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02 de Mar de 2021

Política

Crónica desde el frente: represión, caos y muerte

Tras casi seis horas de represión policial en la provincia de Chiriquí, al final de la jornada de ayer y de manera extraoficial la Coor...

Tras casi seis horas de represión policial en la provincia de Chiriquí, al final de la jornada de ayer y de manera extraoficial la Coordinadora dio a conocer las cifras que hasta entonces había dejado el horror: un muerto, 39 detenidos y 55 desaparecidos, aunque la dirigencia no descartó que la cifra aumentará.

Eran las 5 de la mañana y más de 100 indígenas, como todos los días desde hace siete, esperaban la salida del sol en el cruce de Boca del Monte y Horconcitos. Una hora después, cuando todavía se preguntaban en qué momento se desataría la furia de las más de 800 unidades antimotines y los refuerzos del Servicio Nacional de Fronteras (Senafront), vieron cómo la policía custodiaba a turistas desde la región de Horconcitos hasta un lugar seguro, para que pudieran transportarse a la ciudad de David.

Entonces llegó lo que temían desde el lunes pasado, cuando miembros de la comunidad Ngäbe Buglé cerraron la vía Interamericana para exigir al gobierno que prohíba la minería y la hidroeléctricas y que cumplan con el pacto firmado y sellado que quedó plasmado en el anteproyecto de ley 415, consensuado entre ambas partes.

El ruido de sirenas los puso en posición de alerta. Las unidades antimotines irrumpieron con bombas lacrimógenas y perdigones. El primer punto de enfrentamiento fue Horconcitos. Los indígenas se dispersaron a la orilla de la carretera y se apostaron en los alrededores de la llanura con piedras, palos y biombos.

Era el inicio de un nuevo día negro para la historia del país. Uno que les recuerda la tortura a la que fueron sometidos un año atrás. Pero esta vez lo superó.

HORROR EN SAN FELIX

Cuando pensaron que no podía ser peor, pasadas las seis de la mañana las unidades de Senafront y la Policía Nacional entraron a San Felix -centro de mayor concentración indígena-, contrariando el compromiso del ministro de Seguridad José Raúl Mulino, que había anunciado a los medios que no ingresarían al lugar.

Algunos hombres con los rostros cubiertos con camisas y suéteres para resguardarse de los incesantes gases, defendían a las madres y niños que corrían fuera de la localidad con lo que podían, con lo poco que tenían. Los perros no debajan de ladrar ni la gente de abandonar las calles. El ruido de los disparos de los perdigones se mezcla con el sobrevuelo de los helicópteros y las sirenas de las ambulancias.

Hubo gritos, heridas, sangre. Un muerto: Jerónimo Rodríguez Tugrí. Tal vez más, alguno de los desaparecidos que los familiares hasta anoche no lograban ubicar porque el Hospital de David, donde trasladaron a los enfermos de gravedad, estaba sellado por la policía. Era otra zona de guerra.

Los indígenas ya estaban preparados para el combate. Ante la falta de comunicación móvil acordaron comunicarse a través de fuegos artificales, desde la noche anterior. Con el despliegue de juegos pirotécnicos se advirtió el inicio de una batalla que superó sus pronósticos.

Les pegaron duro. La represión fue cruel. Ellos, como anticiparon, resistieron aún con los ojos hinchados y el cuerpo ensangrentado: ‘¡Martinelli no nos vas a vencer, vas a tener que sacarnos en ataúd!’, replicaban.

La policía respondió con mano dura y gestos obscenos.

EL RUEGO DE LAS MUJERES

Sin luz eléctrica y con el servicio de telefonía móvil suspendido, a las once de la mañana los uniformados se acercaron a los alrededores del hospital en San Félix, donde comenzaban a llegar heridos, con desgarros y diferentes partes del cuerpo cortadas.

La gente corría despavorida y los niños de las ngäbes se aferraban a las enaguas de sus madres llorando. Una, con su hijo de meses alzado, suplicaba : ¡Ya basta! ‘¡Una invasión Dios mío ten clemencia!’, gritaba afuera una de su casa una señora mayor de 60 años.

Intentaban refugiarse pero el humo de los gases los hacia tambalear. Los locales comerciales cerraron. San Félix quedó convertido en un pueblo fantasma. Durante los disturbios nadie podía entrar ni salir del lugar.

Una maestra, visiblemente nerviosa, contó a La Estrella: ‘Cuando vimos a los antimotines entrar a las casas tomamos a los niños, fuimos hacia la quebrada y nos tiramos cerca de la rivera. Aquí hay varios heridos, niños, jóvenes y adultos que han sido afectados por los gases lacrimógenos. El hospital de San Félix no da a basto. Por favor, que las autoridades paren’.

La policía tiraba con todo. Los ngäbe resistían, como lo habían advertido: ‘Vamos a luchar, hasta la muerte’. Respondieron con la toma del cuartel de San Félix, con querosene. Las pocas unidades que había en el sector corrían despavoridos.

La misa en la iglesia fue suspendida, ante la presencia de las unidades antidisturbios en San Félix.

HERIDOS Y MÁS CORTES

Agustín Andrade denunció ayer que unidades antimotines de la Policía Nacional ingresaron a su vivienda en La Mata de San Félix y secuestraron a su nieto Abimelec, de 15 años, y a su hijo Hugo, de 24 años. Fue en la puerta de su casa, cuando los antimotines entraron a llevárselos.

Buscó por todas partes y nada. En el hospital de David, franqueado por la policía, no pudo saber si ellos estaban ahí. Sí que durante todo el día no pararon de llegar una gran cantidad de heridos. Nadie pudo burlar la valla: los familiares piensan que quieren ocultar los muertos.

Al adentrarse la tarde cortaron el agua en San Félix. Hay más de siete vehículos articulados de la Policía Nacional en el cruce que está vacío, sin indígenas y con el camino está abierto.

En horas del cierre, los indígenas exigían tregua: negociar con el gobierno a cambio del retiro de la policía del área de conflicto, no más persucución a los manifestantes ni a la Coordinadora Cacique, liberar a los detenidos, atención urgente a los heridos, apoyo a los familiares de Jerónimo Rodríguez, reestablecer el sistema de comunicaciones y que la iglesia garanticen el diálogo. El día cerro con un silencio pesado, como esos que suceden a las catástrofes.