cuatro migrantes son adolescentes entre los cero y doce años de vida”, subrayó Urrego. Un reto que llama la atención de las autoridades, pues debe atender cualquier situación de vulnerabilidad en esta población.

El 54% de los niños y adolescentes que ingresó a Colombia lo ha hecho a través de cruces informales, como trochas, selva, canoa. En este tránsito, el 60% de los niños y adolescentes ha pasado la noche en la calle o en espacios públicos. Los niños y adolescentes migrantes venezolanos pueden estar enfrentando en su proceso migratorio un riesgo de indocumentación y la falta de identificación, dado que aproximadamente la mitad no cuenta con documentos de identidad, ya sean colombianos o venezolanos.

En el país vecino, el 40% de los niños y adolescentes migrantes no asiste a un plantel educativo. Los que se hallan en el rango de 12 a 17 años suelen ser los más afectados por la inasistencia escolar, donde más de la mitad pierde la educación. Entre la transgresión de otros derechos resalta el tema de atención de salud. Los estudios colombianos han determinado que el 76% de los niños migrantes no se encuentra afiliado a un sistema de salud, frente a un 3% de los colombianos.

Otro dato que agrava la situación es que “en 2019 se logró contabilizar que el 8,9% de las niñas y adolescentes migrantes venezolanas entre los 10 y 17 años se hallaban o habían estado embarazadas, mientras que este porcentaje fue de 3% entre la población de niñas y adolescentes colombianas entre 10 a 17 años”, resaltó Urrego. De la población migrante, solo el 20% había acudido a controles prenatales.

Aunado a lo anterior, el 56% no consume las tres comidas al día; el 65% se quedó al menos una vez sin alimentación en los últimos tres meses, y la que tiene, está basada en poca variedad de alimentos.

El Instituto Colombiano de Bienestar determinó que, hasta el 30 de septiembre pasado, 3,658 niños y adolescentes estaban en proceso administrativo de restablecimiento de derechos, de los cuales 254 tenían como motivo de ingreso “adolescentes no acompañados”.