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18 de Apr de 2021

Nacional

Arroz nacional se desvanece a cuentagotas

Acá en el interior todo está sujeto a la fe. De ella se prenda la estudiante que camina kilómetros a la escuela, rogando que no llueva y...

Acá en el interior todo está sujeto a la fe. De ella se prenda la estudiante que camina kilómetros a la escuela, rogando que no llueva y se enloden sus zapatos. Así vive el caficultor que espera que las plagas no dañen su cosecha. Y esa es la palabra mágica de los arroceros, que dependen más de razones abstractas y del cultivo al ruego que de otra cosa.

Y a ellos, curiosamente, son los que la fe abandona con más frecuencia. La producción de arroz se desvanece. En su época de gloria (hace menos de una década) el rendimiento oscilaba entre los 120-130 quintales por hectáreas. Pero la producción ahora si acaso llega a los 80 quintales por hectárea en tiempos de milagros.

¿Qué pasó con el sector arrocero? ¿Adónde fue a dar su bonanza, que se alimenta de una demanda anual de poco más de 7 millones de quintales, y que no ha parado de crecer?

Los productores hablan de paradojas. ‘Nosotros no ponemos precios, es el molino quien nos pone un techo’, dice Gabriel Araúz, presidente de la Asociación de Productores de Arroz de Chiriquí, en medio de una finca en Alanje, el distrito arrocero más importante del país.

Los números parecen fríos pero delatan una realidad aún más gélida. Ellos lo venden húmedo y crudo a los molineros. Los arroceros dicen que se les está pagando entre $17 a $21 por quintal. La cifra mínima a la que aspiran vender los arroceros es $24 el quintal.

Los molineros lo secan, lo pilan y se lo venden a los supermercados y al IMA. Los precios también son variables. En el IMA dicen que hay molinos que venden el arroz $48 a $50 el quintal. Al consumidor llega a precios que oscilan entre 0.60 hasta 0.80 centavos la libra, dependiendo el tipo de arroz (especial, de primera ó segunda y la época de año).

Esto es como un círculo vicioso que ninguna política oficial puede (o ha querido) romper. El margen de rendimiento ha promovido el decrecimiento paulatino del sector, dice Araúz. La fábula perfecta para la importación.

La disminución del hectareaje en sembradíos de arroz se agudiza en e l último reporte de la Contraloría General de la República, que detalla que entre 2011 y 2012 se sembraron 109 mil 570 hectáreas, mientras que entre 2012 y 2013 se cultivaron 98 mil 380 hectáreas.

Es decir, en los últimos dos años se han dejado de sembrar unas 11 mil 190 hectáreas de arroz, que podrían haber asegurado al país dos meses de abastecimiento.

Desde el Ministerio de Desarrollo Agropecuario (Mida) se intenta matizar el panorama: al 30 de agosto de este año se ha sembrado en arroz mecanizado (que es el de producción nacional) 44 mil 937 hectáreas.

Este informe destaca que ‘este año supera en 2 mil 499 hectáreas, la cantidad de superficie sembrada de arroz mecanizado en comparación con el año agrícola anterior (2012-2013), que fue de 42, 538 hectáreas .

Las diferencias entre el reporte del Mida y la Contraloría, tienen para el director del Instituto Nacional de Agricultura Sebastian Mirones, una sola explicación:‘el Mida solo recoge el área de cobertura que les compete, la Contraloría recoge cifras más globales’.

Esta incongruencia no sorprende a los productores, quienes afirman que ‘pareciera que cada entidad del gobierno anda por su lado’, destaca Gabriel Araúz (ver entrevista relacionada).

‘El alto costo de los insumos, las plagas nuevas, y las importaciones son nuestros principales enemigos’, precisa el dirigente arrocero.

Esos ‘enemigos’ han incitado a que Chiriquí pierda protagonismo en la producción nacional cuyos rendimientos han bajado 40%.

Incluso, la Asociación de Productores de Arroz ha visto partir en los últimos siete años a 540 de sus asociados. De 860 pasaron a 320.

