La Estrella de Panamá
Panamá,25º

15 de Oct de 2019

Nacional

La última oportunidad de Noriega

El dictador rechazó un acuerdo que le aseguraba un destino muy diferente y que significó que al final terminara en la cárcel

La última oportunidad de Noriega

El general Manuel Antonio Noriega trató de ocupar el papel de mediador que había jugado el general Omar Torrijos en Centroamérica. Quería proyectarse como ‘el general de la paz'. Un folleto con ese título fue prologado por el nuncio apostólico del Vaticano, monseñor Sebastián Laboa, quien jugaría un rol destacado en el futuro de Noriega.

Los gobiernos centroamericanos fueron cómplices de los propósitos del dictador. En 1986 fue condecorado por el presidente Napoleón Duarte en la casa de gobierno de El Salvador. Al año siguiente fue condecorado por el presidente de Guatemala, Vinicio Cerezo. Duarte y Cerezo eran gobernantes demócratas cristianos en momentos en que los dirigentes de ese partido eran perseguidos en Panamá.

Bajo el gobierno de Ricardo De la Espriella, Noriega había respaldado en 1983 la creación del Grupo Contadora como un mecanismo de mediación para la guerra centroamericana. Pero, al mismo tiempo, siguiendo instrucciones de Estados Unidos trató de reactivar el Consejo de Defensa Centroamericano (Condeca). Eran las permanentes contradicciones del dictador.

Mientras promovía los esfuerzos del Grupo Contadora, enviaba armas a la guerrilla colombiana y a los rebeldes antisandinistas. De la Espriella afirmó que a comienzos de 1983 el expresidente Belisario Betancur le expresó su malestar porque ‘Noriega está armando al M-19 y está metido en el narcotráfico'. En esos días habían detenido a cinco panameños integrantes de la guerrilla colombiana.

‘Muéstrese firme con Noriega, para que le coja miedo', le recomendó De la Espriella a Betancur. El mandatario colombiano logró en teoría el compromiso de que Noriega pararía el tráfico de armas. En la práctica el flujo de armas continuó.

DOBLE JUEGO DEL DICTADOR

Un año más tarde, en julio de 1984, en ocasión de la reversión a Panamá del Fuerte Gulick en el Atlántico y la llamada Escuela de las Américas, Noriega le mandó una carta al entonces presidente Jorge Illueca, que había asumido tras el derrocamiento de De la Espriella.

‘Con mismo el precedente de Río Hato, le ruego que entregue en custodia de las Fuerzas de Defensa, la Escuela de las Américas y el Fuerte Gulick', decía la nota, según recordó el excanciller Oydén Ortega.

Aseguró que por pedido del jefe del Comando Sur, general Paul Gorman, Noriega pretendía dejar funcionando la Escuela de las Américas, con un subdirector panameño. ‘La firme oposición de Illueca, lo impidió', señaló Ortega.

‘Lo que pasa es que el presidente y el canciller son muy nacionalistas', comentó Noriega a Gorman.

Más tarde Noriega diría que ‘lo que volteó a Estados Unidos en contra mía fue mi rechazo a aceptar sus condicionamientos políticos que violaban los tratados del Canal. Inicialmente quisieron mantener la Escuela de las Américas en el Fuerte Gulik. Querían una prórroga y no la acepté'.

Otro incidente que reveló el doble juego de Noriega quedó demostrado en su encuentro con el vicealmirante John Poindexter, consejero de Seguridad Nacional del presidente Ronald Reagan. La reunión se desarrolló a finales de 1985 en un salón del Aeropuerto Internacional de Tocumen.

Poindexter le pidió a Noriega que cortara sus actividades de narcotráfico, lavado de dinero y que suspendiera sus estrechas relaciones con Cuba y Nicaragua. Ante la negativa de Noriega, Poindexter reaccionó tan airado que quemó la madera de la pipa que estaba fumando.

‘En ese encuentro ni siquiera pidió el favor. Me ordenó: Panamá debe estar en contra de Nicaragua y debe salirse del Grupo Contadora. Tuvimos una fuerte discusión y cuando se fue me amenazó con que si para diciembre de 1985 el depuesto presidente Nicolás Ardito Barletta no estaba de regreso en su antigua posición y yo no ayudaba en la guerra contra los sandinistas, pagaría las consecuencias', relató Noriega ocho años después al cineasta Oliver Stone.

A su regreso a Washington, Poindexter planteó la necesidad de reemplazar a Noriega, pero sus asesores se mostraron preocupados ante la eventualidad de que su sucesor no quisiera tolerar las actividades militares estadounidenses en Panamá. Se abrió el debate de si debía conservarse a un militar corrupto y antidemocrático de un país aliado solo porque garantizaba esa alianza.

