25 de Feb de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

El Estado docente

De lo que un Estado se proponga como fines inmediatos y remotos, tomando en cuenta las circunstancias del contexto histórico que tienden...

De lo que un Estado se proponga como fines inmediatos y remotos, tomando en cuenta las circunstancias del contexto histórico que tienden a limitar su desempeño, depende de la orientación de sus organismos docentes.

Hoy, como ayer, se habla mucho de la escuela por la vida y para la vida y parece querer encarnarse en esta enunciación el objetivo de toda la enseñanza. Pero la vida es también aquella de los microorganismos destructores y mortíferos, esa de los parásitos de la fauna oceánica, la de las estorbosas malezas de la selva tropical y la de todo cuanto nace, se nutre y crece para convertirse en agente de corrupción.

La vida es un don excelente y grandioso, pero por sí misma, como función vegetativa, no podría constituir el propósito de toda experiencia humana. Si este concepto hubiese predominado en el transcurso de la historia del hombre, esta no sería ni más ni menos interesante, quizá, que el proceso vital de muchas generaciones de algas.

La vida no es un fin en sí misma, sino un medio para la conquista de los fines superiores en el orden de la materia y del espíritu. La educación es el principal instrumento para facilitar estas conquistas. Pero una sola persona, como célula aislada, es exigua cantidad, pequeña gota en el torrente del esfuerzo colectivo.

Es la sociedad, es el agregado humano lo que cuenta como entidad en el devenir de la evolución universal; el concepto de pueblo cobra, así considerado, una trascendencia capital en el gran esfuerzo por el mejoramiento humano.

¿Cómo podríamos entender de otra manera el concepto de patria? Una sencilla consideración de dignidad humana, nos hace rechazar con repugnancia la torpe idea de quienes conciben a una nación como una masa de hombres y mujeres destinados a sacar el máximo rendimiento del pedazo de tierra que les ha tocado en suerte explotar; este puede ser el concepto de un rebaño en pastoreo, pero no el de una sociedad humana. La patria no debe entenderse como un concepto análogo a posibilidad de un excelente forraje; sino como el esfuerzo coordinado de las inteligencias y del músculo de sus habitantes para formar y para hacer sobrevivir una cultura superior en un territorio determinado.

Confundimos con demasiada frecuencia el fin y los medios, lo permanente y lo transitorio, lo trascendental y lo accesorio, y de ello resulta que hacemos cabalgar a Sancho sobre Don Quijote, al instinto sobre la razón, y que, en esta subversión de términos, el horizonte se empaña y más aún la visión de nuestros propios destinos.

Lejos de nuestro pensamiento el concebir que la producción de riqueza es faena menguada y despreciable. La riqueza y el bienestar social son necesarios para el logro del armónico progreso de los pueblos, pero ambos están llamados a ser vehículos para la sublimación del pensamiento y no pesados lastres que entorpezcan el dilatado vuelo del espíritu. Se impone en Panamá, pues, luego de más de un siglo de vida republicana, la educación formativa e integral para el desarrollo de ciudadanos y ciudadanas cultos, con sentido ético, que contribuyan al mejoramiento de la sociedad, como deber fundamental del Estado.

¡Vale decir, se impone el Estado docente!

-El autor es pedagogo, escritor y diplomático.socratessiete@gmail.com