Temas Especiales

01 de Jun de 2020

Nacional

Primera entrega

El general Manuel Antonio Noriega bajó reído del escenario, levantó los brazos al cielo y cerró los puños: “Ni un paso ...

El general Manuel Antonio Noriega bajó reído del escenario, levantó los brazos al cielo y cerró los puños: “Ni un paso atrás, ¡venceremos!”, se despidió del público que se dispersaba bajo el calor tumbante del Caribe. Eran las 2 de la tarde del 19 de diciembre de 1989 y la Navidad por venir, tenía a todo el mundo contento.

Noriega había llegado a Colón para la graduación de los alumnos de varios colegios secundarios que revoloteaban a su alrededor y le pedían algunas fotos. Estaba de buen ánimo y por eso no dudó en confirmar su asistencia a un coctel que habían organizado en su honor al lado del Hotel Washington. Lo acompañaban su secretaria, Marcela Tasón, su hombre de mayor confianza, Eliécer Gaitán, el teniente coronel Daniel Delgado Diamante y parte del Estado Mayor. Sus gestos serios contrastaban con la algarabía general.

Hacía dos días que los servicios de inteligencia cubanos e israelíes les habían advertido que Estados Unidos estaba realizando movimientos militares secretos mientras se sucedían las reuniones en la Casa Blanca. Los radares habían captado esa mañana múltiples aterrizajes en la base de Howard. Cada media hora llegaba un avión dejando armas y tropas. Dos mujeres, agentes del G2, el departamento de inteligencia, notificaron que sus novios gringos estaban acuartelados y esperaban ver acción esa misma noche. Un doctor informó que el Hospital Gorgas, en la Zona, se estaba abasteciendo de sangre. Incluso la CNN transmitía en vivo desde la base de Fort Bragg, en Carolina del Norte, que se preparaba para la guerra. Todo parecía validar los augurios del brujo personal brasileño del general, Iván Trilha, quien dos días antes le había presagiado lo peor.

- Veo algo muy negro en su futuro, muy negro- le dijo.

Despreocupado ante la brisa suave del mar, Noriega brindaba con whisky. Parecía más tranquilo que nunca, como aquel que conoce algo vedado a los demás mortales. Ese era su arte. La intriga. Disfrutaba de esa sensación inusual y tan profunda que provoca la euforia cuando se funde con el miedo. Sentía que sólo entonces sus facultades se desplegaban a fondo. Dejaba saber que mantenía abiertos canales de comunicación con sus contactos en el Pentágono. No iba a pasar nada, los querían asustar y nada más. Hacía meses que el Comando Sur sacaba a sus tropas de los cuarteles practicando ejercicios de guerra que las Fuerzas de Defensa denunciaban como una campaña de intimidación. Era más de lo mismo.

Aunque Noriega durante años había mostrado una audacia sin igual para tratar con los Estados Unidos, a esas horas sus santos parecían abandonarlo. La caída del muro de Berlín, en noviembre del 89, llegaba para modificar los contrapesos del poder global. Los nuevos ejes de la agenda internacional de Estados Unidos comenzaron a girar en torno a la promoción de la democracia y la lucha contra el tráfico de drogas. Noriega representaba todo lo que el nuevo orden venía a erradicar.

- En Colón el tiempo transcurre de otra manera- le gustaba decir a Noriega, que siempre tenía palabras agradables para hablar de la Costa Atlántica. Pasó la tarde tranquilo, entre tragos y cuentos y recién al caer la noche emprendió el regreso a la ciudad.

A mitad de camino, el capitán Iván Castillo, a cargo de la custodia, se comunicó por radio con la Comandancia. Ordenó abrir el despacho del general y montar la guardia para recibirlo.

Rodaban por la Tumba Muerto hacia la Transístmica cuando a la altura de la Cervecería Nacional, de repente, el convoy se partió en dos. Era una maniobra regular, una de las tantas que realizaban para evitar el monitoreo del Comando Sur. El busito Nissan del Estado Mayor y el Mercedes negro de Noriega, seguidos por la mayoría de los comandos, doblaron hacia El Chorrillo. Allí viajaba un doble del general que llegó al Cuartel Central e ingresó rodeado por soldados vestidos en arreos de combate.

Noriega, acurrucado en un carro civil, prosiguió hacia calle 50, a la Casa Omar en el Recuerdo, un museo dedicado a Torrijos.

Ni bien entró le actualizaron las novedades: aumentaban las evidencias sobre un ataque inminente. El G2 había interceptado una comunicación entre el Pentágono y un alto funcionario del Canal que confirmaba los planes para esa misma madrugada.

Ante la incertidumbre, Castillo mandó a pedir otro carro particular para un próximo traslado. Un grupo de diez oficiales que apenas superaban los 30 años esperaba en la puerta cuando el subteniente Omar Pinto llegó a la casa manejando un Hyundai. Eran sus compañeros, los hombres en los que el hombre fuerte de Panamá se había refugiado luego de las traiciones internas, alimentando su ambición y construyendo su lealtad. No todos habían terminado el secundario.

