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24 de Nov de 2020

Nacional

Río Abajo, el barrio del primer doctor en Botánica de la UP

Cuando era niño, Alberto Taylor, uno de los profesores eméritos de la Facultad de Biología, vendió periódicos, bofe y ‘sous', en las calles, para ayudar a la economía familiar

La historia del doctor Alberto Taylor comenzó hace 83 años en el corregimiento de Río Abajo. Su abuela materna, jamaiquina y a quien nunca conoció, emigró a Panamá a fines del siglo XIX, por la construcción del ferrocarril. Su padre, también jamaiquino y con quien nunca vivió, había llegado por las mismas razones.

Su madre nació en San Pablo, pueblo ubicado a lo largo de la línea de construcción del ferrocarril, que años después quedaría bajo las aguas del Canal. Ella le contó que la abuela Mary Mullins vendía pescado fresco en una carretilla. Años después, regresó a su Jamaica natal.

El doctor Taylor vivió su infancia en Río Abajo, un lugar poblado en su mayoría por

‘MI MAMÁ CRIABA GALLINAS. UN DÍA FUI AL GALLINERO Y SE LAS HABÍAN ROBADO. DEJARON EL GALLO ENFERMO CON UNA ETIQUETA QUE DECÍA ‘MUCHAS GRACIAS”,

ALBERTO TAYLOR

PROFESOR

jamaiquinos y barbadenses que trabajaban en el Canal. Sus vecinos los creían adinerados por trabajar en el proyecto canalero, pero en el hogar de Alberto, sin papá, la realidad era otra.

Su madre trabajó en un restaurante y también como empleada doméstica. Lavaba ajeno, criaba gallinas, vendía huevos y preparaba pescado frito, bofe y patas de cerdo en un plato ya típico de Panamá que se conoce como ‘sous' (del inglés ‘souse' o aderezo con ajíes picantes, cebolla, limón, ajo y pepino), para que Alberto lo vendiera en el barrio. El niño se ganaba unos reales extra vendiendo La Estrella de Panamá y otros periódicos cuando cada ejemplar costaba cinco centavos.

A la entrada de la calle 16 Río abajo, donde todavía se halla la cantina Kelvin, había un edificio con una abarrotería en la planta baja. En 1941, durante el primer año de mandato del presidente Arnulfo Arias Madrid, se decretó la expulsión de los chinos del comercio al por menor y un santeño se hizo cargo de la tienda. Ese señor santeño le dio permiso para que colocara su platón con el pescado y otros platos para la venta, hasta la madrugada.

Para ir a la escuela, caminaba unos metros y cruzaba la calle hasta la escuela pública de Río Abajo, hoy Escuela República de Haití. ‘Me acuerdo del himno de Haití que cantábamos a veces'. Por esos años, para no quedarse con ‘el inglés de la calle', se ponía a modular la voz frente al espejo. ‘El cambio de la entonación causaba risa a los muchachos del barrio', cuenta.

Los maestros le regalaban cuadernos, lápices y consejos. De aquellos años recuerda a la maestra Julia, que invitaba a un grupo de diez o quince estudiantes a comer con ella en su casa. ‘Era otra época', dice.

Gracias a sus buenas calificaciones fue aceptado en el mejor plantel público secundario en esa época: el Instituto Nacional, donde también recibió apoyo de los profesores. Se graduó de bachiller en Ciencias en 1952. Ese diploma le abrió las puertas de la Universidad de Panamá (UP), aunque muchas veces no contaba con los recursos para pagar la matrícula y los laboratorios.

Al poco de haber ingresado a la Universidad, dos dirigentes estudiantiles se interesaron él y ‘casi obligaron' al rector Octavio Méndez Pereira para que le se le exoneraran esos gastos.

PROFESOR EMÉRITO

Personal académico de 75 años, edad de retiro de la docencia

La UP considera que son profesores que realizan un aporte valioso al centro educativo y al país.

Su nombramiento es por un año.

El salario, dice el doctor Taylor, es inferior a los $3,800 que gana un catedrático.

En su caso, muestra el cheque de casi mil dólares quincenales, sin sumar los descuentos. ‘Solo los descuentos, no tengo deudas', subraya.

Méndez Pereira aceptó exonerarlo de matrícula, pero no de los laboratorios. ‘Y yo le dije: cuestan más los laboratorios que la matrícula', cuenta Alberto, que se presentó ante la primera autoridad con un pantalón zurcido. El rector, después de mucho dudar, accedió.

