20 de Feb de 2020

Avatar del Mireya Lasso

Mireya Lasso

Columnistas

Buscan mejor vida, pero la pierden

‘Los desplazados que mueren en el intento y los refugiados no son meras estadísticas frías'

Hace solo unos días cientos de cadáveres fueron rescatados del mar Mediterráneo, cuando dos embarcaciones atestadas de refugiados africanos naufragaron en esas aguas, mientras en Austria decenas de cadáveres fueron encontrados encerrados en un camión abandonado. Eran seres humanos que trataban de escapar de los conflictos de guerra en sus países y acabaron siendo víctimas que pretendían sobrevivir a tantas adversidades, encontrando la muerte en horribles circunstancias.

Tragedias como estas deben golpear la conciencia de la humanidad. Aunque no es la primera vez que la persecución y discriminación se ensañan contra pueblos enteros, sería imperdonable que la civilización moderna se mantenga impávida ante estas desgracias. Desde tiempos bíblicos se han registrado desplazamientos humanos; Moisés liberó a judíos del cautiverio en Egipto, llevándolos a la Tierra Prometida. Los primeros europeos que llegaron a América del norte y del sur perseguían libertad y fortuna para escapar de las condiciones precarias de vida que sufrían: discriminaciones, abusos, persecuciones religiosas. Igual ambicionaban las víctimas de los barcos hundidos en el Mediterráneo y del camión abandonado en Austria.

A diario se reportan hechos y tragedias como esos. Los seres más ‘afortunados' logran ingresar a campos de refugiados donde pueden sobrevivir, aunque en condiciones muchas veces infrahumanas, gracias a Gobiernos y organizaciones públicas o privadas que los reciben. Pero aún esas condiciones suponen a nivel individual el abandono de hogares, la separación de familias —sobre todo cuando involucra a tantos niños—, un futuro incierto y una verdadera crisis humanitaria. También significa cargas para los países receptores de refugiados; son costos estimados en millones de dólares, según cifras de organismos internacionales.

Se calcula que existen hoy más de 52 millones de refugiados en el mundo entero y se alega que esa cantidad supera los desplazados durante la II Guerra Mundial. En África los conflictos armados han producido el mayor número de desplazados convertidos en refugiados en Kenia, Etiopía, Uganda, Tanzania, Chad, Sudan del Sur, por mencionar algunos; mientras que en Asia y en el Medio Oriente, existen campos de refugiados en India, Pakistán, Nepal, Líbano, Turquía, Siria, Jordania, Gaza, Cisjordania, entre otros. La guerra civil de Siria, la de Yugoslavia y el genocidio en Ruanda forzaron a más de once millones de personas a abandonar sus hogares. La invasión rusa a Afganistán produjo el éxodo de tres millones de personas a países vecinos.

En nuestro continente el Gobierno venezolano ha causado desplazamientos en nuestros días al expulsar nacionales colombianos afincados por largo tiempo en territorio venezolano y cerrar la frontera con Colombia para impedir su retorno a ese país.

No estamos en Panamá alejados de las tragedias de los desplazados. Aquí llegan ciudadanos de Bangladesh, Somalia, Sri Lanka, Nepal y Etiopía por rutas terrestres que pasan por La Miel, Púcuro, Paya, Tupiza, Puerto Obaldía o Metetí, así como por mar desde Jaqué. Son gentes del sur de Asia y de África, que aspiran quedar a salvo de los conflictos de guerra en sus países. Pero también nos llegan al Darién cientos de cubanos, cuya precariedad no es igual, porque no parecen escapar de conflictos armados o genocidios como los africanos y los sirios, sino que son movidos por la ambición de encontrar mejores condiciones de vida.

Los desplazados que mueren en el intento y los refugiados no son meras estadísticas frías. Debemos mirarlos como seres humanos que padecen desdichas que no desearíamos sufrieran nuestras familias. Las tragedias que sufren ellos y sus familias nos deben obligar por solidaridad a alzar la voz en nuestro país —como lo ha hecho Uruguay— y en el seno de organismos internacionales.

EXDIPUTADA