26 de Feb de 2020

Nacional

Así recuperó Gaspar de Espinosa el ‘tesoro de Badajoz'

Tras la pérdida del tesoro robado a los indios, las autoridades españolas enviaron al poco escrupuloso Gaspar de Espinosa a enfrentarse con el cacique París

Así recuperó Gaspar de Espinosa el ‘tesoro de Badajoz'
Así recuperó Gaspar de Espinosa el ‘tesoro de Badajoz'

En España los funcionarios de la Corte del rey Fernando estaban furiosos. Un tesoro de cien mil castellanos propiedad de la Corona española se había perdido en la Castilla Aurífera, robado por los indígenas. El responsable merecía que se le cortara la cabeza, advertía al rey el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, primer organizador de la política colonial castellana en las Indias.

El llamado Tesoro de Badajoz —Tesoro de París o, también llamado Tesoro de Quema, por la leyenda que sostiene que fue enterrado en las montañas que llevan este nombre—, era el mayor reunido hasta entonces en el Nuevo Mundo y los españoles, en la corte y en las Indias, no se resignaban a perderlo.

¿Quién más apropiado para recuperarlo que el alcalde mayor de Santa María La Antigua, Gaspar de Espinosa?

Nacido en Medina del Campo y recién salido de las aulas universitarias de Salamanca —por lo que se le llamaba ‘licenciado'—, Espinosa llegaría a ser uno de los más celebres conquistadores de Centroamérica y el más vil de los cómplices de Pedrarias.

Tan mala es su fama, que a pesar de ser el fundador de las ciudades de Panamá y de Natá, que en los años siguientes alcanzarían una gran importancia táctica para la conquista y colonización española, en el país no existe una calle ni plaza que lleve su nombre.

PARTIDA

Aprendiendo del fracaso de Badajoz, Espinosa salió de Acla (Darién), muy bien preparado. No solo llevaba 200 hombres y 10 caballos —animal temido por los indios y que implicaba una superioridad en el campo de batalla—, perros feroces, armas de guerra, espadas de acero, sino a los más osados e inescrupulosos acompañantes: Diego de Ojeda, Diego de Albítez y Francisco Pizarro.

Juntos incursionaron ‘a sangre y fuego' por las tierras nuevas, tratando de resarcir la pérdida del caído en desgracia Badajoz.

EL VILLORRIO DE NATÁ

Tal como lo hiciera Badajoz, la primera parada de Espinosa y sus hombres fue el villorrio del cacique Natá. Allí se instalaron las tropas, no solo por la estratégica ubicación del sitio poblado de bohíos, sino por las abundantes provisiones (pavos, pescados, venados, maíz) que allí encontraron y que, según los cálculos de los cronistas, alcanzaban para alimentarse durante varios meses.

Desde esa villa, los españoles enviarían comisiones encaminadas a convencer al cacique París de entregar el ‘tesoro de Badajoz'.

El pueblo indígena, alertado por los mensajeros de lo que podía depararle el futuro si no se devolvía el tesoro, estaba conmocionado.

Mientras Natá huía de su villa, dejando atrás a sus mujeres, París celebraba concilios con otros jefes para discutir la conveniencia o inconveniencia de ir a la guerra o entregarles el oro.

De acuerdo con el historiador Bartolomé de las Casas, las ‘espaves' —mujeres del cacique— estaban asustadas y deseosas de hacer las paces con los invasores, por lo que pedían a sus señores que se les diera el oro que pedían. ‘De lo contrario nos matarán a todos', advertían.

Pero París, uno de los más aguerridos hombres de la región y quien hasta entonces no conocía la derrota, se sentía muy confiado en sus capacidades para la guerra. Él no solo había llegado a dominar, a través de la guerra, gran parte de los territorios de Azuero, sino que había vencido en ataques sorpresivos a misteriosos extranjeros como a Badajoz y hasta a un ejército de guerreros caníbales llegados dos años antes por mar desde Nicaragua, según las crónicas de Pascual de Andagoya .

EL ATAQUE

Por fin, cansados de no obtener respuesta, los españoles decidieron atacar, para lo que Espinosa dividió sus fuerzas, enviando por delante cien hombres al mando de Diego de Albítez, mientras que él permanecía en la retaguardia con los mejores soldados y caballos, preparado para socorrerlo.

Albítez logra dar con las huestes de París y se da la batalla en las orillas del río Grande, donde los indios atacaron con mucha bravura con sus lanzas.

Los enemigos luchaban a muerte, cuando hizo aparición un misterioso guerrero, ‘armado con muchas pantenas y armaduras de oro y puñetes puestos sobre una aljabeta de algodón'.

Los españoles nunca pudieron confirmar si era el mismo París, pero el hombre luchó con fiereza y casi llevó a los indígenas al punto de la victoria. Sin embargo, cuando se sentían triunfantes, irrumpió Espinosa con su caballería y ‘fue tanto el espanto, que muchos de los indígenas empezaron a huir a los montes vecinos, dejando sus armas y derribándose unos a otros'.

Veinte capitanes de los indios e innumerables guerreros murieron en aquel sangriento encuentro .

Algunos cronistas cuentan que en los días siguientes, los hombres de Espinosa torturaron a los prisioneros, algunos de ellos allegados a París, hasta que estos revelaron dónde se encontraba una parte del oro que buscaban.