HEGEMONÍA DEL PENTÁGONO

De la Espriella afirmó que Noriega siempre estuvo bajo la hegemonía del Pentágono. Pero eso cambió con el derrocamiento de Ardito Barletta. ‘El Secretario de Estado, George Shultz, amigo de Ardito Barletta, no aceptó que lo derrocaran, agudizó las fricciones, y comenzó una especie de guerra de guerrillas contra el Pentágono', añadió.

Ese es el origen de las posteriores publicaciones de The New York Times y la cadena NBC en junio de 1986, que sirvieron de base para iniciar un proceso para enjuiciarlo por lavado de dinero y narcotráfico en tribunales de Miami y Tampa.

En repuesta, una semana después de que aparecieron los ataques en la prensa estadounidense, Noriega ordenó la detención del barco Pía Vesta, con bandera danesa, que intentaba cruzar el Canal con 100 toneladas de armas y vehículos militares en sus bodegas.

El navío había cargado ese material en el puerto de Rostock, de la antigua República Democrática Alemana. El embarque, valorado en $20 millones, había sido comprado por la CIA a contrabandistas europeos y consignado al general Adolfo Blandón, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de El Salvador. El verdadero destinatario era la guerrilla antisandinista.

Pese a esas contradicciones, el Pentágono siguió manteniendo tratos con el dictador. En septiembre de 1986, se produjo una reunión en el Hotel Victoria en Londres entre Noriega y el teniente coronel Oliver North, condenado después junto con Poindexter por el llamado escándalo Irangate.

North buscaba el apoyo de Noriega para obtener dinero y armas para la guerrilla antisandinista. Noriega propuso en la reunión realizar atentados contra la comandancia militar sandinista.

Poindexter rechazó la oferta, pero aceptó la segunda propuesta de Noriega para llevar a cabo misiones secretas de bombardeo contra objetivos estratégicos dentro de Nicaragua. De acuerdo a documentos desclasificados, en marzo de 1985, Noriega había colaborado con Estados Unidos para destruir un arsenal sandinista.

En la entrevista con Stone, Noriega rechazó esa versión. También negó que hubiera propuesto asesinar a líderes sandinistas. ‘Nunca. Jamás. Es, como decimos nosotros, ridículo. Mi punto de vista era que los sandinistas eran nuestros amigos', señaló.

NEGOCIACIONES CRUCIALES

Un día después del fracasado golpe del coronel Leónidas Macías, el 17 de marzo de 1988 –recordó Rómulo Escobar- el Comando Sur, a través del general Fred Woerner, hizo contactos con Noriega para fijar una reunión con dos enviados del Departamento de Estado.

Los embajadores Mike Kozak y William Walker llegaron con un ultimátum de Reagan. Se reunieron en las oficinas del dictador en Amador. Escobar acompañó a Noriega, quien había sido informado de la propuesta por sus contactos en el Pentágono.

‘Noriega abrió la reunión, en un ambiente de respeto, diciendo que sabía de una propuesta y pidió conocerla. Pero no había nada escrito', dijo Escobar. Los emisarios expusieron por más de una hora un plan acordado con España para que en 48 horas Noriega dejara la Comandancia de las Fuerzas de Defensa.

España estaba dispuesta a dar asilo a Noriega para ‘ayudar a instalar o a fortalecer la democracia en Panamá'. A cambio, pedía que no se solicitara a Madrid la extradición de su ‘huésped', al que Washington acusaba de estar vinculado al narcotráfico.

‘Yo no soy comandante porque heredé el puesto. No soy Videla ni Galtieri. Aquí no hay, como en Argentina Madres de Plaza de Mayo dando vueltas por la ciudad. Aquí uno asciende o se jubila por años de servicio', respondió Noriega, refutando la propuesta.

Kozak insistió en que era necesario que saliera en 48 horas para normalizar las relaciones con Washington. El objetivo era una solución política negociada, preocupados por la democracia en Panamá. Noriega debía compartir el poder con la oposición, reorganizar las Fuerzas de Defensa y cambiar el alto mando militar. No hubo acuerdo.

El arzobispo Marcos McGrath dijo que por esas fechas recibió una llamada del presidente de Costa Rica, Óscar Arias, y del jefe del gobierno español, Felipe González.

‘Me pidieron que mediara para buscar la salida de Noriega. Bajo ese compromiso, llamé a Noriega y conversamos como media hora por teléfono. Le expliqué que había un proceso negociador en marcha para que dejara la comandancia de las Fuerzas de Defensa. Noriega me dijo que estaba dispuesto a negociar', afirmó McGrath.

El dictador propuso como temario la salida de la comandancia, la conformación de un gobierno de unidad nacional y la preparación de las elecciones presidenciales de mayo de 1989. Pero insistió en que no abandonaría el país.

En el desarrollo de las negociaciones, que se prolongaron por diez semanas, McGrath habló tres veces con Noriega.

