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27 de May de 2020

Nacional

El inicio de nuestro idilio con el ‘Tío Sam’

PANAMÁ. La historia conocida da cuenta de una entrega anunciada. Todo gira en torno a los intereses estadounidenses en el desarrollo del...

PANAMÁ. La historia conocida da cuenta de una entrega anunciada. Todo gira en torno a los intereses estadounidenses en el desarrollo del canal interoceánico y la urgencia del movimiento separatista panameño de lograr el apoyo del coloso del Norte en este esfuerzo.

El fracaso francés en la empresa canalera representaba una pérdida económica de mil 400 millones de francos de la época y más de 20 mil obreros muertos por malaria.

El tratamiento de los colombianos frente al tema ayudaba muy poco.

La ayuda solicitada por Manuel Amador Guerrero representaba para el gobierno de Teodoro Roosevelt una oferta que no podían rechazar, de allí el apoyo a la histórica empresa, que coincidía con la ‘afinación del discurso imperialista, justificativo de sus rapiñas territoriales y/o imposiciones políticas; y de descomunal expansión territorial obtenida por compras, por la fuerza de las armas, o simplemente por triquiñuelas o confabulaciones’, relatan Carlos A. Mendoza y Vicente Stamato en el tomo 2 de sus ensayos 1903, en la prensa panameña y los infaustos años precendentes.

Lo que ocurrió en Colón a inicios de noviembre de 1903 no es ni más ni menos que el corolario de una gran conspiración, de la coronación de un esfuerzo separatista y, al tiempo, la entrega de los destinos de la república naciente para ser tutelada en adelante por nuestro vecino más poderoso.

Según Mendoza y Stamato (quienes publicaron estos ensayos en el 2003 cuando Panamá se disponía a celebrar su centenario y la presidenta Mireya Moscoso y también la Alcaldía de Panamá autorizaron una serie de gestiones y esfuerzos alusivos al histórico momento), el viernes 6 de noviembre, en Colón -cerca de las 9 y 30 de la mañana- ‘y en presencia de todas las autoridades locales, los cónsules extranjeros, el coronel (James) Shaler, varios oficiales norteamericanos de las naves Dixie y Nashville, principales comerciantes y pueblo en general, la bandera panameña es izada en el Palacio de la Prefectura ocupado ya por Porfirio Meléndez, designado desde el día anterior por la Junta de Gobierno Provisional prefecto de la provincia.

Para que se izara la bandera fue elegido, como merecido honor, el coronel Shaler; pero por indicación suya se concedió tal distinción al mayor William Murray Black quien, luciendo impecable uniforme del ejército norteamericano, izó la bandera mientras el Cuerpo de Policía rendía los honores correspondientes, al tiempo que el numeroso público presente gritaba repetidamente ¡Viva la República de Panamá! ¡Vivan los Estados Unidos de América’!

¿CUÁL TRAIDOR?

Una de las primeras gestiones del Gobierno Provisional de Panamá fue la ratificación del tratado celebrado en Washington entre el señor Phillipe Bunau-Varilla (enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de la República de Panamá), y el señor John Hay, secretario de Estado de los Estados Unidos de Norte América, ‘el 18 de noviembre último, para la excavación de un canal interamericano a través del territorio de nuestro istmo’.

El tratado se sostenía y garantizaba por el Gobierno de Estados Unidos la independencia de Panamá. Con semejante padrino ¿podían los colombianos o las otras fuerzas adversas a la separación reaccionar en contraposición?

En tanto, a Bunau-Varilla la historia de Panamá lo ubica como un ‘gran oportunista’. Volviendo a la obra de Mendoza y Stamato, la misma refleja en su conclusión sumaria que en la inevitable consecuencia del complot panameño-norteamericano es muy fácil de entender: el apoyo del Tío Sam no era gratuito... ¡y así aparece escrito en el propio convenio! Tal como aparece en La Estrella del 3 de diciembre, ‘con la ratificación del tratado por parte de esta República queda asegurada, por la fe y los cañones de los Estados Unidos, la independencia del istmo’.

En el caso particular de Bunau-Varilla, para la inmensa mayoría de panameños el solo texto del Tratado no podía darles una idea clara de lo que iba a significar e implicar en la política y cotidiana de la nación a partir de un futuro más o menos cercano. Pero además _sostienen Mendoza y Stamato_ la probada euforia independentista que se apoderó de la mente de casi todos los istmeños distorsionaba el posible análisis futurista. ‘Basta leer varios discursos postindependencia para confirmar esta aseveración: La vinculación con Estados Unidos era sinónimo de redención, progreso y orden’.

‘Con todos estos elementos por delante, ¡cómo exigirles que imaginaran lo que luego sería la Zona del Canal! Era necesario verla organizada y funcionando para recién entonces poder evaluar toda su imponencia y sus características racistas e imperialistas.

¿Quién, en ese momento de felicidad colectiva, podía ser capaz de anticipar groseras, aberrantes y sucesivas intromisiones del Departamento de Estado en la política interna de la nación...?’. La respuesta es simple: ¡Absolutamente nadie con cuatro dedos de frente!