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01 de Apr de 2020

Nacional

La Reina de Palo Seco

PANAMÁ. La primera vez que la ví buscaba su autorización para filmarla en un documental. Ella estaba en el comedor del Hospital de Palo ...

PANAMÁ. La primera vez que la ví buscaba su autorización para filmarla en un documental. Ella estaba en el comedor del Hospital de Palo Seco, con un vago aire de majestad ausente, custodiada por un séquito de perros adormecidos, que despertaban y gruñían feroces ante mis aproximaciones. Ella concentraba su mirada en la luminosa placidez del mar cercano, mientras los animales me seguían con ojos intensos.

Tiempo después, cuando éramos amigos y su manada me aceptaba con afectuosa indiferencia, Ruth me contó que a menudo dejaban perros abandonados en la gigantesca extensión de casi 6 mil metros cuadrados que comprende Palo Seco. Invariablemente ella los recogía, cuidaba y alimentaba. Una vez me confesó que si alguna vez volvía a nacer, le gustaría hacerlo como una pequeña perra de compañia: ‘Preferiblemente negra. Preferiblemente poodle’.

A partir de ese día inaugural, nos encontramos muchas veces, casi siempre en el mismo Hospital de Palo Seco, donde ella residía.

Palo Seco nació como colonia de leprosos el 10 de abril de 1907 en la antigua Zona del Canal. Era parte de una estrategia paranoica que afectaba a las autoridades norteamericanas, desde que a fines del siglo XIX experimentaran el terror a una explosión de la terrible enfermedad. Panamá no fue la única, estructuras similares habían sido construidas en Hawaii, Filipinas, Puerto Rico y Lousiana.

En 1904 las autoridades sanitarias de la zona supieron de la existencia de 13 leprosos, que vivían en condiciones lamentables en la playa de La Boca. Un año más tarde, la Comisión del Canal de Panamá aprobó la construcción de un hospital y colonia para alojar a los enfermos de lepra y para ello se escogió un sitio próximo a la entrada del Canal, llamado Palo Seco.

Los 13 enfermos que se ocultaban en La Boca fueron los pacientes inaugurales en unas instalaciones que pese a su cercanía a la ciudad, eran ignotas debido a su inaccesibilidad.

DE TEMORES Y PREJUICIOS

Palo Seco empezó con 8 pabellones alrededor de una placita que daba una sensación de calidez antillana a los pacientes que fueron llegando.

Convivían bajo las reglas de un manual de comportamiento tajante y específico: estaba prohibido escupir en el piso y compartir los utensilios. Las peleas eran severamente castigadas con breves estadías en una pequeña cárcel que estaba compuesta por dos celdas. Las cartas eran permitidas, pero antes de enviarlas era obligatorio esterilizarlas con una plancha caliente.

Como parte del mismo sistema, a partir de 1919 se instituyó una organización monetaria para el uso del hospital. Eran monedas norteamericanas acuñadas en Philadelphia con un distintivo: tenían un agujero en el centro que impediría su circulación exterior, eliminando posibles brotes de contagio.

Mucho después se demostraría que la gran mayoría de estas precauciones eran innecesarias, pues los temores siempre fueron mayores que los verdaderos peligros de contagio.

LA VIDA EN EL LEPROSARIO

Ruth llegó a Palo Seco en 1944, cuando apenas tenía 12 años. Desde niña, había sufrido de úlceras en los pies que tardaban en sanarse. A esa edad le rasparon piel del codo que fue enviada a la capital para ser analizada.

Ella vivía en Almirante, Bocas del Toro, y cuando los resultados de las pruebas retornaron, el diagnóstico llegó con un nombre doble, el más científico que decía Bacilo de Hansen y el que simplemente sonaba a pesadilla: lepra.

Entonces, Ruth fue obligada a trasladarse al leprosario de Palo Seco. Como era muy joven, quedó a cargo de una señora, ‘se llamaba Segunda Guevara y me cuidó hasta que cumplí 14 o 15 años. Al principio era un plomo, ni siquiera me dejaban ir sola a la playa. Luego me dieron mi propio apartamento’.

