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11 de Jul de 2020

Política

Frente al virus del egoísmo, contagios de solidaridad

Esta pandemia solo podrá combatirse con un gigantesco esfuerzo de acción colectiva, de cooperación entre todos los sectores de una sociedad que antes de la emergencia sanitaria estaba atrincherada

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Las sociedades del pasado han sentido temor ante otras pandemias. Cuando se desata el miedo, aflora también la parte más egoísta del ser humano, porque el miedo perturba el cerebro. Esa es una de las razones para explicar el incremento en las ventas de armas en Estados Unidos a medida que se expande la pandemia del Covid-19.

“Debemos metabolizar el miedo para convertirlo en algo positivo”, editorializó en días pasados el madrileño ABC. Toda adversidad puede conspirar y abrir paso a la posibilidad del bien. Solo hay que descubrir el camino hacia la bondad en medio de las embestidas de las desgracias.

El impactante trauma global que afronta en estos días la humanidad llama a reflexionar en la vulnerabilidad del ser humano. No hay rincón del mundo que esté a salvo de este nuevo coronavirus, convertido en una amenaza para la salud planetaria. Arremete en momentos de gran fragmentación social. Un nocivo individualismo se exacerba con la incertidumbre, la ansiedad, el confinamiento y las restricciones a la movilidad.

Ahora, para protegerse y cuidarse a sí mismo, hay que proteger y cuidar a los demás. Hacer surgir una nueva forma de vivir con mayor conciencia del efecto de cada uno de los actos individuales en el gran esfuerzo colectivo para frenar la expansión del virus y derrotarlo. El silencioso terremoto sanitario del coronavirus, cuyo grado en la escala Richter aún está por determinarse, debería derrumbar el egoísmo intrínseco en el ser humano y dejar en pie la solidaridad.

De que la solidaridad es más fuerte que el egoísmo, dan cuenta los profesionales de la salud que se juegan la vida, por la vida de los demás. Sentirse parte de un tejido social con necesidades y sueños comunes, es lo que humaniza a los seres humanos. En estos días en que lo global y lo nacional han traspasado la esfera individual, hay millones de héroes anónimos que han logrado no deshumanizarse.

El coronavirus ha devuelto más humanidad, contradiciendo la neoreligión del transhumanismo que endiosa la biotecnología y la inteligencia artificial. La tecnología no puede programar a la humanidad para el bien y la solidaridad. Esos son valores consustanciales con la naturaleza humana.

Ante el contagio exponencial del enemigo invisible, venido de China, que no perdona vidas, una obligada cura de humildad es lo que permitirá recuperar el sentido de humanidad que hermana a todo ser dotado de razón y de conciencia.

La historia atestigua que todas las enfermedades infecciosas masivas han influido en los vínculos humanos. Al percibir una relación más cercana con la muerte, se aviva también la dimensión espiritual del individuo y se atizan las prioridades morales que abren posibilidades de actuar en forma colectiva. Las epidemias muestran quién es realmente el ser humano, sus luces y sombras, y son capaces de moldear las sociedades. Esa dimensión espiritual disipa las tinieblas para adentrarse en un camino de claridades.

Esta pandemia solo podrá combatirse con un gigantesco esfuerzo de acción colectiva, de cooperación entre todos los sectores de una sociedad que antes de la emergencia sanitaria estaba atrincherada, escondida detrás de las redes sociales, como francotiradores para denigrar al que pensaba diferente.

La solidaridad debe convertirse en un valor en alza entre los panameños para superar la pasada etapa marcada por desencuentros, exclusión y egoísmo. Panamá debe salir renovado, transformado y fortalecido moralmente de este largo confinamiento. Las grandes desgracias muestran las miserias humanas, pero también sus grandezas.

Una revalorización de la conciencia social, debe sobrevolar el cielo panameño. Un compromiso con el bienestar colectivo, es lo que salvará al país de esta pandemia que ha golpeado en forma brusca e inesperada a sus habitantes.

El desafió sanitario solo podrá superarse con la cooperación de todos. Eso demanda poner en juego la bondad humana, la empatía y la solidaridad, porque la crisis se ensañará con mayor crudeza en aquellos que nada tienen, que están desamparados ante la enfermedad y la pobreza. El alto porcentaje de la fuerza laboral que si no trabaja, no come, pagará el precio del coronavirus. Ante esa situación toda teoría económica pasa a segundo plano.

Los panameños están llamados a dar ejemplo en tiempos excepcionales. Debe activarse la fibra invisible que los une para escribir juntos una biografía diferente con una lista de renovados valores existenciales.

La fraternidad es la más olvidada de los postulados democráticos con los que Maximilien de Robespierre inmortalizó la revolución francesa. Se proclaman con mayor fuerza la libertad y la igualdad. “De la fraternidad no se come, pero se puede construir una comunidad política”, escribió días atrás Enric Juliana, en el catalán La Vanguardia. La fraternidad gana valor en momentos críticos como los actuales y es añorada cuando palidece. La fraternidad también ayudará a derrotar al coronavirus.

Periodista