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14 de Dec de 2019

Nacional

Panamá, el rostro de una ciudad cambiante

A primera vista es una ciudad que deslumbra, que sorprende. A medida que la recorremos pierde algo de su encanto, así como se descubre las cicatrices de la cirugía estética de aquella persona que se resiste a su envejecimiento

Panamá, el rostro de una ciudad cambianteAriel Cartechini

Desde el asiento F en la cabina del avión noto la increíble imagen aérea del skyline de la ciudad de Panamá. Hace más de 20 años que este espectáculo no deja de sorprenderme y por eso elijo siempre un asiento F.

Una ciudad de grandes contrastes con una población de 1,545,114 almas, según el último censo de 2010, que dan vida a esta área metropolitana.

Es una tarde con pocas nubes y gran luminosidad. Ya sobrevolamos isla Taboga, cientos de barcos sobre las traslúcidas aguas azules del océano Pacífico esperan cruzar el Canal. El giro habitual a 90 grados en dirección a la pista de aterrizaje. Quedan todavía unos cinco minutos de recorrido. A la izquierda se divisan algunos hitos de la ciudad: El Puente de Las Américas sobre la desembocadura del Canal, el Museo de la Biodiversidad del arquitecto Gehry en el Causeway, el Casco Antiguo rodeado por la cinta costera 3 y de fondo, el cerro Ancón, el edificio azul de la Lotería Nacional de Beneficencia, uno de los pocos edificios institucionales fácilmente identificables desde el aire.

Panamá, el rostro de una ciudad cambianteAriel Cartechini

La ciudad es dinámica. Crece en altura en aquellos barrios céntricos con nuevos usos sobresaturados de actividad comercial y servicios. En la avenida Balboa se demuelen edificios de pocos niveles para que broten gigantescas torres de más de cincuenta pisos brillantes, traslúcidos y de apariencia perfecta que disfrutan mirar el mar. Aquella concentración de edificios altos que intentan tocar el cielo dan identidad a Paitilla y Punta Pacífica. Unas torres más dispersas se elevan detrás del centro de convenciones Atlapa en San Francisco y Coco del Mar. El avión empieza a moverse, va paralelo al Corredor Sur frente a la torre de Panamá La Vieja rodeada por una nuestra de manglar que sobrevivió a la depredación urbana. No tuvieron la misma suerte los manglares en los jóvenes emprendimientos vecinos de Costa del Este y Santa María.

Ya de cerca, el piloto acelera un poco y desciende para tocar el suelo de esta ciudad de contrastes que te recibe en el aeropuerto de Tocumen con la ampliación futurista diseñada por el arquitecto Norman Foster.

En los años 90, el canto ensordecedor de los talingos, el griterío de los taxistas en busca de pasajeros y el ruido de las 4x4 con música caribeña de fondo, eran una característica sonora de bienvenida. Hoy en 2019 hasta el sonido tiene características de ciudad global y falta de identidad.

A primera vista es una ciudad que deslumbra, que sorprende. A medida que la recorremos se pierde algo del encanto. Como se pierde al descubrir las cicatrices de la cirugía estética de aquella persona que se resiste a su envejecimiento.

Panamá se renueva constantemente, no quiere mostrar sus arrugas, su historia, hace lo posible para verse joven, actual, maquillada, sonriente, ocultando las debilidades que la hacen menos humana.

El nuevo rostro de Panamá que se viene cincelando desde la entrega del Canal a la gestión panameña en 2000 responde básicamente a las dinámicas del mercado y la adopción modelos importados de tipologías de viviendas que modifican la estructura social y urbana.

La consolidación de la red de autopistas y la creación de nuevas centralidades suburbanas favorecen la aparición de barrios destinados a viviendas unifamiliares, algunos amurallados con buen acceso en entornos verdes y otros de interés social con difícil acceso y menos servicios. Ambos muy dependientes del automóvil y del transporte público formal e informal.

El acceso a créditos para la compra de viviendas financiadas a 30 años a tasas subsidiadas y para compra de automóviles a siete años de financiación han contribuido al desplazamiento de la frontera urbana.