UN TESTIMONIO REVELADOR

‘Aquí estamos de mala, nos ha caído toda clase de malas rachas’, es la primera expresión que suelta Ednar Cerceño, productor de Orilla del Río de Alanje, cansado de pensar en fe. Hablar de fe. Y vivir de fe.

Para llegar a su finca hay que pasar en medio de hectáreas de cultivos de caña de azúcar, que desplazaron al arroz. Más adentro, por un camino de lodo salta el arroz y el maíz, que batallan por no perder su poderío.

Aunque cada día ve cómo sus compañeros abandonan la actividad, Cerceño no le quita la mirada a la cosechadora, una máquina verde que pesa 20 toneladas y que con su filoso trinchete en forma redonda corta el grano maduro, mientras una decena de garzas impávidas danzan a su alrededor.

–Usted sígale, pregunte que nomás yo respondo –insiste, esquivando el ruido de su máquina.

–¿Por qué ya no es rentable producir arroz?

–Mire... aquí muchos productores han abandonado la actividad. En mi caso le voy a decir que hace diez años sembraba 32 hectáreas y tenía ganancias de hasta $500 por hectárea. Ahora solo cosecho 12 hectáreas y gano menos de $200.

–¿Y a qué se debe?

–Los químicos están muy altos, por darle un ejemplo, mijita. Hace ocho años costaban entre $20 a $25 el quintal, y ahora estamos pagando $38 o más. Además, las importaciones nos están ahogando, así como también las nuevas plagas como ‘la bacteria’.

–¿Ha pensado en abandonar esta actividad?

–Le voy a decir una cosa: ¡metoooooo! (sonríe, tras exaltarse con el cliché chiricano) como van las cosas cualquier día dejo esto.

Su relato es un espejo de lo que pasa en el sector arrocero del país. Las deserciones han sido obligatorias los productores están endeudados y no tienen forma de recuperar sus tierras porque no tienen plata.

Hasta junio de este año, el Banco de Desarrollo Agropecuario (BDA) tenía registrados 400 productores morosos. Deben más de $3 millones en créditos.

La única razón para retomar el negocio serían las indemnizaciones. El Instituto de Seguro Agropecuario (ISA) está pendiente del desembolso de $1.5 millón—solo en arroz—.

Los productores están esperando con ansias que se les cancele este dinero. ‘No nos han pagado, pero nos culpan de ineficientes. ¿Ahora, quiénes son los ineficientes?’, reclama el productor Nodier Díaz, mientras siembra en una finca de Guarumal de Alanje que, como misterios de la fe, parece ser el epicentro de las lluvias en Panamá.

Pero Rubén Darío Campos, gerente del ISA, brinda respuestas alentadoras. Hace poco días recibió la noticia de que la Contraloría ha refrendado la suma de $1 millón 800 mil que comenzarán a pagarse desde este semana en concepto de indemnizaciones.

Con esta suma comenzará a cancelarse la deuda a los productores que totaliza los $4 milones. En el renglón del rubro aroz la suma adeudada es de $1.5 millones.

Pero estos argumentos no convencen a los productores. La falta de estos reembolsos del ISA, más los créditos que han adquirido con el BDA, incitan a los productores a vender o alquilar sus tierras. Y el resultado final: disminuye la producción de arroz.

Esta es una realidad a la que la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) ha venido apuntalando: los créditos, los déficits en la producción, y los transtornos ‘se han convertido en una amenaza en el abastecimiento de arroz’.

EL OTRO ENEMIGO, LA PALMA

El cáncer de la disminución de arroz en Alanje se ha corrido 37 kilómetros al oeste, a Barú, un distrito fronterizo en el que no sólo decayó la producción bananera, con la quiebra de Chiquita Brands.

Aquí los arroceros han decidido colgar los guantes. La palma aceitera ha sepultado casi el 80% de los sembradíos de arroz.

En el corregimiento Progreso el fenómeno es más contundente que en cualquier otro baruense. La palma aceitera desborda de la carretera Puerto Armuelles-Paso Canoas, generando un escenario de rentabilidad que desde hace años los productores no veían.