Cuando Ruth llegó a Palo Seco, el hospital/colonia tenía 37 años de existencia y 17 de resurrección bajo el mando del doctor Ezra Hurwitz, quien se hizo cargo como superintendente y cambió radicalmente la política original del hospital.

Desde su llegada en 1927 hizo responsables de muchas tareas a los propios pacientes, quienes trabajaban remuneradamente en labores manuales o administrativas, en tareas de servicio o mantenimiento. Además, cultivaban vegetales, criaban animales de corral y vendían sus productos al propio hospital. Incluso había un encargado de contratar espectáculos artísticos o musicales para uso exclusivo de Palo Seco, que en sus momentos de mayor esplendor fue visitado por leyendas latinoamericanas como Libertad Lamarque y el Trío Los Panchos. A lo largo de sus muchos años en Palo Seco, Ruth tuvo muchas ocupaciones.

ESPLENDOR Y ÉXODO

Ruth a los 14 años trapeó pisos y de allí laboró en la farmacia, el hospital y la lavandería. ‘Pero mi trabajo favorito fue administrar el comisariato. Allí vendíamos cigarrillos, betún, jabones, pasta de dientes, sodas y hasta cervezas.’

En 1945 Palo Seco llegó su pico poblacional más elevado. Allí convivían casi 150 pacientes con facilidades que incluían apartamentos para los casados, habitaciones individuales para el resto, dos capillas, edificio administrativo, una cocina y dos comedores, farmacia, pabellón hospitalario para los enfermos más graves, consultorio para curaciones cotidianas, comisariato, almacenes, lavandería, un salón de recreo y un cementerio en medio de la jungla cercana.

En Palo Seco Ruth tuvo dos esposos y cinco hijos. Los niños debían criarse afuera, pero tenía permiso para salir a visitarlos dos veces por semana.

Pero con los años la población se fue reduciendo. Con el descubrimiento de tratamientos ambulatorios contra la lepra, se fueron clausurando las colonias en todo el mundo.

A mediados de la década del 70 la población de Palo Seco rozaba los treinta pacientes. Cuando conocí a Ruth, en 2004, apenas quedaban seis.

EN LO ALTO DEL CARNAVAL

‘Yo nunca quise ser reina, pero me eligieron dama una vez’, me dijo Ruth Thompson con suficiencia, sugiriendo, tal vez, que de habérselo propuesto hubiera obtenido el cetro carnavalesco sin mayor problema.

Se refería a los intensos y sabrosos carnavales de Palo Seco. La reina era elegida por voto popular y ella escogía a sus damas. Había modistas que cosían los trajes y orquestas cuidadosamente seleccionadas que tocaban durante los cuatro días de ebria pachanga.

Hasta el fin de su vida, Ruth recordó con amor nostálgico los placeres que iluminaban la vida en Palo Seco durante sus mejores momentos. Había paseos a playas o ríos cercanos, fugas discretas a la Feria de la Chorrera e interminables partidas de billar en el salón recreativo. Por muchos años, en ese mismo salón, se mostraban cinco filmes por semana.

Cuando llegó la televisión, las películas fueron declinando. Con el tiempo cada paciente fue adquiriendo su TV personal y para Ruth fue el nacimiento de una nueva pasión: los noticieros, las series y las telenovelas que la apasionaron hasta el final de su vida.

En 2011 los últimos habitantes de la colonia fueron reubicados en un pabellón del Hospital Santo Tomás. Allí vi a Ruth por última vez, pocas semanas antes de morir. Estaba sentada en un pasillo bajo luces heladas, conversando animadamente con las enfermeras, mientras esperaba algún visitante. En sus ojos permanecía viva la belleza de su hogar próximo al mar, ese pueblo diminuto llamado Palo Seco en el que habitó por tantísimos años y que hoy está devorado por la jungla, en el hondo silencio que antecede al olvido.