La carrera de medicina quedaba descartada por la difícil situación financiera del joven. En 1957, se graduó como licenciado en Biología y Química, bachiller en premedicina y profesor de media con el primer puesto de honor.

Como docente, laboró en Panamá, Bocas del Toro y un día en Colón. A los 24 años, se interesó por la genética.

‘Si no puedo ser médico, seré genetista', se propuso. En los últimos años de la carrera, se empleó como auxiliar de preparador de medicamentos y pomadas en un laboratorio farmacéutico de la capital donde le pagaban $70 al mes.

Durante el año como docente en Bocas del Toro, solicitó una entrevista con el Servicio Consular de Estados Unidos en Panamá para optar por una beca Fulbright. Lo enviaron a una universidad donde se dictaba la especialidad de genética.

En el Departamento de Botánica de la Universidad de Indiana estudió la maestría en citogenética del maíz y, luego, el doctorado en morfología vegetal comparada, con mención menor en sistemática de plantas y zoología de vertebrados.

Así fue como se volvió a enamorar de las plantas. Después de la maestría, regresó a Panamá y retomó la docencia en secundaria.

Con una beca de la Organización de los Estados Americanos, volvió a EE.UU. por el doctorado en botánica.

El niño que recorrió las calles de Río Abajo tiene ahora 52 años de vida universitaria, 49 de ellos en la UP. Se retiró en 2012, a los 79 años de edad. Al año siguiente, sin ser parte de la UP, siguió realizando labores en el campus.

Así continuó hasta 2014, cuando fue distinguido como profesor emérito, lo que le permitía seguir laborando en la institución.

Comenzó ganando $600 en la UP, luego $700 hasta alcanzar los cerca de $3800 como titular con más de 25 años de labor académica.

Además de la variación de los salarios, es testigo de muchos cambios, unos buenos y otros no tan buenos, dice.

Hasta su jubilación como docente regular, fue director del Jardín Internacional de Cícadas de la UP que creó hace veinte años.

En el jardín, uno de los más grandes de América Latina, hay una amplia variedad de esas especies, incluyendo todas las que han sido descritas como propias de Panamá, y doce que son endémicas del Istmo.

Hay 300 especies de cícadas. Las del jardín fueron traídas de diversas provincias y comarcas, y también del extranjero, mediante el intercambio de semillas.

Con alrededor de dos mil plantas, este jardín es el más grande e importante de Centroamérica y el Caribe.

El término más grande se refiere a la cantidad de plantas, no al tamaño del terreno actual, de no más de seis mil metros cuadrados. ‘Necesitamos como dos hectáreas o más para acomodarlas bien', calcula.

Menciona que es importante que la población general conozca de estas plantas. Algunas son consumidas en México y Honduras. En Panamá, algunas especies se usan como adornos en los hoteles. Una sola planta, según su rareza natural, puede costar varios miles de dólares, estima.

Su trabajo como profesor emérito Taylor lo divide en dos partes, entre tres y cinco días en el jardín o en su laboratorio y el resto en su casa, donde escribe los resultados de sus investigaciones.

Para los estudios cuenta con una computadora de escritorio, otra portátil, una tableta, un celular que funciona como computadora y otro celular solo para llamadas. En este momento se ocupa de los insectos polinizadores de las cícadas.

De sus primeros años como profesor recuerda que los estudiantes ingresaban a los 19 años, trabajaban y eran independientes. Ahora, compara, son muy jóvenes y dependen grandemente de los padres.

La función del decano también es otra. En sus inicios no se cobraba por ejercer este cargo, solo se le rebajaba la carga horaria para poder ocuparse de la docencia e investigación. ‘Desde el golpe de Estado de los militares, se le paga extra al profesor que ejerce de decano y esto se ha vuelto política', comenta.

Dice que los militares han desvirtuado la historia de la Universidad al calificarla de elitista. ‘Nunca fue elitista, lo que pasa es que muchos profesores eran de la élite porque era un prestigio ser profesor', comenta.

Del Río Abajo de sus inicios, el doctor en Botánica solo se distanció una calle. A los 27 años, se mudó al corregimiento de Parque Lefevre, que abandonó por el ruido. Está por trasladarse a la 12 de Octubre, con la misma mujer que conoció en sus primeros años de Universidad, una profesora graduada de biología y química y exprofesora de la Facultad de Medicina con quien ha tenido dos hijas, una violinista y otra administradora de empresas. Ha tenido una vida feliz, dice.