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15 de Jan de 2021

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

De objetividad y moralidad

Con el correr de los años he aprendido que si deseamos ser objetivos y honestos, vale más admitir haber emitido opiniones o conclusiones...

Con el correr de los años he aprendido que si deseamos ser objetivos y honestos, vale más admitir haber emitido opiniones o conclusiones erradas en vez de intentar defenderlas para salvaguardar nuestros egos. Es esta una de aquellas ocasiones.

En una madrugada de la semana pasada el teléfono de mi residencia sonó. Mi hijo menor llamó para decirme que había sido detenido por la Policía. Sabiendo que él había dejado la casa con nuestro carro para ir al cine, la llamada me dejó perplejo. Inmediatamente concluí que había caído víctima de aquel virus social muy de moda, conocido popularmente como “M.S.N” —manejando siendo negro—. No me fue difícil llegar a dicha conclusión, porque él, joven, residente en Nueva York, de visita en Panamá para asistir al sepelio de mi madre, lucia el vestuario de la juventud negra norteña con su cabello en “dreads”. Además, conozco del requisito de someter fotos para obtener empleo y de ocasiones en las cuales panameños negros no fueron admitidos a discotecas. Para mí no había otra explicación. Sabía a carne viva que tanto en los EU como en Panamá la victoria de Obama no había eliminado el prejuicio racial.

¡Cuán errado estuve! Por cierto, no somos un “crisol de razas”, pero aquella madrugada el hecho de ser negro no fue la causa de su detención.

Resulta que fue detenido en un retén, pues siendo panameño con cédula, conducía con licencia norteña.. es decir, sin licencia panameña. Pensábamos que como “turista” era permisible conducir, por un tiempo corto, con licencia extranjera. Aparentemente, esto no es cierto. Necesitaba su pasaporte, el cual no cargaba. Hubiera sido fácil olvidarme del asunto y decir tres mea culpas por mis malos pensamientos.

Llamé a un amigo para que fuera a recuperar el carro y traer a mi hijo a casa, porque sin licencia él no debía conducir. Cuenta mi amigo que cuando llegó el policía lo amenazó con darle una boleta por permitir que mi hijo condujera ilegalmente, añadiendo lo que le iba a costar —la boleta, el remolque, etc. La conversación terminó con el pago de $40 al policía. Opina nuestro amigo que el retén, además de su función legal, fue una artimaña para obtener dinero. Objetivamente, no puedo sustentar dicha conclusión.

¿Por qué esta realidad? Tal vez la respuesta yace, sin justificar lo injustificable, en la desigualdad salarial del país. Por ejemplo, aquel policía probablemente gana aproximadamente B/.400 mensuales y un diputado, sin tener que arriesgar su vida, aproximadamente B/.10.000. No nos es difícil comprender aquel comportamiento inmoral.

¿Por qué esperamos respeto a nuestras leyes y códigos cuando existe un abismo económico entre ricos y pobres y entre la clase obrera y la empresarial?

Hablamos de la corrupción gubernamental existente, pero no admitimos la posibilidad de que sea endémico a la cultura ni de nuestra participación en ella.

¡La moralidad no es algo abstracto ni teórico, empieza con el individuo!

¡Todo organismo lucha por sobrevivir! ¡Igual el ser humano! Si deseamos una sociedad de respeto mutuo y moralidad nos es necesario establecer un sistema económico y donde florece la justicia económica, política y cultural.

-El autor es escritor y profesor panameño residente en NY.cerussman@yahoo.com