Temas Especiales

16 de Apr de 2021

Carlos E. Russell

Columnistas

Mis recuerdos de Cuba y Fidel (I)

Estoy casi seguro de que no fueron los mexicanos

Me acuerdo, como si fuera ayer, de aquel vuelo —semiclandestino—, y hoy nostálgico, que nos llevó a Cuba casi cincuenta años atrás. El ‘clandestinaje' se debió a que en aquel entonces era prohibido viajar directamente desde EE.UU. hacia la República cubana. Era necesario viajar primero a España o a México y luego continuar la jornada.

Una ligera llovizna nos despidió de la Ciudad de México la mañana del 26 de julio de 1968, donde dejamos atrás a las autoridades —desconocidas por nosotros—, quienes nos habían fotografiado. Estoy casi seguro de que no fueron los mexicanos. No tenían razón por qué hacerlo. ¡Fue en México donde obtuvimos las nueve (9) visas que nos permitirían abordar la aeronave cubana!

De los nueve (9) que formamos el grupo, ocho (8) eran miembros del Partido Comunista de EUA. ¡Yo fui el disidente!

La persona más prominente y conocida fue la hoy Dra. Angela Davis, de fama internacional como revolucionaria. El motivo de nuestro viaje fue nuestra inminente participación en la campaña del ‘Esfuerzo Decisivo', denominada así por el Gobierno cubano, cuya intención era el reclutamiento de voluntarios de países amigos, quienes, junto con los cubanos, harían la zafra y así apoyarían el intento de contrarrestar el bloqueo norteamericano. Nuestra contribución sería una de sudor, sangre, y callos.

Después de ingerir un sinnúmero de ‘mojitos' y aprender y cantar las canciones patrióticas del día i.e.

‘Cuba, ¡qué linda es Cuba!, quien

La defiende la quiere más... lindo

Es tu cielo, lindo es tu mar...

Ahora eres faro de libertad'.

Y, bajo una ligera llovizna, aterrizamos en La Habana —una Habana apropiada y frugalmente vestida de gala celebrando el 26 de Julio.

Al entrar en el ‘lobby' del hotel ‘Habana Libre' (anteriormente ‘Hilton'), todos regocijados y alegres, demostrando nuestro compromiso con el ‘Esfuerzo Decisivo' y cantando ruidosamente esta estrofa:

‘... Con el bloqueo,

Sin el bloqueo,

La pelea ya está ganada...'.

Algo increíble ocurrió. Escuché una voz que jubilosamente exclamaba mi nombre. Era la voz de un joven negro de Brooklyn, a quien, años atrás, conocí y quien —meses anteriores— secuestró un avión en medio vuelo que lo llevó a Cuba, donde recibió asilo político. Esto me lo contó durante los primeros minutos de mi aterrizaje. También me solicitó notificar a su hermana en Brooklyn que él estaba bien; lo cual, a mi regreso, hice.

Entre los incidentes inesperados, sorprendentes e impresionantes que sucedieron durante estos primeros días, sobresalen en mi memoria nuestro encuentro con la policía secreta y el desfile de las mujeres guerrilleras de Vietnam.

Angela, Kendra y yo, deseando disfrutar de la belleza de la Bahía y de La Habana antigua, decidimos hacer, sin pedir permiso, una ligera visita al famoso icono cubano: ‘El Malecón'. En el camino a nuestro aposento, súbitamente apareció un carro de donde se apearon dos hombres ordenando que nos pusiéramos contra la pared. Un terror atroz se adueñó de mí. ‘¿Cómo va a ser?'. Pensé. En Brooklyn esto sería algo común y corriente. ¿En Cuba? ¡Imposible! Mientras accedíamos a sus demandas, me acordé de que llevaba una de esas peinillas ‘afro' de mango largo brotando de mi bolsillo trasero. Al instante, con mis manos al aire, con voz temblorosa y tímida, dejé escapar de mis labios las palabras: ‘¡Es una peinilla!'.

Como por arte de magia, silenciosamente apareció otro carro de cuyo vientre súbitamente egresaron dos sujetos exclamando: ‘¡Son extranjeros y huéspedes nuestro!', disipando nuestra ansiedad.

Con la situación bajo su control, nos acompañaron al hotel. Disculpándose profusamente, explicaron la razón del incidente. Según ellos, nuestra manera de vestir y apariencia diferente, el coiffure, ‘afro', que lucíamos, hizo pensar a sus compañeros que éramos ‘hippies' —grupo considerado como antisocial.

El día siguiente nos llenó de orgullo revolucionario, cuando vimos al contingente vietnamita marchando por las calles de La Habana en solidaridad con el pueblo cubano y el entusiasmo con que fue recibido. En medio de la euforia, fuimos divisados por un pequeño grupo de muchachas y muchachos, quienes asombrados se acercaron para tocar y preguntarnos si nuestra melena era real o una peluca. Angela, Kendra y yo nos reímos a carcajadas. En la mañana saldríamos hacia Puerto Padre, en la provincia de Oriente, a cortar caña y a empezar nuestra misión revolucionaria.

ESCRITOR Y DOCENTE UNIVERSITARIO.