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08 de May de 2021

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Julio César Caicedo Mendieta Portocarrero

Columnistas

De las mejores cantinas penonomeñas

Que quedarán en la Historia panameña

Penonomé también tiene entre muchos atractivos turísticos una cantina que quedará en la historia por los personajes que la han visitado. Dos de ellos para comenzar: Omar Torrijos y Gabriel García Márquez. El primero que acudía con regularidad por el coñac y dos huevos crudos que se tragaba con el primer trago. Y el segundo atraído por el nombre quizá o porque Torrijos lo mandó escoltado, al darse cuenta de lo agobiado que estaba el ilustre visitante aquella vez que vino, porque algunos periodistas de TV se rebuscaron las preguntas más pendejas que existen en el planeta.

Omar, que como general, nunca tuvo horario establecido para trabajar, acudía con más frecuencia en las noches de octubre que en cualquiera de los otros meses, el sabía que la ‘Culoeperro’ estaba abierta las 24 horas para él y para el mundo entero y a la hora de su llegada, bien podía instalarse en la parte de atrás.

La cantina, de la muy noble familia de descendencia española de José Manuel Sáa, fue fundada el 22 de octubre de 1968 con ese nombre, porque el que tenía era muy tenebroso y se ubicaba frente al mercado de Penonomé: ‘La Morgue’, le decían la Morgue porque los dueños anteriores eran inconmensurablemente cochinos y descuidados. Luego en 1976 se mudó para la parte trasera del mercado público para un inmueble más decoroso, trabajando las 24 horas seguidas, hasta que se impuso la ley Zanahoria.

A mí me encantó la visita, porque fui con un líder comunitario del Corregimiento ‘El Potrero’, a quien no le gustó mucho que yo le dijera ufano que he conocido en tres años a 33 de los 44 corregimientos coclesanos, a lo que él me increpó que yo debí comenzar mi periplo visitando la ‘Culoeperro’. Y créanme esa cantina tiene el misterio de hombres conocedores de mujeres como lo fueron —digo yo— Omar Torrijos y García Márquez, porque una dama que jugaba maquinitas a mi paso, me dijo admirada y en voz alta y cadenciosa, tanto que yo me lo creí: ‘¿De qué revista saliste lindo...”. Yo le contesté, quitándome el sombrero, susurrándole al oído: ‘Me están esperando belleza... Gracias’.

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