Arraiján es un ejemplo. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censo, la población de Arraiján pasó de 61,619 habitantes en 1990 a 219,350 en 2010. La cantidad de viviendas en el mismo periodo se modificó de 14,095 a 57,158 unidades, donde el 28.86% es con hipoteca.

Por la escasez de tierra urbana con buena ubicación y todos los servicios, aparece una tipología de vivienda en altura de alta densidad optimizando al máximo el valor del suelo. Se caracterizan por incluir área social, piscina, gym, coworking y gran cantidad de metros cuadrados destinados a los parkings. Se recomienda el acceso con carro, ya que en general el peatón no siempre está considerado. Las torres de oficinas y hoteles cinco estrellas con casinos y áreas de entretenimiento se materializan con diseños acristalados, exóticos y con buena ubicación dentro de la ciudad.

Esta nueva forma de hacer ciudad es indiferente a la historia de sus vecinos. Los barrios de Bella Vista y Obarrio hacen todos los esfuerzos por conservar las casas bajas con muros de piedras, tejas coloniales originales y árboles añosos.

Paitilla y Punta Pacífica buscan la mayor altura para asegurar las mejores vistas de la bahía. San Francisco, Altos del Golf intentando conservar su identidad de casas californianas de buen diseño pero amenazadas por la presión del mercado urbano. Otros lugares en constante transformación donde se desarrollan estos emprendimientos son Carrasquilla, Condado del Rey, Parque Lefevre. También en Tumba Muerto, Transístmica y avenida Balboa.

Entre los años 2011 y 2016, según datos de Capac referidos a los permisos de construcción, se realizaron inversiones de $4,024,739,608, destinadas a viviendas; $3,583,983,149, a obra pública, principalmente a la construcción de la línea 2 del metro; y $2,964,817,609, a emprendimientos comerciales. El corregimiento con mayor inversión en el mismo período es Juan Díaz, con $1,433,528,681. Le siguen Bella Vista, San Francisco, Pedregal, con Parque Lefevre, Tocumen y Ancón.

La valorización de los edificios de interés patrimonial en el Casco Antiguo con una arquitectura restaurada va desplazando a la población local que le dio su identidad, ahora habitada principalmente por extranjeros con alto poder adquisitivo. En los años 60, el 40% de la población metropolitana ocupaba este espacio de la ciudad; hoy, sólo el 10%.

El mejoramiento del sistema de transporte público de pasajeros con la creación de la terminal multimodal de Albrook, los Metrobús y las líneas 1 y 2 del Metro redujeron los costos y tiempos de viajes. Antes solo existían los “diablos rojos” y taxis.

Es una tarde con cielo despejado, son las seis. El guardia de seguridad deja su vestimenta para convertirse en un ciudadano de a pie. También deja su garita de un metro cuadrado que lo contuvo por 12 horas. Entre la torre de vivienda de 50 pisos que custodia y esqueletos de edificios en construcción se ven los aviones que llegan de manera sincronizada en dirección a Paitilla. Nunca viajó en avión, pero le gustaría observar la ciudad desde lo alto. Su realidad es otra. Ya cruzó el portón automático. Camina por las veredas angostas, desniveladas y llena de obstáculos de calle 56. Cruza por debajo del espacio sin vida del viaducto Balboa. A esa hora siempre hay muchos carros. Llega a calle 50, para observar los acristalados hitos urbanos: el “tornillo” y Soho Mall. Es uno de los habitantes que se desplaza desde el centro a las nuevas barriadas dormitorio de casas en serie ubicadas en la periferia de la ciudad. En la estación Vía Argentina toma el metro hasta San Isidro, la última estación. No tiene carro, con su salario y el de su pareja sólo pueden pagar la letra de la casa. Son casi las siete. Todavía queda un tramo hasta La Cabima donde vive. El sol ya no brilla y tampoco los materiales de las construcciones. Su refugio, una vivienda de 64 m². Al amanecer, como a las cuatro, se prepara para un nuevo día.