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14 de May de 2021

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Del libro ‘Estrellas clandestinas’

No me refiero aquí a lo que denominaron para 1989 Just Cause los mismos que bailaron, comieron y gozaron junto a un hombre sin escrúpulo...

No me refiero aquí a lo que denominaron para 1989 Just Cause los mismos que bailaron, comieron y gozaron junto a un hombre sin escrúpulos, como lo fue Manuel Antonio Noriega. Washington inventa, cuando el dictador no les servía, una invasión avasallante a Panamá «para sacar al bandido», su bandido. George Bush, padre, definió estas acciones como «necesarias para cazar al bandido de Noriega». La verdad, solo lo intentan sacar cuando el títere se había quedado sin cuerda, precisamente por el escándalo mundial que provocaron mis suicidas declaraciones del 7 de junio de 1987.

Produje tal conmoción, luego de un fallido golpe militar interno que intenté en septiembre de 1985, cuando el dictador manda a asesinar a mi amigo conceptual Hugo Spadafora. Realicé entonces una complicada estrategia que impactó a los panameños, atrajo la atención internacional, con una agitación social descomunal; todo me era permitido frente al peligro inenarrable de retar no solo a Noriega, sino también a todo ese engranaje corrupto —los estamentos clandestinos en Washington— que lo sostenían y le habían dado inmunidad e impunidad, aunque para junio de 1987 no podía saberlo. Hoy todo está desclasificado. En Panamá, hasta la fecha, ni el 1% conoce todavía la verdadera dimensión de los peligros que enfrenté al denunciar al dictador por narcotráfico y crímenes. La mayoría de testigos de aquellos hechos, se queda en la epidermis, criticando mis propias declaraciones —que incluyeron autocríticas, como parte de mi táctica, utilizada a fin de atraer la credibilidad de las gentes. Sabía que era difícil creerle a un militar de alto rango, por estar próximo a Noriega. Calculé muy bien, al saber que él tenía nexos íntimos con la CIA. Mi proceder estratégico no podía hacer caso de tales críticas, generalmente celosas de políticos nacionales. Yo necesitaba hacer estallar una revuelta tal, sin precedentes en el istmo, aún a costa de mis autocríticas punzantes, porque ya sospechaba al menos que Noriega no era sino un alfil de un ajedrez diabólico, donde el rey, la reina, las torres y los caballos estaban guarecidos en castillos más altos, en Washington. De no haber ideado tal estrategia, el dictador me habría despedazado en horas luego de mis primeras declaraciones, asaltando mi casa y encarcelándome, con lo cual terminaba mi explosión. La marea humana que me rodeó por cincuenta largos días, circulando a toda hora frente a mi casa, me valió no solo como escudo y póliza de seguridad para mis familiares y allegados —lo confieso—, sino como empuje de coraje y valor incalculables, cuando atraje sobre mi persona la mayor cantidad de reporteros concentrados en Panamá por más de un mes, en toda su historia. El resto, las habladurías de los que nunca han hecho otra cosa con sus huevos que comérselos fritos, me tienen hoy sin cuidado. La historia se definió después, y una sola muestra del laberinto infernal que viví fue la condena moral que el propio Congreso norteamericano impone luego a capos políticos republicanos, acusados por el senador John Kerry, el cual simultáneamente conmigo, y sin que nos conociéramos, libraba otra batalla descomunal para develar el hilo maloliente del escándalo «Irán-Contras», precisamente la sociedad que unió a Noriega con Reagan y Bush, a través del oficial de sus “marines”, Oliver North>.

(Del libro en imprenta)

-El autor es embajador de Panamá en Perú.homiliadiaz@gmail.com