19 de Ago de 2022

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EUROPA. Cuando Mustafa Kemal Atatürk fundó la Turquía moderna allá por 1923, lo hizo basado en seis premisas: republicanismo, populismo,...

EUROPA. Cuando Mustafa Kemal Atatürk fundó la Turquía moderna allá por 1923, lo hizo basado en seis premisas: republicanismo, populismo, secularismo, revolucionismo, nacionalismo y estatismo. Para asegurar que su engendro mantuviera este carácter (llamado ‘kemalista’), Atatürk le dio poderes casi absolutos al ejército y privilegios desproporcionados a la élites seculares del país. Hoy, Atatürk debe revolverse en su tumba: con su victoria en las elecciones del domingo, un islamista llamado Recep Tayyip Erdogan se convirtió en el hombre que por más tiempo ha gobernado Turquía —con permiso del padre fundador. El pasado domingo, el 87% de los turcos acudieron a las urnas y le otorgaron a Erdogan y su AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo) 326 escaños en el parlamento. En su tercer triunfo electoral consecutivo, el AKP ha logrado la admirable hazaña de aumentar el margen de su victoria. Si en 2002 obtuvo el 34.2% de los votos y en 2007 el 46.5, en 2011 uno de cada dos votos fue para ellos.

DESAFÍOS INTERNOS

El gran objetivo actual del AKP es reescribir la constitución turca. Desafortunadamente para ellos, el electorado los dejó lejos de poder cambiarla unilateralmente (la llamada ‘supermayoría’ de 367 escaños) y a sólo cuatro escaños de poder someter los cambios a referéndum. Por ende, deberán negociar con la oposición. Esto no debería ser extremadamente difícil, ya que existe un consenso generalizado acerca de la necesidad de reformar una constitución que fue producto de un golpe militar en 1982 y que restringe muchas libertades personales. A grandes rasgos, el proyecto desde 2002 ha sido la ‘des-kemalizacion’ del país. Erdogan y el AKP han librado una larga batalla para balancear religión y modernidad en la Turquía de hoy, batalla que se ha traducido en confrontaciones directas con el ejército y las cortes.

Otro de los grandes proyectos del AKP es la transición hacia un modelo menos parlamentarista y mas presidencialista.

Uno de los talones de Aquiles del gobierno de Erdogan —y de Turquía como nación— es su tormentosa relación con su minoría kurda. El PKK (Partido de los Trabajadores Kurdos) mantiene un alto el fuego bastante frágil con el gobierno de Ankara y puso como límite el 15 de junio (ayer) para que sus exig encias fueran satisfechas. Para Erdogan, el asunto kurdo es crítico, pues un retorno a la violencia podría ser la oportunidad perfecta para que el ejército recuperara el territorio perdido desde 2002.

TURQUÍA, EUROPA Y EEUU

Turquía se encuentra en un momento en el que es crucial para el AKP trascender los embrollos domésticos y empezar a dedicarse a los múltiples problemas y desafíos a los que el país —por su poderío económico y militar, posición geográfica e influencia cultural— se enfrenta.

Es imposible empezar a analizar la relación de Turquía con el mundo sin antes echar un vistazo a las dinámicas entre Turquía y Europa. Desde tiempos medievales, Turquía se ha visto a si misma como un país europeo. Sin embargo, la división cultural entre Europa Occidental y Turquía ha hecho que esa visión no sea correspondida y que, a ojos europeos, Turquía sea parte de ese otro mundo, árabe y musulmán, que yace a su este. Estas líneas, sin embargo, nunca han sido explícitamente reconocidas, y cuando Turquía aplicó para la candidatura a la Unión Europea (UE) en 1999, el subdesarrollo económico fue la excusa políticamente correcta para la no-admisión del gigante otomano al club.

Turquía entendió el (verdadero) mensaje. Desde 2002, el proyecto europeo había creado una base consensual que empezó a reformar el Estado. El rechazo, además de herir el orgullo turco, le dio al AKP la confianza necesaria para hacer reformas ‘a la turca’. Desde entonces, los resultados han sido fantásticos: la economía promedia un 9% de crecimiento anual, su PIB se ha doblado desde 2002, y sus exportaciones se han triplicado. Hoy, Turquía tiene mejor crédito que España y siete países más de la UE. La comparación con Grecia —que además es miembro de la eurozona— ya es demasiado odiosa. Varios analistas ya aseveran que, hoy, la entrada en la UE sería desastrosa para Turquía. Por supuesto, Ankara sigue estando tan lejos de Bruselas como hace 12 años.

Luego está EEUU ocupando una de las zonas más estratégicas del mundo, Turquía siempre ha sido un aliado codiciadísimo por todos. Washington, sin embargo, se llevó el pez al agua en la Guerra Fría gracias al enemigo común soviético. Los turcos no querían ser dominados por Moscú y los americanos necesitaban impedir que la flota soviética tuviera presencia en el Mediterráneo. Caído el muro de Berlín, la alianza se mantuvo por pura inercia, pero luego del 11-S todo cambió. Dos años más tarde, Ankara se negó a participar en la guerra de Irak. Desde entonces, si bien la alianza sigue en pie, Turquía ya no le ríe todos los chistes a EEUU.

POTENCIA EMERGENTE

Finalmente, Turquía se encuentra en uno de los barrios más peligrosos del mundo. El ascenso turco le está ofreciendo oportunidades para demostrar su pericia diplomática. En Egipto, Ankara intenta modelar el futuro a su imagen y semejanza. En Siria, la situación se torna cada vez mas insostenible y, hasta ahora, Ankara solo ha respondido con retórica ligera. La principal preocupación son los kurdos sirios, que podrían contagiar a sus homólogos turcos. Turquía, sin embargo, tiene la oportunidad de responder con decisión y fuerza. Después de todo, y con EEUU en plena retirada de la región, el país más poderoso —en todos los aspectos— del barrio tiene su capital en Ankara. Rusos, iraníes, sauditas, indios y chinos están a la expectativa. No hay excusa para no ser el modelo a seguir.

Le guste o no, el tercer triunfo de Erdogan y el AKP tienen una trascendencia enorme para el futuro del país. En la última década, Turquía ha vivido una de las transformaciones más dramáticas que se hayan visto jamás. Ahora, ha llegado el momento de decidir si está para jugar en Grandes Ligas. El rechazo de Bruselas les hizo romper con su presunto sueño europeo. El 11-S y la guerra de Irak tiraron por la borda la otrora inquebrantable alianza con Washington. Ahora, las potencias actuales miran a Turquía con una mezcla de entusiasmo y desconfianza.

Sin embargo, culpar a la arrogancia o el racismo, en el caso europeo, o a la divergencia de intereses, en el caso americano, sería mirar con luces cortas. Las potencias emergentes siempre han despertado recelo. Las amistades en la geopolítica son un gran mito. Turquía no es la primera ni será la última. Y hasta que aparezca una causa común con alguna de las grandes potencias, esa situación no va a cambiar.