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31 de Mar de 2020

Política

Los gunas del área Bayano y el desarrollo nacional

En 1974, el general Torrijos y el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Ortiz Mena, llegaron a la comunidad de Ikandi o Agu...

En 1974, el general Torrijos y el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Ortiz Mena, llegaron a la comunidad de Ikandi o Aguas Claras, a orillas del río Bayano, ahora bajo las aguas del lago, para una reunión con los gunas (antes llamados kunas) de la reserva indígena en esta región. La reunión fue anunciada y el escenario preparado con anticipación. El espacio de la comunidad despejado para el aterrizaje del helicóptero del general. Los demás funcionarios, llegaron por el río.

Los gunas llegaron de varias comunidades, algunas cercanas, otras más distantes: Pintupo, Majé, Ipeti, Sardewila, Piria y Cañazas. Las dos últimas, ubicadas en la cabecera del Bayano, no serían afectadas por el traslado.

Los gunas, diplomáticos y respetuosos, recibieron al general con cordialidad, y le brindaron una hamaca en la onmaged nega o casa de reunión de la comunidad. Esta es para los gunas un sitio religioso, como político y social. No a cualquiera se le concede ese derecho. El general explicó los objetivos de su gobierno, de necesidad del país para construir la hidroeléctrica, y si bien les pedía disculpas por los efectos que eso tendría en sus vidas, él tomaría todas las medidas necesarias para compensar las pérdidas. Traería tractores para despejar terrenos, aportaría nuevas técnicas para la agricultura y mejorar sus casas. Los gunas, atentos, escucharon, mediante un traductor guna. El general llegó a afirmar que si no cumplía, los gunas podían colgarlo del árbol más alto del Bayano, que en esta zona sería un cuipo.

PALABRAS DE LA MUJER NELE

Cuando terminó, una mujer se le acercó y, entre otras cosas, le dijo en guna: ‘tú no eres Dios para prometer tantas cosas’, y luego le habló de la historia de la comunidad, de sus derechos para estar ahí, de los daños que causaría a la comunidad la hidroeléctrica. La mujer era nelegua, o mujer nele, especialista en establecer contacto con los espíritus y adivinar el futuro. Durante meses había anunciado que la obra se derrumbaría y se destruiría. El anuncio creó la esperanza de que no era necesario el traslado. En esta ocasión, fue enfática en que a los gunas se le debía dejar tranquilos donde estaban.

Los otros líderes gunas también hablaron en tono de reclamo y exigiendo derechos. No creían en las promesas del general, por mucho poder que tuviera. Pero igual, fueron conscientes de su poder político y militar. No lo desafiaron y condescendieron en esperar.

Posteriormente, Torrijos, impresionado por la actitud de la mujer guna, relataba esto como una anécdota que en parte describía su respeto, tal vez su sorpresa, pero también como propaganda a su gobierno democrático.

DECLARACIÓN DE FARALLÓN

Años después se realizó la famosa Declaración de Farallón, con la participación del general Torrijos en la que reafirmó las promesas incumplidas, entre ellas la de la recuperación de la Reserva perdida. El general murió en 1981 y los gunas debieron esperar hasta 1996, cuando se creó la comarca de Madumgandi por ley.

El mal estaba hecho. Después de 1976, cuando se cerraron las compuertas de la presa, momento en el que el General se metió al agua como en un acto simbólico de futuro, ocurrieron muchas cosas y muchos acuerdos se violaron, incluyendo la normativa de seguridad para la cuenca, de no permitir más colonización, después del traslado del 80 por ciento de los colonos santeños residentes en el área. La ganadería extensiva, considerada un peligro para la cuenca, prosperó.

Santeños y herreranos reocuparon las tierras, por ser ‘nacionales’ y ‘baldías’, es decir, ‘ociosas’; recibieron el apoyo de los militares que habían reemplazado a los civiles al mando de la Corporación Bayano. Actuaban como grupo de presión con el que los militares tenían sintonía política desde la perspectiva de la propuesta de la conquista del Atlántico o conquista de la selva. Así, entre 1978, cuando se produce la famosa resolución Wacuco del MIDA, de abrir el Este de Panamá a la colonización, hasta fines de la década de 1990, la población de la cuenca alta del Bayano aumentó a más de 15,000 personas, cuadruplicando su número original, conformada principalmente por nuevos y viejos colonos.

ACAPARAMIENTO DE TIERRAS

En vez de las cincuenta hectáreas establecidas por la resolución, algunos productores han acaparado gran cantidad de tierras mediante prestanombres. La competencia por más tierra redujo las oportunidades de los últimos en llegar, quienes debieron conformarse con vivir a orillas de la carretera en construcción o invadir las tierras gunas, instigados por sus paisanos y los prejuicios culturales. Los emberá, a quienes la Corporación Bayano reubicó sin garantía legal en tierras cercanas a orillas de la carretera en Ipetí y Piriatí, pero sin definirlas legalmente, fueron testigos de esta expoliación de sus tierras; además, sintieron la desaparición de un hábitat del que dependían culturalmente y la presión sobre sus tierras hasta perder pedazos aquí y pedazos allá, frente a la indiferencia cómplice del poder político. Los gunas, aún dentro de sus tierras, sufrieron presión semejante al norte de la carretera. No hubo ningún ente regulador de esta fase de expoliación caótica en el que los perdedores fueron los indígenas y el país. Todos los gobiernos anteriores y el actual miraron y miran a otra parte mientras se producen estas invasiones y sólo intervienen cuando surgen enfrentamientos graves.

LA REACCIÓN DE LOS GUNAS

Los gunas reaccionaron con cierre de carretera y secuestro de autoridades, entre otros, el gobernador de la provincia y un director de la entonces Inrenare. Desde el General Paredes hasta el Vicepresidente Arias Calderón, y aun después, los gunas han escuchado el discurso de la tolerancia y el reconocimiento de los hechos cumplidos. ‘...Hay que aprender a convivir’. Para muchos políticos, estos procesos son efectos colaterales del desarrollo nacional. Esta concepción es la causa de los cierres de carreteras actuales.

Para el Estado los colonos cumplen la doble función de civilizar la selva e integrar a los indígenas. Los emberá han aceptado con reticencia esta orientación, conscientes de su vulnerabilidad y sus dificultades para lidiar con estas fuerzas, desde perder fragmentos de sus tierras y hasta su lengua, como fórmula para ‘integrarse’. Los gunas, aún reconociendo su debilidad demográfica, son conscientes de derechos históricos, vigentes en su memoria, y reclaman el derecho a mantener su cultura a como de lugar. Si cambian, será bajo su propia elección y no por inducción. Esa fue la lección de 1925 en Guna Yala.

HISTORIADOR