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21 de Apr de 2021

Nacional

Yo también quiero ser presidente

Alfredo Belda es poeta. Tiene 35 años, pasea por Curundú con un traje azul celeste que heredó de su abuelo y que combina con una corbata...

Alfredo Belda es poeta. Tiene 35 años, pasea por Curundú con un traje azul celeste que heredó de su abuelo y que combina con una corbata anaranjada, chaleco y mucha gomina. Son las 10 de la mañana. Un piedrero lo para y le pide una moneda. Él sigue y dice que eso es una postal cotidiana en este Panamá donde los políticos prometen el cielo y la tierra y después dejan a la gente así, como al piedrero, sin nada.

—Eso no es política, es politiquería.

Dice. Y dice también que por eso quiere ser presidente, alcalde o diputado.

No es el único: hay 30 precandidatos presidenciales y un grupo de independientes que quieren terminar con eso que Belda llama ‘politiquería’. Ambientalistas, poetas, artistas, y hasta canillitas componen esta estirpe de nuevos políticos que no compran el discurso actual. Es la filosofía del ‘hasta yo lo podría hacer mejor’.

No importa a qué partido pertenezcan, has visto sus caras en las decenas de carteles que cuelgan por la ciudad, o tal vez no conozca ni su nombre. Descrédito, desengaño, impunidad, corrupción. Todo eso los empuja. Todos aspiran a ser uno entre 3,5 millones. Ellos quieren ser presidente.

TRANQUE EN LA CARRERA

Hay de todo y para todos los gustos: de partidos tradicionales (17 perredistas, 10 de Cambio Democrático y 4 panameñistas), una decena de independientes y hasta indecisos que no se terminan de definir. Incluso un canillita se inscribió para vender más periódicos.

Algunos nacen de un movimiento o reclamo colectivo, como Belda. Otros fueron paridos por el país que en vez de curar, enferma.

Ahí está Pedro Montañez, un hombre envejecido más por la catástrofe del Dietilene Glycol que por la vida. Montañez presume de ser el segundo inscrito en el PRD como precandidato y solo quiere luchar contra la impunidad de los responsables del ‘genocidio en la CSS’.

No tiene asesores internacionales, ni secretaria, ni despacho de lujo: trabaja con sus propios nietos, de 10 y 13 años, gente en la que puede confiar. ‘Ellos son mi equipo de comunicación. Están orgullosos de tener un abuelo candidato a la presidencia, porque vamos a transformar la sociedad’, cuenta.

Tiene 63 años. Hace siete el doctor le predijo que no viviría más de diez. Le quedan tres. ¿Los va a dedicar a gobernar?

–Cómo no. Así le voy a dejar desarrollo a este país para que sea libre e independiente.

–¿Quieres ser un mártir?

–Yo ya yo soy un mártir de este gobierno.

En lugar de un plan de emergencia, por ejemplo, propone que ‘si el Canal da más de 19 mil millones de dólares, y si aquí somos 3,5 millones de habitantes, que son cosocios del Canal, ¿por qué el Gobierno, como en toda empresa, al final no le da parte de los intereses que ha generado? ¿Por qué no? Toca a más de 1.500 dólares anuales por persona’.

‘Te voy a decir algo’, anuncia. Se inclina hacia delante y saca y la cartera. Plastificada, en una de las cavidades, guarda una foto con la primera dama que ella misma le regaló. ‘Si ella se presentara yo la votaría’, dice, porque ‘representa lo que es la mujer honesta, la esposa fiel a su esposo, a sus hijos. Ahora se ha hecho rabiblanca, pero tu la vieras... Si la llamas ‘primera dama’ no te escucha, pero si le dices ‘Martita’, de una se da la vuelta; así, humilde’. –¿Y ella te votaría a ti? –No se lo he preguntado. Pero podría hacerlo. Una hora más tarde estamos en Carrasquilla frente a la puerta de la casa de la expresidenta Mireya Moscoso. Montañez no organiza actos ni reparte nada: pide consejo. Para el coche, cambia su camiseta blanca por una camisa azul de manga corta. Pero Mireya no está. ‘Avísele pues que el candidato Pedro Montañez ha venido a verla’, le explica al guardia, atónito ante la aparición del KIA blanco año 2005. Entonces cambia el rumbo hacia la presidencia. Hace una parada en el minisuper de la esquina y casualmente encuentra al presidente Ricardo Martinelli subiendo a un carro. Montañez le saluda como viejo conocido, aunque después no nos dejaran ni siquiera entrar a tomar una foto frente al que espera que se convierta en su despacho. Taysha Nurse es la última persona en frustrar la aventura del precandidato. La responsable de comunicación del despacho de la primera dama no sólo confirma que la sra. de Martinelli no se encuentra, sino que le roba la fe a Pedro: ‘Ya ha dicho que no se va a presentar, y no esperes que rectifique’, le dice en tono severo.

