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29 de Feb de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

La pelea es peleando

¡Claro! La pelea es peleando; pero antes la pelea no iba más allá de un cruce de palabras o de unos cuantos golpes, moretones y rasguños...

¡Claro! La pelea es peleando; pero antes la pelea no iba más allá de un cruce de palabras o de unos cuantos golpes, moretones y rasguños. Hoy, en cambio, se sacan a relucir armas de fuego, machetes o cuchillos. Antes se enfrentaban los quejosos como rivales, simples querellantes; ahora prevalece el lenguaje de la balas; el otro no es rival sino enemigo.

Mi generación vivió, si no feliz, por lo menos cómoda en el antes, pero vive angustiada en el ahora. En efecto, la gente anda en las calles y oficinas, en la plaza o el vecindario como perros rabiosos o fieras heridas. Si acaso se duerme, hay que hacerlo con un ojo abierto y otro cerrado, aun entre barrotes y sensores de alarma. La muerte ronda por doquiera: viste de montuno o de pollera; más bien carece de identidad; anda con tatuaje, sin tatuaje; con aretes; con cédula, sin cédula. Es como si un cuerpo amorfo se hubiera apoderado de la población, por lo que cunde el pánico, la zozobra y la impotencia. Lo trágico es que hay instituciones de seguridad con estrategias que dicen responder a las exigencias de la sociedad moderna. Hay leyes que otros países envidiarían.

Hay legisladores —demasiados, creo yo— entre los cuales un gran número presume de ser “Padres de la Patria”, aunque andan huérfanos de ideales y de solvencia moral, que ningún daño parece hacerles porque gozan de solvencia económica, de privilegios (que es lo que les sobra), y hasta de inmunidad. Hay un Poder Judicial, por cierto muy cuestionado por la ciudadanía, que no alcanza a percibir si la Corte Suprema de Justicia con todo su séquito va o viene. Hay un Poder Ejecutivo que, por los aires que soplan, se podría creer más bien que lejos de velar por el bienestar del pueblo, pareciera utilizar al pueblo para su bienestar.

Ante este panorama desgarrador de desafuero y corrupción que viene desde adentro y desde afuera, solo resta esperar que el diluvio nos ahogue a todos, especialmente a los buenos que por no hacer nada dejan que la maldad impere. Pronto habrá elecciones; al ruedo han salido ya los contendientes, tanto los de las caras nuevas como los de las caras viejas, tratando de hacer valer su verdad, como siempre, vendiéndose como los auténticos redentores del pueblo, cada cual echando mano de sus recursos o de los recursos de los demás para hacer prevaler sus ideas o caprichos, o ambas cosas; tal parece que estamos viviendo una nueva versión de la misma película presentada una y mil veces. El espectáculo es de tal magnitud que poco importa si se camina con los zapatos del pueblo o si se va a la mesa con las manos limpias o, incluso, si se anda con la gente de corazón. La intriga, los golpes bajos, las alianzas con aliados o sin aliados; todo parece ser válido en el juego y en el rejuego político.

Tal vez los candidatos, crean que el pueblo seguirá ciegamente fascinado por sus brillantes y conmovedoras propuestas, o por la resonancia de los rugidos en el coliseo de las masas; o por las huellas de unos zapatos que pudieran estar gastados, no tanto por el uso sino por el abuso; tal vez hasta pudiera creerse, ingenuamente, que en el ruedo feroz de la política las manos estarían siempre libres de mácula. Dios nos libre de que el sagrado ejercicio del sufragio llegue a su término ya viciado. Prefiero ser optimista pensando que algo bueno pudiera resultar de esa amalgama de colores y sabores que satura el suelo istmeño e vísperas de las elecciones del mes de mayo.

* Docente universitario jubilado.