23 de Feb de 2020

Nacional

La ciudad que perdió el mar

PANAMÁ. Parece mentira pero en esta ciudad no hay un solo lugar donde se pueda observar el mar. Ni un bar donde ver una puesta de sol,...

PANAMÁ. Parece mentira pero en esta ciudad no hay un solo lugar donde se pueda observar el mar. Ni un bar donde ver una puesta de sol, mucho menos una playa donde bañarse. Es como si todo un conjunto de intereses hayan decidido privar a los metropolitanos de ver más que calles y edificios. La jungla se ha vuelto de cemento y Panamá, que lleva el mar hasta en su nombre —significa abundancia de peces—, ya no sabe muy bien dónde mirar: la interacción del citadino con su costa quedó relegada a Veracruz o Coronado.

La historia urbanística de la ciudad es un sinfín de arbitrariedades. Desde los ataques del pirata Henry Morgan en el siglo XVII que acabaron con Panamá la Vieja.

La creación de San Felipe y su muralla de seguridad generaron la primer barrera. A pesar de eso, el Casco Antiguo sigue siendo el único lugar de la ciudad donde la tragedia del boom inmobiliario no produjo un retroceso y el mar sigue estando presente.

Lo cierto es que desde los días de Morgan hasta hoy, la urbe creció de forma silvestre, desordenada, siguiendo las migraciones y al ritmo de los negocios. En 1920 las cloacas no causaban mayor malestar. Nadie entonces podía imaginar el olor para el desmayo que fluye hoy de la bahía. La playa se extendía desde el Parque Anayansi hasta Punta Paitilla. Los fines de semana se atestaba de visitantes ansiosos por darse un baño refrescante en el agua salada. Venían de Calidonia, Bella Vista, de todas partes. Era la ciudad que recuerdan nuestros abuelos y que ya no existe. Como si en nombre del progreso, no hubiésemos sabido cuidar lo que más nos gustaba.

En los años 60 comenzaron las construcciones emblemáticas de la Avenida Balboa, en Paitilla y ya no hubo vuelta atrás. Edificios que competían entre sí por llevarse el honor de ser los más altos de la ciudad. Mientras perdíamos el mar, los constructores peleaban por llegar al cielo. La historia no ha cambiado.

El aumento de la población, sumado a la falta de planificación estatal, terminó por condenarnos a todos a una situación insólita: extrañar lo mejor que tenemos. Solo que nosotros también: el bloqueo hacia el mar que sucede en la capital, en este siglo se ha intensificado.

Nuevos proyectos se desarrollan a lo largo de la costa obstruyendo el mirador hacia la bahía. Y no solo eso: hasta se pone en venta la plataforma submarina sin medir adecuadamente las consecuencias ambientales. “Hay que mirarse en el espejo de los rellenos de Colón: puede haber muchas inundaciones en el futuro de la ciudad”, le dijo al diario La Estrella Stanley Heckandon, director del Instituto de Investigaciones Tropicales Smithsonians.

Señalar a los culpables de la extinción de la playa es algo complicado. Habría que decir que fuimos todos. ¿Quién autoriza edificaciones inmensas, que se apoderaran del borde de la bahía? Es una pregunta a la que las autoridades contestan con evasivas. Se esconden detrás del escudo de las inversiones extranjeras, que le prestan buena salud a la economía nacional.

Pareciera que ahora la bahía de Panamá podría hasta cambiar de nombre, incluso adoptar diversas nacionalidades: la mayoría de sus inquilinos no son panameños. Las constructoras han diseñado edificios cuyas ventanas dan al mar abierto con el propósito de disfrutar el horizonte, claro, pero también el de no mirar hacia atrás. Hacerlo sería estrellarse con la pobreza, la delincuencia y la basura.

La bahía se ha convertido en algo ajeno y oloroso para la mayoría de los panameños que viven ya absolutamente de espaldas al mar. En un cuarenta años hemos conseguido lo imposible: acabar con la playa, pervertir su perfume, echar a los pelícanos, abortar la posibilidad de disfrutar de la presencia inquieta de las mareas. Se fue el rugir de la olas que se agolpaban contra los muros revestidos de azulejos y su espuma en una Avenida Balboa que casi sin darnos cuenta, ya no existe más. Los romances y los raspados junto al paseo con la estatua de Balboa, también es carne de la historia. La transformación del paisaje de la ciudad es rápido, furioso y definitivo. Así fue como perdimos el mar. Y en eso seguimos.