¿Y LA POPULARIDAD?

La ley es amplia y por primera vez, cualquier panameño mayor de 35 años puede aspirar a la presidencia sin necesidad de pertenecer a ningún partido. Era una oportunidad para Juan Carlos Tapia: popular, figura, rico. Referencia política, además, desde que dedica los últimos minutos de su programa al análisis de la actualidad. Tenía todo, y un 13% de intención de voto. Pero en el medio de eso, se arrepintió.

—Nadie sabe hasta dónde se puede estirar la honestidad de una persona. ¿Para qué buscar esa tentación?

Dice, consciente de que ‘la política es un negocio más sucio de lo que se cree’.

Temía, además de la ética, poner en riesgo lo que construyó en 40 años de carrera: ‘Arriesgaba mi patrimonio, y ese riesgo se puede correr con 50 años, a mi edad no’.

Nadie lo entendió. Hasta recibió insultos por haber declinado. Tantos lanzados que nadie conoce, que arrancan en desventaja y se aventuran a la competencia. ¿Qué pasó?

–Los anónimos son gente que sólo quiere tener algo que contar a sus nietos. El pueblo panameño apuesta siempre por el ganador, por el que mejor le pueda resolver sus problemas, ya sea por palanca o por promesas. O por los ciegos 20 dólares que te dan.

Aura Mora lo contradice. Es candidata a diputada por el PRD y disputa el lugar de primera dama: es esposa de Manuel Bermúdez, el más joven de los precandidatos presidenciales.

–Yo preguntaría qué posibilidades tiene alguien conocido contra mí. Yo soy Aura Mora, hija de dos campesinos analfabetos que ha llegado a ser abogada.

Tanto Aura como Manuel dicen proceder de clases populares. Bermúdez parafrasea el eslogan de Martinelli: ‘Los pobres somos más’, dice mientras su iPhone suena sobre la mesa.

Está en Juan Díaz. El acto que organizó hoy consiste en saludar a toda la barriada puerta por puerta. Dice que en política ‘uno nunca puede decir ‘esto no lo voy a hacer’’. Y así fue. Manuel perdió 70 libras, se sometió a una operación de ortodoncia –para ensayar la sonrisa de candidato–, y cambió su estilo. Además de presidente, quería ser como Martín Torrijos. Los que están en el PRD hoy no lo representan: ‘Últimamente parece que el partido tiene dueños’, se queja.

Sabe lo que tiene que hacer, aunque tenga pocas chances: ‘Los valores, la capacidad intelectual y el carisma ya no cuentan; sólo vale el dinero’, admite.

Igual quiere disputar una parte en esa oportunidad que tiene el PRD hoy, donde 17 precandidatos se frotan las manos. Aunque todos tienen claro que Juan Carlos Navarro es el favorito, no renuncian a dar combate.

EL DINERO NO ES TODO

Para Manuel Alcántara, analista y autor del libro ‘El oficio del político’, ‘uno puede ganar las elecciones siendo cara bonita, deportista o artista, pero el proceso de calidad debe exigir que los candidatos digan lo que son’. Belda lo dice: es poeta. Y el sueño de lanzarse empezó con la lucha para frenar la construcción de la Tuza, una torre financiera que el gobierno quería levantar en la exembajada de EEUU. Fue una pelea que dio hace dos años con los miembros del Kolectivo, un grupo de militancia que incorpora el arte a la expresión social frente a temas sociales, culturales, ecológicos y políticos.

–¿Cuánto has invertido en tu campaña?

–Yo en mi campaña diré que si alguien se gasta 25 millones de dólares para ser presidente, es un insulto a la cantidad de problemas que hay en este país. Las últimas elecciones costaron 40 millones... la democracia entonces qué es, ¿un reinado?

El sociólogo Marco Gandásegui apunta otra explicación: ‘Nuestros políticos no se caracterizan por el carisma; son hijos de líderes, tecnócratas... Sin ningún mérito para llegar adonde están’.

Todos los candidatos realizan analogías entre la política y los reinados. Lo hace Belda, lo hizo Bermúdez y también Montañez. ¿Vot ará el panameño por el que más gaste en campaña, como en la última elección presidencial? ¿O será distinto esta vez? La experiencia dicta que el voto panameño siempre ha sido de castigo, nunca por convencimiento. Un partido deja paso en el gobierno al siguiente, de otro partido, y el que gobierna no repite nunca. Habrá que esperar una campaña y un año para averiguarlo.