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25 de Ene de 2022

Nacional

Rescatistas, contrarreloj para salvar vidas

PUERTO PRÍNCIPE. Los socorristas trabajaban contrarreloj en Haití ayer para encontrar supervivientes entre los escombro...

PUERTO PRÍNCIPE. Los socorristas trabajaban contrarreloj en Haití ayer para encontrar supervivientes entre los escombros donde yacen miles de muertos, mientras los aviones cargados de ayuda humanitaria llegaban de todo el mundo a la isla asolada.

Las autoridades mantienen que el balance de muertos superará los 100,000, mientras que la Cruz Roja hablaba de entre 45,000 a 50,000 muertos por el sismo de magnitud 7 que estremeció el martes a la capital haitiana. La preocupación se centraba ayer en los supervivientes, que en el país más pobre de América Latina están más desprotegidos que nunca ante el hambre y las enfermedades, en medio de los cadáveres alineados en las calles de Puerto Príncipe.

El terremoto derrumbó edificaciones en las colinas y varias personas seguían atrapadas vivas bajo los escombros luego de dos días, con escasas señales de un esfuerzo de rescate organizado. Cerca de 1,500 cadáveres se apilaban fuera del hospital principal y los cuerpos repletaban varias calles.

PROBLEMAS DE LOGÍSTICA

Aviones con insumos comenzaron a aterrizar en Puerto Príncipe más rápido de lo que los equipos en tierra podían descargarlos y las autoridades de aviación restringieron por unas horas los vuelos desde el espacio aéreo estadounidense ante el temor de que los aviones quedaran sin combustible mientras esperaban aterrizar.

Ayer por la tarde, el flujo de ayuda aún debía llegar a los haitianos, que deambulaban silenciosamente por las destrozadas calles de la capital, buscando desesperadamente agua, alimentos y ayuda médica.

“El dinero no sirve para nada en este momento. La moneda que importa ahora es el agua”, dijo a Reuters un trabajador de ayuda.

Saqueadores irrumpieron en un supermercado en la zona de Delmas, llevándose electrodomésticos y bolsas con arroz. Otros sacaban gasolina de un camión cisterna chocado.

“Todos los policías están ocupados rescatando o sepultando a sus propios familiares”, dijo el propietario de una fábrica de azulejos, Manuel Deheusch.

“No tienen tiempo para patrullar las calles”, añadió.

EN BUSCA DE ESPERANZA

Cientos de cadáveres se pudrían al sol en el hospital central de Puerto Príncipe ante la mirada impotente de los haitianos y en el jardín del centro médico, semiderruido por el terremoto, los heridos suplicaban por un médico y rezaban para no acabar en el “patio de los muertos”.

Sin guantes y con algodones empapados en alcohol para protegerse del olor a putrefacción, las familias buscaban a sus seres queridos entre esta montaña de cuerpos, mutilados, semidesnudos, cubiertos de polvo y rodeados de moscas, con el anhelo de darles un entierro digno.

El centro de la capital se ha convertido en un inmenso campo de refugiados. Sin premeditarlo, miles y miles de personas sin hogar se reunieron desde el martes por la noche en la conocida avenida de los Campos de Marte de Puerto Príncipe, cuyas plazas y jardines se vieron inundadas por un hormiguero de familias a la espera de ayuda.

“Haití vuelve a ser un pueblo que no conoce los finales felices”, dijo Milien Roudy a AFP , acostado en un jardín, acompañado de su esposa y dos hijas, que no probaban bocado desde hace 24 horas.

La avenida huele intensamente a polvo y orina y con las horas y el intenso calor, la situación sólo empeora. Algunos han bebido hasta la sucia agua de las fuentes públicas.

“En más de 24 horas, nadie, ni la ONU ni ninguna autoridad vino a darnos un vaso de agua”, protesta a su lado Clement, funcionario público.

Al menos 36 miembros del personal de la ONU en Haití murieron en terremoto, según un nuevo balance anunciado ayer por el portavoz de la misión en Puerto Príncipe, David Wimhurst. Más de un centenar siguen desaparecidos.

Se levantaron tiendas artesanales en todas partes y haitianos en un campamento informal se acercaron a un periodista gritando “agua, agua” en varios idiomas.

“Por favor hagan todo lo que puedan, esta gente no tiene agua, no tiene alimentos, no tiene medicinas, nadie nos está ayudando”, dijo Valery Louis, quien organizó uno de los campamentos.

Grupos de mujeres que durmieron en la calle durante la noche cantaban canciones tradicionales en la oscuridad y oraban por los muertos. “Quieren que Dios las ayude. Todos queremos”, dijo Dermene Duma, un empleado del Hotel Villa Creole que perdió a cuatro familiares.