Andrés Moreno es uno de ellos. Dice que es mejor negocio cultivar aceite vegetal que arroz (él sigue teniendo hectáreas de arroz, así que habla del asunto con suma propiedad), porque no tiene que contratar tanta mano de obra y los márgenes de cosecha son permanentes y no fluctuantes, como el arroz.

EL IMPACTO

‘Es por razones de rentabilidad económica’, que el agricultor señala que las plantaciones de banano, plátano y arroz están siendo borradas por la palma aceitera.

La caída de la producción regional de arroz en Chiriquí coloca el abastecimiento nacional en la cuerda floja.

‘No queremos abandonar la actividad, pero nos sentimos entre la espada y la pared, sin apoyo de nadie, solo recibimos críticas, nos hemos reunido con el gobierno pero no se concreta nada’, es la lectura que tiene Víctor Watts, coordinador de un Frente Pro Rescate del Sector Agropecuario nacido hace siete meses.

Esta fue una iniciativa que decidieron impulsar los productores al sentir que sus voces golpeaban con la pared. Y así siguen: tocando puertas pero sienten que sus voces no se escuchan.

El ministro del MIDA, Oscar Osorio, cree que el problema es que los productores ven al gobierno como un ‘gran papá’, plantea, mientras del otro lado cuestionan su disposición de impulsar políticas agropecuarias que el país necesite.

Osorio es Zootecnista con especialización en Lechería. Fue gerente de una empresa dedicada a la distribución de productos veterinarios, aditivos y equipos para la Ganadería. Llegó al gobierno de Ricardo Martinelli tras la salida de Emilio Kieswetter, un productor chiricano que reemplazó a Víctor Pérez, otro productor. Y así ha danzado el poder en el Mida y los gobiernos alrededor de los productores.

LA DEMANDA Y EL CÍRCULO DE LA IMPORTACIÓN

En medio los panameños exigen comida. En la avenida Perú, de Calidonia, un enclave popular del centro de la ciudad de Panamá, hay cuatro fondas que ofertan arroz de todo tipo: con pollo, amarillo, en sopa, con frijoles y con puerco frito encima.

En el país se consumen 583 mil quintales de arroz al mes, una demanda a la que los arroceros panameños sólo esperan estar a la talla por fe. A ruegos, un nuevo estilo de cultivo que comparan con los otros dos, legalmente aceptados: a secano y riego.

Los arroceros pronostican que con fe alcanzarán producir 3.2 millones de quintales de arroz, que sumados a los 1.3 millones guardados en los molinos sólo servirían para satisfacer a los comensales por cinco meses. En ese panorama se cuelan las importaciones. Una solución que acaba con el sector nacional poco a poco.

El año pasado se importaron 214 mil quintales de arroz, correspondientes al contingente arancelario de la Organización Mundial de Comercio (OMC), 1.094.600 quintales por desabastecimiento y 550.000 quintales dentro del contingente arancelario del Tratado de Promoción Comercial (TPC) con Estados Unidos, según las estadísticas de la Bolsa Nacional de Alimentos (Baisa). El IMA importó 550.000 quintales para abastecer las ferias que realizan a nivel nacional.

Las proyecciones de la institución apuntan a que dos tercios del arroz que los panameños consumen es extranjero y procede de EEUU, según AUPSA.

‘Las importaciones nos están ahogando. ¿Dónde está el compromiso del gobierno de proteger al productor?, ¿y de la soberanía alimentaria?’, se pregunta Gabriel Araúz.

Los productores creen que no habrá espacios para ellos, a menos que una jugada maestra les haga resurgir. No descartan la posibilidad de aliarse para constituir una empresa de importación, y dominar ellos el mercado. Como en los viejos tiempos, pero desde otra óptica impulsada por un rejuego de demanda-oferta.

Concluyen en que Panamá ‘no habrá que esperar la próxima generación’. Si seguimos así, en dos años, se acabará la producción de arroz en Chiriquí’, una advertencia que pone contra la pared al país, con el torneo electoral a puertas.

‘Estamos incrédulos de las propuestas de los candidatos presidenciales’, dice el arrocero. Ninguno de ellos ‘sabe del campo’, reitera.

La seguridad del arroz nacional, el grano que más se come en el país, está en sus manos. Por que de fe, ya no se puede producir.