El cronista Antonio de Herrera lo cuenta así: ‘Habiendo prendido el capitán Diego de Albítez al cacique Hueré, este dijo que en un bohío pequeño, a dos leguas de allí, estaba el tesoro'.

Los relatos revelan que los españoles llegaron a la provincia de Usagaña, o Quema, donde los guías les mostraron el bohío donde se encontraban las canastas con las joyas.

Los conquistadores, liderados por Albítez, se disponían a entrar, pero al parecer, en ese momento, una india le dijo a éste que aquél era el ‘bohío de los diablos' y que una vez entraran, ‘la tierra se abriría para tragárselos'.

Según se dice, Albítez era muy supersticioso y no se atrevió a pasar de la entrada, por lo que Herrera continua que ‘volvió sin el oro, contando la tormenta que había pasado'.

Espinosa entonces envió a veinte hombres a buscarlo, quienes en dos horas regresaron con cinco petacas (maletas) en las cuales había alrededor de ochenta mil castellanos en oro.

Esta versión es diferente de la que ofrece el propio Espinosa, quien en sus relatos asegura que no eran cinco, sino diez las maletas: ‘... en el cual (bohío) hallaban diez jabas de oro, en las cuales hubo treinta mil pesos de oro'.

MÁS ORO

Como siempre, los españoles no se conformaban con poco ni con mucho.

De allí, Espinosa pasó a los dominios del cacique Chiracotia, donde esperó a que pasaran las lluvias.

Posteriormente, siguió hasta las islas de Coiba y Cébaco, donde, encontraron ‘fortalezas rodeadas de fosos y empalizadas; guerreros con corseletes defensivos, hechos de algodón y tan gruesos como de colchón'.

Estos indios atacaban con picas, lanzas provistas de puntas hechas con dientes de tiburón y rodelas. Todo ello, al son de pífanos y tambores ‘de la manera de los alemanes' .

CRUELDAD

Es en esta primera y larga expedición que Espinosa puso de relieve su crueldad, recogida por la pluma de un religioso llamado fray Francisco de San Román.

En una carta escrita a Bartolomé de las Casas hasta La Española, San Román describe cómo, para aterrorizar y sin motivo, Espinosa echaba los perros a los indios, los ahorcaba, les cortaba partes del cuerpo, desde las narices y orejas a los pies y manos.

Según describe el fraile en la misma carta, que posteriormente de las Casas llevaría a la corte española para mostrarla al rey Carlos (nieto de Fernando) como prueba de los desmanes de Pedrarias, Espinosa habría asesinado a más de 40 mil indios en este primer trayecto.

Durante su viaje de regreso a Darién, al pasar nuevamente por donde Natá, en enero de 1517, los españoles encontraron su villa destruida. De acuerdo con la antropóloga panameña Reina Torres de Araúz, se había iniciado la autodestrucción aborigen, motivada por el encuentro con un enemigo que contaba con recursos bélicos superiores. Destruidas las estructuras económicas y políticas tradicionales, los cacicazgos, agónicos, daban sus últimas batallas. Si Badajoz había regresado avergonzado y sin nada a Santa María La Antigua, Espinos lo hizo como un triunfador, año y medio después de su partida, muy próspero, llevando un botín de 80 mil pesos de oro y más de 2 mil esclavos indios, entre ellos hombres, mujeres, niñas y niños, encadenados y gimientes, listos para ser vendidos. Probada ya la riqueza de las nuevas tierras, quedaba pendiente el encuentro final con el cacique París, que conservaba todavía parte del tesoro que tanto deseaba Espinosa. El conquistador iniciaría un año después una segunda expedición hacia las tierras del cacique, pero al llegar, se encontró con que este había muerto. El mismo Espinosa da la versión de las exequias del gran cacique, en las que no faltaba su deslumbrante ajuar y el grupo de hombres —seguidores de su enemigo el cacique Escoria—, prontos al sacrificio. ‘...Estaba todo armado de oro y en la cabeza una gran bacina de oro, a manera de capacete. Al pescuezo, cuatro o cinco collares hechos como cañones, todos cubiertos de las dichas armaduras. En los pechos y espaldas, muchas piezas y patenas, otras piezas hechas a manera de piastrones, y un cinto de oro, ceñido todo de cascabeles de oro, y en las piernas asimismo armaduras de oro; por manera de que dicho cuerpo del dicho cacique estaba armado, parecía un arnés o coselete trenzado'. El espectáculo ha debido ser impresionante, ya que los cronistas coinciden en la descripción. Tanto De Las Casas como Antonio de Herrera estiman en 30 mil pesos de oro ‘en piezas de diversas hechuras', el tesoro obtenido en esa oportunidad, robado al cadáver.

Logrado el objetivo, y tras liberar a los cautivos prestos para el sacrificio fúnebre, los españoles se retiraron hacia la costa.

Este segundo viaje de Espinosa terminaría en un villorrio de pescadores llamado Panamá, a las orillas del mar, donde los esperaba Pedrarias, ‘con gran alegría e triunfo'.

Según Las Casas, apenas llegados, Pedrarias amenazó con devolver el oro a sus dueños si en lo sucesivo no se dedicaban a poblar las zonas por donde habían pasado.

‘Concedido esto, llamó Pedrarias a un escribano que sentase por escrito que allí se depositaba una silla que se llamaría Panamá, en nombre de Dios y de la reina Doña Juana y de don Carlos, su hijo... la cual quedó siempre allí desde aquel año, de 1519...'. (Las Casas)