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04 de Jun de 2020

Nacional

La muerte reclama su vínculo prehispánico

El 2 de noviembre es el Día de los Difuntos. En Panamá, se conmemora con solemnidad y tristeza, a diferencia de otros países, como México, donde el inevitable ‘tránsito', se celebra

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) explica la conmemoración actual del día de los difuntos como un sincretismo entre las tradiciones religiosas españolas y las costumbres precolombinas que enfatizaban el culto a los dioses que cuidaban la muerte.

Esta ‘fiesta' tiene lugar cada año a finales de octubre y principios de noviembre, justo el periodo que marca el final del ciclo anual del maíz, cultivo predominante en la cultura indígena.

‘EN PANAMÁ LAS IGLESIAS HAN SIDO TAN MAL CONSERVADAS QUE, EN MUCHAS DE ELLAS, CUANDO LOS PÁRROCOS REMODELARON LOS SUELOS CON MOSAICOS, DESTRUYERON LAS LÁPIDAS QUE CUBRÍAN SUS PISOS',

OMAR JAÉN

HISTORIADOR

La vida y la muerte como referencias recurrentes de renovación inevitable que se repiten en casi todas las culturas.

El mayor acceso a la información y el mejor conocimiento del mundo que permite la tecnología, expone a la sociedad global a otras costumbres que, en su derecho, abraza para un mejor entendimiento de su propio entorno.

Gracias a la ‘cultura de masas', celebraciones como la de México, de fuerte identidad y clara diferenciación, ha llegado a Panamá con fuerza y empieza a tomarse en cuenta, aunque solo sea por curiosidad o como alternativa a la tristeza con la que tradicionalmente la corriente dominante aborda el concepto de la muerte.

En ese país, ‘la muerte se entiende como un tránsito del alma al otro mundo y se acude a los cementerios, en donde se elaboran altares a los difuntos en sus tumbas. Se celebra la muerte, pero también la recuperación de la vida porque la creencia es que la persona está mejor del otro lado', expresa José Agustín Espino, sociólogo y economista.

Lo que más caracteriza al Día de los Difuntos en Panamá es la visita a los cementerios. Todos recuerdan desde niños, expresa el historiador Omar Jaén, que una semana antes los deudos acudían a limpiar las tumbas de las que no se ocupan durante todo el año. Mucha gente visita las criptas en la iglesia y lleva flores. La costumbre, aunque ya no está tan arraigada, no ha cambiado mucho, reconoce el historiador.

DE LA LÁPIDA A LA CRIPTA

Jaén rememora que por mera casualidad, un día que caminaba por la Catedral Metropolitana descubrió en el piso la lápida de sus ancestros, un bisabuelo de su abuelo. ‘Sobre el suelo se leía el nombre José de los Santos Jaén, y el de su esposa', comenta.

En la época colonial y en el siglo XIX, explica, se enterraba a la gente en las iglesias. ‘En Panamá, estos lugares han sido tan saqueados que muchas de estas iglesias, cuando los párrocos remodelaron sus estructuras e instalaron pisos de mosaico, destruyeron las lápidas que cubrían los suelos. En algunos sitios, las trasladaron a las paredes, pero aún en nuestra catedral se aprecian las lápidas de quienes residían en el centro de la ciudad', señala Jaén.

En el interior del país, casi todas las iglesias hicieron lo mismo, las remodelaciones movieron las piedras a las paredes. Después, añade, ‘se instaló un cementerio en ‘Panamá la Nueva', por el área donde está situada la Escuela República de México. Ese cementerio se hizo fuera de la iglesia y fue de los primeros panteones, que antecedió a los seis cementerios municipales, incluido el chino, que se instaló posteriormente, en el siglo XX', manifiesta Jaén.

La higiene motivó la evolución de los cementerios municipales. Las nuevas consideraciones se inclinaron por crear fuera de la iglesia estos sitios de descanso eterno, y luego, lejos de los cementerios urbanos, cuando se trasladaron a los cementerios de los linderos de la ciudad.

