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30 de Sep de 2020

Nacional

Chello y el triunfo del populismo criollo

Cua ndo llega la Nissan Pathfinder negra, reluciente, pareciera de paquete, la gente se sacude el calor de esta tarde chorrillera de dom...

Cua ndo llega la Nissan Pathfinder negra, reluciente, pareciera de paquete, la gente se sacude el calor de esta tarde chorrillera de domingo y explota: ‘¡Hey Chello, ¿cuándo, cuándo?!’, le gritan al diputado Sergio Gálvez que, a pesar de su adelgazamiento monumental, todavía tiene dificultades para salir del vehículo. Baja y se dirige rápidamente a la tarima que especialmente mandó a colocar en calle 25, donde año tras año realiza las ‘Chello Fest’: esta vez la excusa es el día del Padre.

Aunque cualquiera podría suponer que este es un evento familiar, en realidad, no lo parece. La mayoría de los asistentes son hombres solos, sin mujeres y sin niños, que van perdiendo la paciencia: ‘¡Cuándo, Chello, cuándo!’, insiste uno sin dientes y encorvado, liquidando otra pachita.

—¿Por qué espera a Chello? ¿Usted, tiene hijos?

—No, qué va... ¿Qué... tú no sabes? ¡Es que hoy Chello suelta los billetes! Espero ganarme mis 25 palos pa matar el pebre!— dice apretujando el cartoncito con el número que guarda su esperanza.

Y entonces sí: un silencio sepulcral se apodera del ambiente festivo. Chello camina rápidamente, envuelto en el olor del ron y la cerveza, que se mezcla con el del arroz con pollo y tamal. En medio de la muchedumbre y el candente sol que arropa los edificios de casas apretadas y barracas, Chello se dirige hacia la tarima principal. Lleva un suéter deportivo de los Phillies blanco con rayas rojas, que es de él, como lo indica el apodo estampado en la parte de atrás. Saluda, sonríe y sin perder tiempo inaugura el sorteo. Se coloca frente a la urna y empieza a girarla. Antes de sacar el primer número —es su propio niño cantor—, calma las expectativas: ‘Tengan paciencia, aquí solo tres salaos se van a quedar sin cobrar’. No miente: la regaladera de efectivo durará toda la tarde.

También hay bolsas de comida y claro, guaro gratis para todos. ‘Se me van 25 mil dólares en esta actividad, en El Chorrillo somos una gran familia’, sonríe mientras se sirve guaro de un botellón. Tiene buenos motivos para brindar. Hoy sería designado como Presidente de la Asamblea Nacional. Es extraño: podría decirse que las cosas que lo llevaron al éxito son las mismas que construyen la decadencia institucional, el derrumbe de la imagen de los políticos y el triunfo del juega vivo. Señores: el futuro ya llegó. Bienvenidos a la Asamblea del cambio donde su próximo presidente tiene el récord de ausencias.

CONSTRUCCIÓN DE UN MITO

Hablar de Chello Gálvez en El Chorrillo es como hablar del Papa. Cuando hay una necesidad, los chorrilleros lo invocan.

En la calle lo dice todo el mundo: ‘El man, de que resuelve, resuelve’. Para sus más fervientes seguidores, él es el político que está más cerca del pueblo. Los más acérrimos detractores —como José Blandón— juran que es un político rakataca ‘que compra conciencias y no genera desarrollo sino dependencia’. Por eso El Chorrillo, acordonado por fuertes cinturones de violencia y pobreza, le ha servido de anclaje para escalar la cumbre máxima de la política criolla.

Nació en Panamá como el quinto hijo de una familia humilde chorrillera, un 7 de diciembre de 1961, con el nombre Sergio Rafael Gálvez Evers. Los vecinos le dieron el apodo que él supo convertir en marca registrada. Es catalogado por sus allegados como ‘un hombre emprendedor de carácter fuerte y decidido’. Los estudios básicos los realizó en el Instituto Tomás Alba Edison.

Siempre tuvo destreza para la venta, propia o de lo que fuera que quisiera colocar entre los consumidores del lugar que lo hizo crecer. ‘Desde su adolescencia se dedicó a vender frutas y legumbres’, cuenta Olga Cárdenas, líder comunitaria de El Chorrillo que todavía se ríe cuando lo recuerda recorriendo las calles en un pick-up rojo con su pequeño altoparlante.

—¡Venga y compre su piiiiiñaaaa! ¡Papaya barataaaa! ¡Venga, venga, no se lo pierdaaaa!— gritaba.