Adentro, en un cuarto colmado de fotos triunfales de Torrijos, Noriega y su núcleo íntimo analizaban la situación.

Cuatro días antes, el viernes 15 de diciembre, las Fuerzas de Defensa habían decidido exhibir la solidez de su poder. Noriega fue proclamado jefe de Estado y líder máximo de la Liberación Nacional con poderes extraordinarios e indefinidos. No se trataba de un hecho original ni extraordinario: era una figura similar a la que Omar Torrijos había disfrutado entre el 72 y el 76, mientras negociaba con Carter los Tratados sobre el futuro del Canal.

Panamá estaba en su hora más crítica pero, esa tarde en Atlapa, Noriega se mostraba más fuerte que nunca: machete en mano, denunció que Estados Unidos había generado las condiciones para que Panamá viviera un estado de guerra. Las imágenes de la ceremonia recorrieron el mundo que veía con sorpresa como ese pequeño hombre, al que llamaban “cara de piña” por las huellas que el acné había dejado en su rostro, se animaba a amenazar a la superpotencia mundial. Aislado durante años detrás de una muralla de poder, parecía haber perdido la capacidad de comprender los riesgos de sus decisiones.

Creía que llevando su retórica al límite se pondrían en marcha los engranajes de la política internacional tendientes a evitar una confrontación armada. Buscaba, además, despertar entre los panameños humildes la vieja mística torrijista: los gringos no se querían ir, no querían devolver el Canal a Panamá, había que defender los Tratados. Sin embargo, esa épica se derretía entre sus manos a la velocidad de un hielo a la intemperie.

La medida no había sido consensuada con el Estado Mayor. De hecho, muchos consideraban que estaban provocando una escalada innecesaria en el conflicto. El nombramiento solo podía dañar aún más la resquebrajada imagen del régimen. Alrededor de Noriega tres grupos de oficiales trataban de ejercer su influencia: estaban los que manejaban las armas y la tropa, los que administraban la información de inteligencia y los manzanillos que conocían el privilegio de ser un satélite del poder. Pero Noriega ya no confiaba en nadie. Después del golpe frustrado del mayor Moisés Giroldi, dos meses atrás, parecía dudar de cada uno de sus hombres.

Los movimientos de tropas panameñas se intensificaron luego de la ceremonia. Las Fuerzas de Defensa pusieron en marcha el Plan Barricada: retenes militares en las intersecciones más importantes de la ciudad.

Al otro día, el sábado 16 de diciembre, el Departamento de Estado emitió un comunicado donde se apresuraba en acusar a Noriega de declararle la guerra a Estados Unidos. Evaluaban que sus amenazas ponían en grave peligro la vida de los más de treinta mil norteamericanos que vivían en Panamá, así como sus inversiones.

A pesar de que venía fin de año y había rumbas planificadas por todos lados, esa noche los bares y restaurantes se mantuvieron desiertos. Sólo el hotel Marriott pareció tener algo de vida, aunque la fiesta terminó temprano, poco después de las doce.

De allí venía un grupo de marines, a bordo de un Impala, cuando se encontraron con un retén de las Fuerzas de Defensa cerca de la Comandancia, en la Avenida A. Estaban requisando a los autos. El sargento de las fuerzas norteamericanas, Robert Paz, que viajaba en el carro, pidió que lo dejaran a él. Había nacido en Dallas pero su familia era de origen colombiano y hablaba perfecto español. Cuando les llegó el turno, los soldados panameños se agitaron. Los vieron gringos y cargaron sus AK47

- ¡Salgamos de aquí! - gritó uno de los marines y el capitán Hadad, que conducía, pisó el acelerador a fondo.

Los soldados panameños abrieron fuego y la ráfaga alcanzó el Impala. Hadad fue herido en un codo. El teniente Paz, que venía en el asiento de atrás, recibió un balazo en la espalda a la altura de los riñones. Llegaron a la Avenida de los Mártires y fueron tomando las curvas del cerro Ancón a toda velocidad hacia el Hospital Gorgas mientras la vida de Paz se apagaba. Murió 15 minutos después de llegar.

En Estados Unidos la noticia estalló con virulencia. “¿Hasta cuándo George Bush va a seguir con sus dudas?” Se preguntaban los medios más reaccionarios. “Noriega es un delincuente internacional, encausado ante una corte federal por narcotráfico y ahora también asesina soldados norteamericanos. ¿Hasta cuándo?”.

- Esto no les alcanza para justificar un ataque- despejaba dudas Noriega en Omar en el Recuerdo pasadas las diez de la noche.

- Eran soldados y quebrantaron un retén. Solo se abrió fuego luego de su agresión. No insistan, no va a pasar nada- repetía a sus hombres, sin cesar y tantas veces, que al final parecía convencido. Más que una creencia razonada, era un impulso de su instinto.