19 de Ago de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Columnistas

El pesimismo de un pueblo

En la medida en que el personalismo y la ostentación de privilegios cierren su ciclo lamentable, se percibirá la sensación de un cambio....

En la medida en que el personalismo y la ostentación de privilegios cierren su ciclo lamentable, se percibirá la sensación de un cambio. Un cambio real, un cambio verdadero, donde exista paz, amor, progreso, justicia y oportunidades para que los pobres dejen de ser pobres y la clase media recupere sus espacios perdidos.

La confianza de un pueblo no se traiciona y la traición hace que la gente se irrite, porque han esperado por años la solución a sus problemas y el tiempo apremia y todo sigue igual y peor. Entonces aparece el pesimismo y el desaliento, que impregnan el alma de un pueblo mil veces engañado y humillado.

Todo parece indicar que hoy el pesimismo recorre al país e infecta a quienes entran en contacto con él.

Panamá vive obsesionado con el fracaso, con la victimización, con todo lo que pudo ser, pero no fue, con lo perdido, lo olvidado, lo maltratado, con la crónica de una violencia despiadada y de personajes demasiados pequeños para el país que habitan.

En lo personal me considero una persona optimista, llena de entusiasmo, que no pierde la alegría de vivir, agradecida de Dios por esta disposición, que ante las preocupaciones me permite buscar la solución y si no la encuentro, antes que el pesimismo, tengo la esperanza.

En cambio, sé que hay personas que por diversos motivos no han de pensar y actuar de la misma forma. Pero, ¿cómo hacerles comprender que hay que vencer el pesimismo cuando su lista de motivos y justificaciones es enorme, respaldada por una realidad indiscutible, haciéndoles vivir en un estado de casi permanente preocupación?

Cierta dosis de diaria pesadumbre no daña, quizá hasta sea necesaria; el daño lo produce la preocupación excesiva; es a este tipo de preocupación a la que debe temerse, porque su permanencia y acrecentamiento producen daños orgánicos de difícil recuperación.

La persona pesimista ha perdido totalmente la esperanza; es como si hubiese echado un vistazo al futuro y lo que vio le hubiera quitado el entusiasmo y cualquier actitud positiva ante la vida; como si hubiese conocido, en ese viaje al futuro, lo vano, fútil e inútil de cualquier esfuerzo realizado en esta vida.

El estar preocupado deja entrever que hay incertidumbre respecto del futuro inmediato (uno no está seguro de qué puede pasar, aunque sí pareciera estar seguro de que algo va a pasar); hay también miedo (por lo que puede pasar, aún cuando se desconozca qué puede ser); hay falta de confianza, sea en uno mismo o en los demás; hay pérdida de la fe y una preparación psicológica para la concurrencia de hechos desagradables (que pueden no suceder), porque se es sugestionable.

Pero, tampoco es prudente callar e ignorar ni alejarse demasiado de los motivos de las preocupaciones. Es por ello que el ser humano necesita expresar sus insatisfacciones siempre en un ambiente de confianza y que no se sienta intimidado. Porque eso agrava más la salud mental de la persona en esa situación.

Somos un país de anhelos, aspiraciones y sueños; y, para vencer el pesimismo y el desaliento se requiere de un verdadero liderazgo político y del trabajo de los sectores sensatos de este país, si de verdad deseamos construir una patria próspera, digna y justa y, sobre todo, optimista.

*Especialista de la conducta humana.gemiliani@cableonda.net