Muchos aseguran que esta actividad fue la que lo motivó a impulsar sus famosas ‘‘jumbo ferias’’, que ya llevan tres décadas y cuyo éxito el gobierno de Martinelli aprovechó ahora para luchar contra las críticas por el constante incremento de la canasta básica.

Pero, ¿cómo fue que este vendedor callejero y sin estudios se volcó a la política? El culpable es Genaro Bárcenas, un fallecido dirigente torrijista. Chello fue de menos a más. Primero se movió dentro de las Juntas Locales, una dependencia de la Junta Comunal que se encargaba de velar por darle respuesta a los problemas de la comunidad. Allí aprendió lo que nunca olvidaría: la política es el arte de sobrevivir, no importa el precio que haya que pagar. Ni a quién. Entendió claramente que en Panamá las ideologías eran retórica sin profundidad. ‘Todos los políticos mienten’, reconoció hace poco. Muy pocos se jugaban la vida por una idea. La mayoría sólo quería ver qué podía conseguir, estar cerca de la torta. Candidatos y electores, sin distinción, en lo mismo. A él no le iban a echar cuento. Se trataba de jugar vivo. Y Chello jugó.

INVASIÓN: CONEXIÓN GRINGA

A pesar de lo que digan de él, nadie puede negar que de Gálvez es un referente de la democracia panameña. Igual que Endara. Porque la primera vez que se alzó como representante, en las elecciones del 89, la dictadura boicoteó la elección. Endara ganó a nivel nacional y Chello también lo hizo en El Chorrillo.

‘Recuerdo esa elección’, dice Olga Cárdenas en calle 19, mientras el Parque de Los Aburridos, como siempre, es pura diversión. ‘¿Sabes lo que más recuerdo? La papeleta: era muy particular y graciosa porque salían los dos gorditos agarrados de la mano, eran Chello y Endara’, agrega.

Meses después llegó lo peor: la invasión. Sangre, fuego y terror. En otras partes de la ciudad algunos hablaban de liberación. Pero para El Chorrillo aquella madrugada de diciembre sólo trajo malas noticias.

Chello ya había aprendido qué es lo que hace un político ante la crisis. ¿Qué hace? Sacar ventaja. ‘Chello se convirtió en el contacto de los gringos’, sorprende el profesor Rafael Olivardía, jubilado chorrillero que fue vecino del diputado y hoy vive en el edificio de la 24. ‘Él era un joven representante que lideró los campos de refugi ados donde los gringos metieron a los chorrilleros tras la invasión. Para esa época en los campos de la Escuela de Balboa se introdujeron a unos 22 mil chorrilleros. Para preparar toda la logística del traslado en El Chorrillo, la única persona a quien se dirigían los gringos era a Chello. Fue ahí dónde se convirtió en el dirigente que hoy conocemos’, repasa Rafael.

Como no podía ser de otra manera, fue el encargado de repartir entre la gente la ayuda norteamericana. Luego la que distribuía Endara. De nuevo, un poco después, estuvo a cargo de más dádivas, ésta vez las internacionales que llegaban a paliar la tragedia de lo que Raúl Leis bautizó como el Guernica panameño.

Veintitrés años después sigue en lo mismo. El día de la Madre, regala electrodomésticos. El día del niño, juguetes. En diciembre, pavos y jamón. En el aniversario de El Chorrillo, guaro a lo loco y artistas nacionales. Todos aquí, alguna vez, recibieron algo de Chello. ‘Hasta los entierros paga Chello... es una funeraria rodante...’, ríe don Mario, guardia de seguridad jubilado.

Y así sigue Chello: sacando numeritos de una urna para regalarle dinero a los hombres un poco enfuegados que se pasan el día del Padre con él a cambio de 25 dólares. En El Chorrillo, más bien, parece el día de Chello.

HACIA LA CIMA

Luego de acompañar y ganar con Endara las elecciones del 89, luego de sobrellevar la invasión, la muerte y la reconstrucción de El Chorrilo, la figura de Chello se había vuelto central en el barrio.

¿Quién podía competir con ese hombre inmenso que, además, se presenta a sí mismo como un búfalo sexual? Pues nadie.

Desde el 89 hasta ahora monopolizó la representación política de los chorrilleros. Con ese capital en el bolsillo, no hay partido que no lo quiera en sus filas. Ni que no lo haya tenido.

Es junto a Carlos Afú y Vidal García, el paradigma del transfuguismo político. Sólo le faltó el PRD.