EE.UU. ENDURECE SU POSICIÓN

Escobar dijo que a finales de abril de 1988, Kozak regresó al país acompañado por un coronel de apellido Clark, que murió posteriormente en un extraño accidente de tránsito en Panamá mientras conducía un automóvil alquilado.

La posición de Estados Unidos era más dura. Noriega debía retirarse y reinstalar a Delvalle. Noriega, por su parte, pidió que levantaran los juicios, descongelaran los fondos panameños retenidos en Estados Unidos y que reconocieran al gobierno de Manuel Solís Palma.

No hubo avances. Noriega llegó varias veces a las reuniones en Amador. Normalmente las conversaciones las adelantaban Escobar, Kozak y el coronel Clark.

‘Kozak comentó que Estados Unidos estaba preocupado porque estaba perdiendo imagen ante el mundo y que el presidente Reagan quería llegar a un acuerdo antes de dejar la presidencia en enero de 1989', afirmó Escobar.

Recordó como anécdota que para ayudar a Panamá a comenzar a recibir dinero de los casi $400 millones retenidos en Estados Unidos, Colombia, a través del Banco Cafetero, se había comprometido a prestar $120 millones a Panamá, que serían devueltos al descongelarse los fondos.

Las gestiones, según Escobar, las realizó Guillermo Saint Malo (tío de la actual vicepresidenta y canciller, Isabel Saint Malo), quien era representante en Panamá del banco colombiano, y amigo íntimo de Noriega.

‘El Departamento de Estado filtró la información a La Voz de Estados Unidos de América, que habló de dólares del narcotráfico', contó Escobar.

El 24 de mayo de 1988, se alcanzó un acuerdo de tres páginas. Se levantaban los procesos judiciales en Miami y Tampa con la garantía de que no se abrían nuevos, se descongelaban los fondos retenidos, se reconocía a Solís Palma para que formara un gobierno de unidad nacional y se organizarían las elecciones de mayo de 1989.

Noriega anunciaría su retiro el 12 de agosto, se jubilaría todo el Estado Mayor y se reformaría la Ley 20 que había creado las Fuerzas de Defensa, estableciendo que el comandante no permanecería más de cinco años en el puesto.

VATICANO COMO GARANTE

El Vaticano sería el garante de los acuerdos. Laboa, el nuncio apostólico, estaba al tanto de las negociaciones.

En esos días Reagan tenía programado un viaje a Moscú, con escala en Helsinki, para reunirse con el presidente soviético Mijail Gorvachov y dejó a Shultz en Washington monitoreando el avance de las negociaciones con Noriega.

Reagan estaba decidido a asumir la responsabilidad política y explicaría al pueblo estadounidense las razones por las cuales se había llegado a un acuerdo con Noriega. Simultáneamente, en Panamá, el dictador anunciaría los compromisos alcanzados e instruiría a Solís Palma para formar un gobierno de unidad nacional y un gabinete con miembros de la oposición y del oficialismo.

Carlos Ozores, el último vicepresidente de Noriega, dijo que el acuerdo contemplaba un aporte de $450 millones para el ensanche del Corte Culebra. Cada paso de la negociación había recibido el visto bueno de Noriega.

Tras leer los términos del acuerdo y antes de firmarlo, Noriega pidió tiempo para informar a Solís Palma y al Estado Mayor.

Solís Palma relató que se reunió con Noriega en el Palacio de las Garzas y, tras conocer los pormenores del acuerdo, lo despidió deseándole suerte. El excanciller Gabriel Lewis dijo que del Palacio de las Garzas, Noriega se trasladó a la residencia de David y Norma Amado, donde también lo esperaba Vicky, la amante oficial del dictador, y sus hermanas. La familia Amado se mostró reacia al acuerdo. No le convenía que Noriega se fuera al exilio con su esposa Felicidad y sus hijas.

Alrededor de las cuatro de la madrugada, llegó a su casa en Altos del Golf, donde lo esperaba el Estado Mayor. ‘¿Cómo va a aceptar ese acuerdo, general? ¿Qué será de nosotros?', fue el resumen de la conversación.

Rori González aseguró que el problema no eran los coroneles, sino la idolatría que Noriega había cultivado hacia su figura.

Horas después, Noriega llamó a Escobar para informarle que no podía aceptar lo acordado. ‘Noriega nunca fue sincero. Estaba solo comprando tiempo', comentó después Kozak, quien había consumido más de 50 horas en conversaciones directas con el dictador.

Después de despedirse de Kozak, que se mostró molesto y contrariado, Escobar se reunió con Noriega. ‘General, usted perdió la mejor oportunidad para una salida honrosa y digna', le dijo al dictador. Escobar aseguró que Noriega ‘pareció visiblemente conmovido'.