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30 de Nov de 2020

Nacional

Cientos de niños vuelven a las aulas

HERRERA. De los 180 estudiantes que tiene la escuela Boca de Parita, unos 150 trabajaban como “cuaqueros” —pelando y descabezando camar...

HERRERA. De los 180 estudiantes que tiene la escuela Boca de Parita, unos 150 trabajaban como “cuaqueros” —pelando y descabezando camarones— en el puerto o en las casas de los revendedores de mariscos de este pueblo, que pertenece al corregimiento de Monagrillo.

Estos niños trabajadores acudían al puerto a cualquier hora del día sin que las autoridades hicieran algo. Allí esperaban las embarcaciones para lanzarse a cargar redes, canastas de pescados y demás ‘chécheres’ de las lanchas. Otra ‘especialidad’ del empleo.

Esta situación preocupó a Casa Esperanza. Fue entonces que José Miranda, coordinador de Educación de esta organización en las provincias de Coclé y Herrera, tomó nota de la realidad. “A muchos ni siquiera le pagaban con dinero, sino que le entregaban pescado que ellos luego vendían de casa en casa”.

La realidad de estos herreranos no es diferente a la de los 50 mil niños panameños que trabajan, según la Organización Mundial del Trabajo (OIT), en las calles de las ciudades vendiendo artículos y en las zonas agrícolas en las cosechas.

Hace un año se creó Pro Niño, un programa que saca a los niños del trabajo y los lleva a las escuelas. La directora del plantel, Argelis Batista, reconoce que todos los niños quieren formar parte del programa de Casa Esperanza y Telefónica, pero no pueden incluirlos porque no tienen la capacidad para esto. “Lo más notable es que ellos dejaron de ser trabajadores y ahora han vuelto a ser niños: estudian y juegan”.

El programa se desarrolla en 45 escuelas públicas de Panamá beneficiando a 2,400 niños.

Sobre el trabajo infantil, la maestra reconoce que siempre ha existido, pero que en los últimos años es más notable por la ausencia de los niños en las aulas. “Los padres tienen parte de la culpa porque le pedían a sus hijos que los acompañasen en estas labores en vez de mandarlos a la escuela”, dice Batista.

Ella pide horas más tarde del Día de la Erradicación del Trabajo Infantil, que el programa se extienda a otras escuelas. “Podemos dar testimonio del cambio en el rendimiento de estos estudiantes, que ya no tienen que cortarse las manos pelando camarones”, agrega.

TESTIMONIOS

Anderson Pinilla quiere ser beisbolista. A los doce años ha hecho de todo, dice, hasta de salvavidas. Salvó a su padrastro del suicidio en su propia casa. También fue “cuaquero” hasta hace un año, cuando entró en el programa de Pro Niño y ahora tiene que cumplir con las tutorías de las tardes, terminar las clases del V grado.

Pinilla trabajó de pelador de camarones en Los Santos, donde ganaba 25 centavos por libra, un real más que en Boca de Parita. Viaja hasta allá con su madre y su primo, todos peladores.

“La plata que ganaba la repartía: una parte

para mi papá y la otra para mi mamá, el taxi no lo pagábamos porque el dueño lo mandaba, lo que comprabámos era la comida”, dice.

La situación se repite en Kimberly Castillo, de once años y quien ocupa el primer lugar en la escuela. Cuando la visitamos el jueves pasado, estaba repasando una poesía que ya se sabía, pese a ello, seguía masticando los versos. Hace un año era otra de las peladoras de camarones, trabajo que compartía con su prima Sheila Pinzón, también de V grado de la misma escuela.

Las dos niñas viven en Cascajalillo, a quince minutos de la escuela. Ellas no iban al puerto, el trabajo lo realizaban en la casa de un señor que llaman Santo, en distintos horarios, quien cuando tenía mercancía, les mandaba un mensaje para que fueran a trabajar. El dinero ganado se lo entregaba a la madre para que les comprara los últiles escolares.

Ricardo Robles tiene diez años y cursa el tercer grado. Tiene cuatro hermanos, quienes también iban al puerto a descargar lanchas, su padre es pescador. Ricardo trabajaba donde un señor Raúl, que alquila una casa donde se pelan los camarones. A esa casa, junto a Robles, van otros diez niños, dice. “Mi mamá me dice que no vaya a trabajar, pero ya no voy hace tres semanas”.

Es la una de la tarde del jueves, cuando una veintena de estudiantes se acercan a la dirección a pedir que les abran el salón de cómputo. La maestra Argelis Batista es la única que queda en la escuela. Busca la llave abre el aula de informática que es parte del programa Pro Niño. “A los niños no se le puede cerrar la puerta, dice. “Lo que nos queda por solucionar es el eterno problema del agua, cuando se nos termina el tanque quedamos fritos”, advierte la maestra.