Durante sus 23 años como repr esentante y 13 como diputado, ha desfilado por casi todos los colectivos: Liberal Auténtico, Panameñista y Cambio Democrático, de donde se fue a los portazos en el 2004. Se peleó con Ricardo Martinelli y pronosticó para esa elección que Martinelli recibiría ‘un balde de agua fría cuando sienta el desprecio popular’. Sin embargo, Gálvez sabe que política es política, y en ella todo se vale. Su elasticidad ideológica es notable.

Especialista en los juega vivo, en el 2008 Martinelli, convencido del liderazgo de Chello en El Chorrillo, decidió olvidar las viejas rencillas y lo volvió a cobijar bajo su manto. Lo recibió como un hijo pródigo y ese ‘romance político’ hoy está más fuerte que nunca.

La llegada de Gálvez a la cúpula de la Asamblea no es casual. En tiempos de compra y venta de diputados, quién mejor que él para comandar a los padres de la patria.

El librito de Chello es claro: su capital, es la gente. Por eso, dice, no tiene nada que hacer en la Asamblea. Aunque haya sido electo como diputado y la Constitución lo obligue, él prefiere no asistir. Encabeza la lista de diputados con mayor ausentismo en la Asamblea: del 2009 al 2010 solicitó 43 licencias; del 2010 al 2011, 115; y de 2011 al 2012, 86.

Frente a las críticas, se escuda y plantea que en la Asamblea nunca se ha creado ‘una ley que satisfaga todas las necesidades que el pueblo necesita’. Y enseguida explica la teoría con la firma Gálvez: los políticos tienen que estar en sus comunidades brindándole soluciones a la gente, porque ‘el sistema político va acompañado de efectividad comunitaria’.

Lo único que ha demostrado en el pleno es un alineamiento total con los proyectos más alocados del Ejecutivo: reelección, segunda vuelta electoral, Sala Quinta, y aquel que proponía sancionar con cárcel a quien criticara al presidente.

Justamente fue Gálvez el diputado que presidió la Comisión de Presupuesto que aprobó lo que hoy terminó siendo un déficit monstruoso de $400 millones.

COMPLEJOS E INTIMIDAD

La vida privada de Chello es un gran misterio. No está casado pero se dice que tiene dos hijos. En voz baja, los vecinos de El Chorrillo señalan a una persona que siempre ha estado a su lado, apoyándolo, en las buenas y en las malas, como si fuera algo más que su compañera de fórmula política y su suplente como representante. ‘Es la Fiona de Chello’, dice entre risas un vecino y después se pone serio: ‘Es la honorable Keira’.

Lo que sí se conoce y hasta él mismo siempre reconoció, son sus problemas con la obesidad. Luego de años de batallar sin resultados y pesando cerca de 450 libras, el hombre decidió intervenir. ‘Estar obeso no me hacía feliz’, declaró y optó por realizarse la operación de la manga gástrica. Su satisfacción por haberse reducido el estómago fue tal que quiso extenderla a otros y se decidió a encarar lo desconocido: presentó un proyecto de ley en la Asamblea ‘para prevenir y combatir la obesidad mórbida’.

Envalentonado por su nueva figura, hasta se atrevió a definir en público sus aptitudes sexuales: ‘Soy un búfalo’, dijo. Como todo en su vida, permite las dobles lecturas. Para el representante de Río Abajo, Javier Ortega, ‘lo de búfalo lo caracteriza muy bien a Gálvez porque este cuadrúpedo sólo hace el amor tres veces al año’.

Lo cierto es que a sus 51 años Chello Gálvez se ha convertido en un referente de la política nacional. Los analistas señalan que su ascenso a la presidencia de la Asamblea sería la culminación de un proceso de deterioro y pérdida de credibilidad de los políticos panameños. La oposición lo descalifica y lo cataloga como un lambón profesional. Gálvez no tiene problemas y defiende al presidente a capa y espada.

Hoy podría convertirse en la figura con mayor peso y presupuesto del cuerpo legislativo. Claro que lo haría en medio de críticas y un vaticinio oscuro de la bancada de oposición: dado su ausentismo, dicen, este nuevo periodo legislativo podría entrar en ‘una acefalía nunca antes vista desde la recuperación de la democracia’. Mientras tanto, el diputado Gálvez promete dos cosas: ‘romper paradigmas en el Palacio Justo Arosemena y hacer noticia todos los días’. De algo no hay dudas: si la facilidad por dar la talla como político y protagonizar escándalos tuviera un nombre, ese sería Sergio Chello Gálvez.