26 de Feb de 2020

Nacional

El amargo recorrido en busca de la tranquilidad

PANAMÁ. Boo Man Ali es afgano, tiene 46 años, es musulmán, esposo y padre de tres hijos que no ve desde hace tiempo. Es un refugiado más...

PANAMÁ. Boo Man Ali es afgano, tiene 46 años, es musulmán, esposo y padre de tres hijos que no ve desde hace tiempo. Es un refugiado más que vive en Panamá.

Ali llegó al país por una agencia internacional de Afganistán que trafica personas, de la que solo recuerda el nombre de quien fue su guia ‘Rana’, un hindú que lo llevaría hasta Norteamérica para reunirse con otros compatriotas que huyeron de la política y la persecución en esa nación del Asia central.

Él se suma a la lista de personas desesperadas que viven bajo estas condiciones en las que muchas veces no sobreviven para contar su historia.

El afgano no puede borrar de su mente recuerdos desagradables, imágenes que en ocasiones lo perturban. Miedo, dolor, tristeza, impotencia, soledad, rabia y hasta a veces arrepentimientos, son algunos de los tantos sentimientos y recuerdos que no dejan tranquilo a Ali. En ocasiones sus noches se convierten en tortura.

LA HISTORIA

Ali es uno de los siete afganos que ha reportado la Agencia para Refugiados en Panamá de las Naciones Unidas y la organización del Servicio Jesuita a Refugiados quien lo acogió cuando quedó varado en Panamá, en octubre de 2009.

Se atrevió hacer el relato, de porqué decidió salir de su país y cuáles fueron sus presiones sicológicas en estos últimos años.

Boo Man Ali nació en Kabul, donde trabajó en su propio taller de joyería, también fue voluntario en una organización para inmigrantes que buscaban ayuda en Afganistán.

Tuvo que cerrar su negocio y dejar a su familia para escapar por las constantes amenazas de muerte de los talibanes. ‘Ellos no estaban de acuerdo que ayudara a los extranjeros. En 2004 mataron a dos familiares y no deseaba que eso volviera a pasar’, dijo.

A mediados de 2009, Ali se contactó con la agencia a la que le pagó $20 mil para transportarlo hasta Canadá. Le ofrecieron dos rutas, la primera era larga y más económica porque tenía que viajar por mar desde Australia y la segunda, por avión, que lo llevaba de paso por Panamá. Eligió la segunda ruta.

Un día antes de la partida fue a despedirse de su familia. Vivía a 45 minutos de la ciudad y tenía que pasar por una zona desértica. Contó que en el trayecto un carro lo perseguía, pero tuvo suerte y pudo escapar, sintió pánico.

Salió de Afganistán hacía la India; donde estuvo pocos días, se sentía todavía en casa, luego llegó a Sudáfrica donde solo veía personas caminando sin orientación, los nervios y la ansiedad lo devoraban. ‘Por instantes me arrepentía de dejar mi tierra’, pero recordaba las amenazas de muerte que recibía en mi teléfono cuando estaba en Kabul, esos pensamientos lo hacían seguir.

Los días en Sudáfrica fueron traumáticos, casi no comía. Después de un mes en ese continente la siguiente escala fue Brasil. Ali no sabía donde estaba parado, en Brasil solo recuerda una parada porque estuvo pocos minutos. Su destino estaba más cerca y la siguiente escala era Panamá. El afgano llegó al aeropuerto de Tocumen junto a Rana. ‘Me dijo que ya estábamos en Canadá. En el aeropuerto, Rana se llevó sus documentos y le dijo que lo esperará. ‘Estuve tres días sentado y nunca más lo volví a ver’, explicó.

Ali no sabía qué hacer, empezó a desesperase, nadie le entendía su acento, no tenía contacto con nadie. La policía de Migración lo trató como un sospechoso, él solo pedía ayuda y fue cuando lo enviaron al albergue de Albrook y de allí su vida fue otra.

Sin dinero, sin documentos tuvo que buscar ayuda y fue cuando dio con el Servicio Jesuita a Refugiados (SJR) por referencia de unos haitianos que se encontró cuando deambulaba por la ciudad. Ahora Ali se siente más tranquilo, tiene su carné de refugiado que le tramitó el (SJR), la organización a la que dudó buscar ayuda, pues por ser musulmán, pensó que allí solo recibían a cristianos.

ATENCIÓN SICOLÓGICA

Detrás de un refugiado se esconden señales de presiones internas que los alteran y los hacen perder el control, al menos así lo dijo, Ana Lorena Alfaro, directora del SJR de Panamá.

Alfaro explicó que la falta de servicios a terapias sicológicas para los refugiados es un tema que pocos tratan, las entidades de Migración y la Policía en Latinoamérica no tienen programas integrales para tratar con los refugiados que quedan sin protección.

El sicólogo social Juan Carlos Rivas, quien trabaja para la Organización Hebrea de Ayuda para Inmigrantes y Refugiados (HIAS), con refugiados principalmente colombianos que se encuentran en Darién va más allá de los problemas que enfrentan las personas una vez llegan a un lugar que desconocen.

Rivas señala que estas personas que huyen de su país debido al temor fundado de persecución por motivos de política, raza, religión, viven situaciones de violencia extrema, degradante y humillante en medio de la desprotección que generan sentimientos de miedo, terror, impotencia y ansiedad.

El sicólogo indicó que todo refugiado según los convenios internacionales como la Convención de Ginebra de 1951 y el acuerdo de Cartagena de 1984, pasa por un proceso de conmoción psíquica. Seguido de un estado de desvalimiento, y desamparo. ‘Son sensaciones penosas, dolorosas e intolerables de sufrimiento que conducen a un estado de vulnerabilidad’, agregó.

Según el experto, dichos efectos psicológicos derivados del trauma y la crueldad vivida durante el ciclo de refugio por las personas y las familias, crean además desconfianza, agresividad, fallas en la atención y la memoria, riesgo de adicción, violencia y es por ello que deben ser tratados mientras siguen siendo refugiados.

Las últimas cifras de refugiados reconocidos en Panamá datan del 2010. En ese año vivían mil 210 personas en esas condiciones, otras 479 tenían solicitud de refugio y 863 personas bajo el estatus humanitario provisional de protección.