28 de Oct de 2021

Nacional

Vallarino contra todos

‘¿Es necesaria la torre o es un capricho suyo, ministro Vallarino? ¿Por qué insiste en un proyecto que nadie quiere?’, le inquiere con v...

‘¿Es necesaria la torre o es un capricho suyo, ministro Vallarino? ¿Por qué insiste en un proyecto que nadie quiere?’, le inquiere con vehemencia una activista al ministro de Economía y Finanzas, Alberto Vallarino. Con una sola pregunta le ha borrado la sonrisa tácita que ha cargado por al menos 40 minutos, justo el tiempo que se ha tomado Ignacio Mallol para presentar el diseño de la ambiciosa torre financiera que impulsa este gobierno, y que será el edificio más alto de Latinoamérica.

‘Yo no tengo ningún interés particular ni es invento mío ni una iniciativa improvisada’, le contesta tajantemente Vallarino. ‘Pido respeto’, agrega con evidente molestia. Dicho esto, prosigue con una árida conferencia en la que reitera la posición oficial de alzar a orillas de la avenida Balboa el faraónico megaedificio de 250 millones de dólares y 360 metros de altura, que superará en 161 metros al punto más alto de la ciudad, el emblemático Cerro Ancón. Vallarino avanza contra la voluntad popular.

LAS EXCUSAS

Es 10 de marzo y ha caído el mediodía en un hotel céntrico donde el ministro Vallarino y el arquitecto Ignacio Mallol intentan explicar las bondades de la ‘Tuza’. Los discursos van y vienen. De un lado, el gobierno busca encontrar aire en la discusión de un proyecto que parece naufragar en el mar de críticas de la sociedad civil.

‘...Este inmueble, con la Ciudad Gubernamental, permitirá que el Estado se ahorre aproximadamente 50 millones de dólares que pagan las entidades públicas en arrendamiento’, dice Vallarino sobre el rascacielos. Lo que no explica es que mientras el proyecto no para de sumar detractores, el gobierno ya invirtió en él al menos 33 millones de dólares como ‘cuota’ de participación en el proyecto. ¿En qué se gastaron? En adquisición de terrenos y demolición del edificio que albergaba la Embajada de Estados Unidos. Y los planos. Que se hicieron dos veces. Los primeros costaron 300 mil dólares y fueron tirados a la basura porque los arquitectos eran gringos y no panameños. Entonces llegó Mallol con su empresa nacional y le cobró al Estado 7.2 millones de dólares.

Aunque al inicio se habló de mera inversión estatal, ahora el discurso cambió: Panamá será un ‘socio pasivo’ en el proyecto público-privado. Por la asociación, el Estado recibirá 40% de las ganancias que genere el inmueble, pero todo dependería del ‘acuerdo’ al que se llegue con la empresa que gane la licitación para la construcción y administración del rascacielos. ‘Será financiado por la banca y sin garantía estatal’, repite el ministro.

Pero los detractores se aglutinan alrededor de algunos conceptos incuestionables. Fundaciones ligadas a la defensa del patrimonio histórico, de los derechos culturales de los panameños y sobre todo, del Hospital Santo Tomás. Dicen que la construcción de la torre y el futuro funcionamiento pondrían en jaque los servicios del hospital más importante del país. Otro elemento fundamental tiene que ver con el carácter ‘público y privado’ del rascacielos.

CUESTIONAMIENTOS

El sueño de Vallarino es tener en el mismo edificio la casa matriz del Banco Nacional, las Superintendencias de Banco y de Seguros, la Comisión Nacional de Valores, la Autoridad de Turismo, la Secretaría de Energía y la Autoridad de los Servicios Públicos. Pero todos, acompañados también por bufetes de abogados, empresas multinacionales, sedes diplomáticas y hasta un hotel. Esto ha levantado suspicacias en la sociedad civil, que advierte que la accesibilidad de compañías a esas instituciones financieras aumentaría la posibilidad de tráfico de influencias.

Vallarino no parece escuchar las críticas y sigue subiendo la apuesta. Cataloga la obra de lujo

como una prioridad y como parte del plan estratégico del gobierno.

Inmediatamente, los opositores contrastan sus palabras y la Iglesia católica se levanta. Los primeros observan que la inversión millonaria del Estado en ese proyecto podría ser utilizada en obras de mayor relevancia social. Y más en tiempos en los que las clases media y baja están siendo golpeadas como nunca antes. La Iglesia católica, en otro canto, advierte que ‘imponer por capricho los actuales planes tendrá su costo político y, también, en el daño permanente que se le ocasione a la nación y a la ciudad’.

‘Más temprano que tarde las empresas van a pagar este exabrupto que responde a los intereses de alguien y al capricho de Vallarino apoyado por el presidente Martinelli’, considera el abogado constitucionalista Miguel Antonio Bernal.

‘URBANISTMO’

¿Cuánto podría afectar la construcción de la torre financiera en una zona como la avenida Balboa?

Para el arquitecto Carlos Ortega, el área en la que se erigirá el rascacielos (con los hospitales Santo Tomás y Del Niño cerca) no es ideal porque el volumen de personas y de tráfico, una vez se ocupe la obra propuesta, terminará congestionada.

Los cálculos de Orlando McBarnette, de la directiva del Hospital Santo Tomás, dejan ver un panorama muy inquietante. Si diariamente transitan por la zona hospitalaria al menos cinco mil personas, con las nueve mil que adicionaría la torre financiera habría ‘demasiado’ tráfico... cambiaría la dinámica. Eso, entonces, pondría en riesgo el sistema de seguridad de los hospitales, explica. ‘Dígame usted, cuánto tardaría en llegar una ambulancia al Santo Tomás a las cinco de la tarde. Un tranque cerca y una persona que no llega con vida al hospital’, parece predecir.

La eventualidad de un desastre también revive la preocupación por el peligro que significa construir edificios tan altos. Ortega pone como ejemplo más claro la tragedia del World Trade Center de Nueva York. ‘Los bomberos sólo pudieron alcanzar los 23 metros de alto con las escaleras de sus carros bomba; es decir, siete pisos’, explica Ortega. ¡Y era Estados Unidos! Intentar llegar a más de 30 pisos con los equipos de rescate que tienen los bomberos panameños... mejor sería no imaginarlo.

¿Cuánto afectará el megaedificio de 70 pisos a todo lo circundante? No es la única preocupación que queda sin respuesta de las autoridades. Lo único que dice Vallarino del Santo Tomás es que va a contratar a un jardinero para remozar sus jardines.

FIN DE JUEGO

Es miércoles y los trabajadores y sus maquinarias han terminado de demoler la antigua embajada estadounidense. Son los responsables de dar el primer paso en el sueño faraónico de Alberto Vallarino e Ignacio Mallol. Mientras crece la oposición, hay otro peligro que se dibuja en el horizonte: la suerte de edificios como Los Faros, El Palacio de la Bahía o la torre Generalli, ‘de su terraza se verán los dos océanos’, decía Mallol. Proyectos muertos antes de empezar producto de su desmesura. ¿Será también el caso de ‘La Tuza’? Mañana, por qué su construcción sería ilegal.