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17 de Apr de 2021

Política

Panameñísima Reina Negra, una mirada retrospectiva

Han transcurrido treinta y siete años desde que Lilian Miller, para entonces una joven estudiante de Psicología de la Universidad de Pan...

Han transcurrido treinta y siete años desde que Lilian Miller, para entonces una joven estudiante de Psicología de la Universidad de Panamá, fue escogida como la primera Panameñísima Reina Negra, una propuesta sociocultural que por más de dos décadas se postuló como un referente de la cultura de los afrodescendientes en el país del Canal.

Aunado al espíritu festivo y el jolgorio propios del carnaval, la fiesta más popular de Panamá, entre 1977 y 2005 la Panameñísima Reina Negra animó la incorporación a dichas festividades de distintos aspectos de las tradiciones de los negros traídos a las Américas. ¿Y cómo se inició todo aquello?

ANTECEDENTES

La Panameñísima Reina Negra tuvo como antecedente inmediato a la Reina Soul, una iniciativa de participación grupal en las festividades carnestolendas, impulsada por panameños y panameñas, activistas sociales residentes, fundamentalmente, en las llamadas ‘comunidades latinoamericanas’ de la antigua Zona del Canal, a saber: Pedro Miguel, Paraíso y Gamboa.

La Reina Soul nació en 1970 como una de las diversas acciones de contestación social de ese sector de ciudadanos panameños que vivían muy de cerca el entonces existente sofisticado sistema de segregación Zonian, por un lado; y los prejuicios raciales expresados en la sociedad panameña, por el otro. Oportuno es señalar que si bien es cierto que aquellos siempre estuvieron difundidos por todo el tejido social panameño, adquirieron un grado y matiz particulares frente a los panameños residentes en la franja canalera, por cuanto no solo se les miraba con las reservas propias de una visión sesgada, sino que además siempre fueron tenidos como antinacionales identificados con los intereses norteamericanos en el enclave.

En contradicción, apenas aparente, con lo antes señalado, la Reina Soul apareció como una expresión de protesta en contra del andamiaje colonial erigido en la antigua Zona del Canal, desde los días del Gold y el Silver Roll, que si bien fue deshecho formalmente en la década de 1950, algunos de sus remanentes aún pervivían dos décadas después. Para los panameños que vivían en el área canalera, una de las muestras palmarias de esa situación lo era la división ‘geográfica’ local; la distinción entre comunidades latinoamericanas para los nacionales de Panamá y ‘la Zona’, para los norteamericanos.

En cuanto a la sociedad panameña, propiamente tal, la Reina Soul era una respuesta, en parte, a los prejuicios raciales manifiestos a lo largo de nuestra vida republicana, a través de la exclusión de los afropanameños, particularmente de aquellos descendientes de inmigrantes del Caribe, y al insuficiente reconocimiento de sus valores culturales como parte sustantiva del bagaje cultural que integra nuestra nacionalidad.

PROYECTANDO LA NEGRITUD Y SENTIDO DE IDENTIDAD

Al mirar detenidamente el curso que siguió la Soul Queen, como también se la conoció, baste recordar que esa reina y los organizadores del proyecto lucieron con sobrecogedor orgullo sus abundantes cabellos ensortijados (afro), hermosas trenzas y togas africanas (dashikis). También destacaron la belleza de la mujer negra panameña, un hecho que no dejaba de tener sentido (y mucho) en un medio como el nuestro, en donde los estereotipos de traza eurocéntricas exhiben su predominio. Resaltar ‘lo negro’ como bello, fue para los impulsores de Miss Soul, apelativo en inglés ampliamente empleado por los afroantillanos para referirse a la soberana, una reivindicación necesaria.

Con el tiempo, la calurosa acogida que le brindó la población afroantillana, en primer término, y posteriormente otros sectores sociales del país a la Reina Soul, habría de confirmar que, en efecto, era importante que se proyectase la negritud como merecedora de positivas calificaciones de órdenes estéticos, al igual que cualesquiera otros rasgos étnicos. Pero quizás más importante aún fue el hecho de que esa reina contribuyó a reafirmar en el afroantillano un sentido de su identidad como tal. Su rol tonificante rebasó el marco de los carnavales para trascender a un plano social más general, atendiendo necesidades y expectativas muy propias de un sector de la sociedad panameña. Esto quedaría más claro con la propuesta sociocultural de la Panameñísima Reina Negra, años después.

DE REINA SOUL A LA PANAMEÑÍSIMA

A partir del año 1977, la Panameñísima Reina Negra recogió ese sentido contestatario; de dignidad y autoafirmación que enarboló su predecesora, pero imprimiéndole a la propuesta una dimensión popular-nacional al incorporar a su radio de acción y representatividad a un espectro más amplio de la población panameña de ascendencia africana, valga decir, negros de aculturación hispánica y mestizos.

La Panameñísima también amplió el contenido y sentido de impulsar una Reina Negra en nuestro medio, de manera que no se quedara en la mera protesta y denuncia, sino que al mismo tiempo aportara a la construcción de ‘lo nacional’ en la medida que, a través de ella, la nación pudiera mirarse a sí misma, asimilar y digerir su propia realidad es decir la heterogeneidad de su conformación y, en ese proceso, entender que aún con su multiplicidad étnica la nación panameña es la suma de sus partes, y que existe la necesidad de desterrar todas las concepciones y prácticas que conduzcan a la exclusión de algunos panameños de ese todo que se denomina la nacionalidad.

Desde ese punto de vista, la Panameñísima Reina Negra constituyó una búsqueda de unidad en la diversidad que ella misma expresaba. Fue un aporte al proceso de construcción de la identidad panameña. Si hemos de insistir en ese particular es porque, a pesar de ser un hecho irrefutable, el que nuestro país está conformado por una variedad de migraciones de temprana data, no obstante ello, en distintos momentos de nuestra historia se ha intentado negar su carácter multiétnico y multirracial. Ha sido este el caso de indígenas, negros y otras etnias que se han visto obligadas a insistir, por diversos medios, en su reconocimiento como parte de la nación. Precisamente fue esa una de las tareas que intentó cumplir la Panameñísima Reina Negra, ser un instrumento, un vehículo, otro medio, entre tantos empleados a través del tiempo, para lograr un mayor espacio para el panameño de piel oscura en nuestra sociedad.

Sobre esas casi tres décadas habría mucho más que decir. Pero esa fue, en parte, la andadura de la Reina Negra, una puesta en escena durante las fiestas de carnaval que contó con la colaboración de un entusiasta grupo de panameños. Me vienen a la memoria algunos nombres: El profesor Gerardo Maloney, director artístico y cultural del proyecto; Luisa Noville, coordinación y preparación de las candidatas; Vielka Chú, coreógrafa; Emilio Torres y Luis Aguilar Ponce, diseños y confección de carros alegóricos; Erna Espinosa, John Evans, Inés Sealy, Melvin Brown, Eunice Greaves, Víctor Dixon, Dilsa Smikle, Ernesto Anderson; Tanisha Drummond; Clarence George, Sonia Brown; Antonio y Claudette Miller; Elba McLean, y la doctora Enitza George, todos, orgullosamente afrodescendientes.

Hoy, no hay duda. Los ritmos afrocaribeños, la danza de cepa tribal, los atuendos multicolor, la belleza de ébano inolcultable, la africanía presente en el carro alegórico en que se paseaban las Reinas Negras, todo, pero absolutamente todo ello era la reafirmación de la presencia en nuestro medio de una cultura ancestral que se hizo parte de la cultura panameña, hace más de 500 años.

DOCENTE UNIVERSITARIO