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09 de Apr de 2020

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Lo público y privado en la TV

“Los felices leen, los infelices ven televisión” es el título de un estudio reciente en que sociólogos de la Universidad de Maryland, ba...

“Los felices leen, los infelices ven televisión” es el título de un estudio reciente en que sociólogos de la Universidad de Maryland, basados en datos recopilados en 30 años, concluyen que las personas que no son felices pasan más tiempo viendo televisión, mientras que las personas que se describen como felices dedican más tiempo a leer libros, periódicos, revistas y relacionarse con los demás y les produce satisfacción a largo plazo, independientemente del nivel educativo, de ingresos, edad y estado civil. Sería interesante realizar un estudio similar en nuestro país.

En el medio local televisivo encontramos ciertos programas que son dignos de apreciar. Sin embargo en otros, las infidelidades, odio, violencia, alcoholismo, santería, brujería, mentiras, traiciones, actitudes groseras, hábitos y comportamientos antisociales, obscenidades del lenguaje, pérdida del sentido de la autoridad, vulgaridad, frivolidad, conductas reprochables, imágenes distorsionada de la mujer y del sexo y confesiones privadas e intimidades de personas generalmente de sectores socioeconómicos bajos, forman parte del quehacer visual de los miles de televidentes, todo en nombre del menosprecio a la vida. ¿Con este estilo de hacer televisión se logra encarrilar las vidas desafortunadas de las personas?

¿Por qué la exhibición pública de la vida íntima, enredada y turbulenta puede generar atención? ¿Qué hay detrás de la producción de estos programas? ¿Por qué este género de producción puede resultar atractivo e interesante para muchos y repulsivo para otros? Sencillo. Esto se debe al estilo de vida de las personas: el ser humano proviene de una estructura biopsicosocial. Por ejemplo, al hablar —disposición biológica— lo haces para que te escuchen y bajo un estímulo en que puedes conversar amenamente o agrediendo a tu interlocutor, en ese momento participa la parte psicológica; nadie está exento de convivir con otras personas, esta es la parte social del individuo.

La relación de proximidad entre la TV, la vida privada de las personas, de los objetivos de los productores, de la personalidad y estilo de los conductores y el televidente ha generado importantes beneficios económicos para las estaciones de TV, pero también utilidades simbólicas para un público hipnotizado e idiotizado entre diálogos hilarantes, enternecedores o en extremo irritantes y absurdos.

“Mercancías sexuales vivientes” , nombre que puedo atribuirle a algunas presentadoras de programas en vivo que después de hacerse las cirugías pertinentes llaman la atención no por la información de la noticia, sino que se convierten en facilitadoras en degradar la palabra “sexual” y con la complicidad de unos personajes que se hacen llamar sexólogas que con lujuria y morbosidad realizan entre ellos bailes eróticos, promocionando como salón de la fama a los “sex shops” , o cómo llegar al Punto G de la mujer, etc., todo un bagaje de sexo explícito que pareciera ser el resultado de personas que buscan mitigar conflictos sexuales no resueltos ante la mirada de chicos y jóvenes.

Hay que advertir que no hay género o formato perverso por naturaleza, son los dueños y productores de canales de televisión, sus conductores y la propia sociedad quienes les imprimen un rótulo particular, por diversas razones, algunas de las cuales han sido revisadas en el presente artículo. La televisión, utilizada con criterio, puede ser un medio eficaz para la educación en valores humanos y tenemos el derecho a exigir que ésta sea de calidad.

*Especialista de la conducta humana.gemiliani@cableonda.net