Desde hace treinta años, las criptas tomaron mayor auge, por ejemplo en la iglesia Cristo Rey o en el Santuario Nacional.

‘Enterrar el muerto es ahora menos común. Por comodidad y por falta de espacio, la gente empezó a cremar a sus difuntos. Hay varias razones, es más barato y práctico, pues se hacen los servicios funerarios en la iglesia y se evitan esas caravanas de centenares de carros para ir a un jardín de paz', dice Jaén.

NUESTRAS TRADICIONES

Hay costumbres que con el tiempo se han desvanecido, según afirma el sociólogo Espino. Cuando fallecía alguien se hacía un velorio para que los familiares y amigos cercanos se acercasen, después venía el sepelio y luego, el novenario. Esta costumbre católica española se repite por todo el continente americano. La expectativa de los tres días de la resurrección tiene sus consecuencias culturales, apunta.

‘Cada vez se debilita más el vínculo que hemos tenido con los antepasados. Esto tiene que ver con un proceso de alejamiento de los valores de nuestros ancestros, de nuestros abuelos', relata Espino y se adoptan otros.

Cuando la vida se ríe de la muerte

El Día de Muertos en México es una de las fechas más pintorescas del país y destaca entre otras fiestas del continente americano. Este año, en la Embajada de México en Panamá se elaboró un altar en honor a dos grandes que partieron este año: el arquitecto Teodoro González de León y el ídolo de la música mexicana Juan Gabriel.

A diferencia de otros países, donde el día asignado para recordar a los muertos queridos es sobrio y triste, en México se celebra la vida, que se burla de la vida con interpretaciones satíricas para pasar el trago amargo de lo inevitable.

Así lo explica la comunidad mexicana en Panamá, que aboga por un mejor entendimiento de la muerte, con la ayuda de costumbres prehispánicas que perviven a pesar de más de 500 años de aculturamiento católico y occidental.

Las costumbres son muy singulares. La celebración se inicia a finales de octubre, el 1 de noviembre es el Día de Todos los Santos, y el 2, la creencia de los mexicanos es que los difuntos bajan al altar que prepararon sus familiares y amigos frente a la tumba para disfrutar de los manjares que en vida les gustaban.

‘Los deudos acuden a las tumbas de sus familiares, que les llevan comida y música, hacen una especie de picnic al lado de la tumba y comen con ellos', cuenta Enrique Romero, de la embajada mexicana en Panamá.

El altar, describe Romero, consiste en una ofrenda cargada de costumbres prehispánicas. Una de ellas, muy característica, es un arreglo de la flor cempasúchil, planta de pétalos amarillos intensos y naranjas, característica por su olor, que impregan todos los cementerios mexicanos un día como hoy. Sus colores evocan al Sol, lugar donde, según los primeros mexicanos, son guiados los muertos. Esa flor tan especial reúne ciertas bondades medicinales que sirven para los padecimientos digestivos y respiratorios.

Otro de los elementos que no puede faltar es el copal. Un incienso que provoca un sentimiento de acercamiento con los seres queridos. Símbolos prehispánicos que se utilizaron en Mesoamérica como una ofrenda a las deidades.

‘El copal es una resina extraída del árbol de copal, o copalli en náhuatl, que significa incienso, empleada por los aztecas, que la quemaban en sus ritos para los muertos. Los mayas también utilizaban el copal con propósitos religiosos y de purificación', agrega Romero.

En el altar es imprescindible un vaso de agua, ‘para hidratar a los muertos y mitigar la sed de las almas' y sal, que purifica sus almas. También se colocan papeles picados, que representan la unión entre la vida y la muerte.

‘Luego, una cruz de cal se pinta al frente de la tumba, ésta representa los cuatro puntos cardinales y en algunos lugares señalan un camino de flores que guía el alma hacia la ofrenda. También se llevan objetos personales del difunto, o juguetes, si se trata de niños', indica Romero, encargado de prensa de la Embajada.