23 de Feb de 2020

Nacional

Etanol: de Brasil a Panamá (y de allí, al traste)

La entrada del biocombustible a Panamá fue concebida como parte de un acuerdo comercial entre George Bush y Lula

"Panamá tiene entre 200 y 240 mil hectáreas disponibles", adelantó el entonces presidente Martín Torrijos a su homólogo brasileño, Luiz Inácio ‘Lula’ da Silva, en una reunión en el palacio presidencial de Planalto, en Brasilia, el 25 de mayo de 2007.

La respuesta de Torrijos era corta, pero crucial: aseguraba la entrada de Panamá a la llamada ‘diplomacia del etanol’, un plan que permitiría a Brasil usar a Centroamérica como resorte para expandir su negocio de biocombustible hacia Estados Unidos.

‘Lula’ estaba eufórico. Vestía de rojo. Lo importante, dijo, era que las productoras brasileñas se establecieran en el istmo. Torrijos sonrió. Gol.

La ‘diplomacia del etanol’ había empezado a gestarse en Washington en el año 2006, originada en la necesidad de Estados Unidos de obtener fuentes baratas y sustentables de biocombustible para disminuir su dependencia de las importaciones de petróleo.

Estas habían alcanzado en el año 2005 su máximo histórico, con nueve millones de galones de gasolina, proque consideraba ‘hostiles’, como Venezuela, Rusia o Irak.

BUSH Y EL ETANOL

Movido por razones de ‘seguridad nacional’, la política energética de George Bush impulsó el desarrollo acelerado de la industria del etanol.

En 2008, ya producía 9 mil millones de litros, un 30% más que Brasil, hasta 2005 el principal productor de etanol del mundo.

Pero había un pequeño problema: el etanol estadounidense, dependiente del maíz, es poco eficiente a la hora de mover carros.

La industria brasileña, en cambio, basada en la tecnología más avanzada para el cultivo de caña de azúcar del mundo, tiene capacidad para producir un etanol más barato y de mayor rendimiento energético.

EL ARTE DE NEGOCIAR

Dos meses antes de la visita de Torrijos al Palacio de Planalto, el presidente brasileño había firmado con Bush un memorando de entendimiento para el suministro de etanol brasileño. Y Panamá ya se ubicaba en el radar.

El proyecto contemplaba la expansión de la producción brasileña hacia Centroamérica y la República Dominicana, región con la que Estados Unidos mantenía el Cafta-RD, un acuerdo de promoción comercial que eliminaba los aranceles para la importación de biocombustibles, siempre y cuando se usara materia prima doméstica.

Brasil veía el asunto con lujuria. El mercado estadounidense tenía un potencial ilimitado. No solo era el mayor consumidor mundial, con una demanda anual de 1.7 billones de litros (hoy es de 12.9 billones), sino que podía crecer varias veces más en los próximos años, a medida que el país lograra aprobar el Energy Independence and SecurityAct, que obligaba a la industria de petróleo a mezclar combustibles renovables progresivamente con la gasolina y el diesel, hasta alcanzar el 25% de su contenido en el 2020.

BENEFICIADOS

La diplomacia del etanol no solo beneficiaría a Brasil. Así lo explicó el canciller brasileño Celso Anorim, tras la firma del acuerdo entre ‘Lula’ y Bush: ‘Creo que es un pacto que tendrá gran efecto a mediano y largo plazo para Brasil, Estados Unidos y todos los países de Suramérica, Latinoamérica, África y Asia; creo que para todo el mundo’.

De hecho, ‘Lula’ no solo negociaba con Panamá, sino que mantenía conversaciones con el magnate nicaragüense Carlos Pellas para deshidratar alcohol en el ingenio San Antonio, el más importante de Centroamérica, y llevarlo a EEUU.

No obstante el optimismo brasileño, los más entendidos apuntaron a que Washington estaba un pie por delante: la industria brasileña empezaba a ser penetrada por los intereses norteamericanos. Según la revista venezolana Marxismo Vivo , de 357 productoras de etanol instaladas en Brasil en el año 2007, el 35% estaba en manos de inversores extranjeros.

LA PARADA PANAMÁ

Torrijos fue diligente. En 2007, ordenó un estudio a la consultora canadiense Intracorp, que sugirió la construcción de cuatro plantas destiladoras de etanol en Panamá.

El mercado local, concluyó el informe, tenía potencial para hasta 70 toneladas de caña de azúcar por año por hectárea, un promedio bajo comparado con el de Centroamérica, pero suficiente para sostener la demanda doméstica y alcanzar, eventualmente, la exportación a Estados Unidos.

Anel ‘Bolo’ Flores, empresario azucarero y exaspirante presidencial, rememora el entusiasmo con que fue asumido el negocio en Panamá, con más entusiasmo, incluso, que en Brasil.

Se calculaba que, de llegar el país a consumir gasolina con 5% de etanol, se generarían ganancias de hasta $100 millones anuales, ‘que en lugar de quedar en manos de las petroleras, llegarían a la gente y a los campos’.

‘Es un gran negocio para un país que no tiene recursos petrolíferos’, sostiene todavía hoy el productor.

Con esa idea, en julio de 2008 Torrijos mandó a la Asamblea Nacional un anteproyecto de ley que permitía el uso de un 10% de etanol en el parque automotor.

No obstante, el proyecto pronto se estancó en la Asamblea Nacional. ‘La oposición de las petroleras fue férrea’, explica Flores.

LA ERA DE LA ‘LOCURA’

En el año 2009, Ricardo Martinelli usaba su mayoría en la Asamblea Nacional para retomar la propuesta, engavetada desde los tiempos de Torrijos, y convertirla en ley de la República.

La Ley 42 de 2011 hizo obligatorio el uso de la gasolina mezclada con un 5% de etanol. La norma dio dos años de margen para su ejecución, el tiempo mínimo que tarda en construirse una planta destiladora como la que opera Campos de Pesé, en la localidad herrerana de Las Cabras.

No obstante, cuatro años después, la alegría se ha perdido, en medio de suspicacias políticas y apenas una productora, Campos de Pesé, ahorcada judicialmente y cercada en lo político.

El gobierno de Juan Carlos Varela argumenta que ésta vendía muy caro (a $1.22 el litro, el doble que en la región), por lo que impuso una rebaja, insostenible según la empresa.

Pero los argumentos políticos son un detalle: en siete años, Panamá no ha cumplido su cuota en el pacto de la ‘diplomacia del etanol’.

Rafael González Fernández-Pacheco, presidente de Campos de Pesé, explica que el país debería estar produciendo 40 millones de litros de biocombustible al año, pero la cifra sólo llega a 18 millones.

Según Fernández Pacheco, la traba es que no hay materia prima.

Las 240 mil hectáreas siguen tal cual, como aquella tarde en la que Torrijos le habló a ‘Lula’ de ellas en el Planalto.