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22 de Apr de 2021

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Julio Bermúdez Valdés

Columnistas

El asalto a la DGI

¿Qué excusa tiene ahora la Fuerza Pública que no aparece en situaciones cruciales o que es sorprendida por acciones como la ocurrida en la DGI?

Si solo se tratara de comentar un asalto, este escrito perdería sentido, considerando que cada día se registran en Panamá dos, tres y hasta cuatro, junto a uno o dos crímenes, y un número ya no determinado de hurtos y de robos, pero lo ocurrido en la Dirección General de Ingresos expresa dramáticamente hasta dónde la delincuencia le ha perdido el respeto a las autoridades.

La osadía del hampa revela dos escenarios: primero, el de una posible acción planificada a ciencia y paciencia y que consideró todas las debilidades que presenta su cuerpo de seguridad, en medio de la importancia de una entidad como esa, utilizada diariamente por centenares de usuarios. Y no se trata de si capturaron a dos o tres y se escapó uno, no.

Se trata de la osadía exhibida, se atrevieron porque creyeron que podían hacerlo y el asalto se hizo efectivo, el factor sorpresa funcionó de acuerdo a las informaciones trascendidas, al término de que, en medio de los disparos, un policía resultó con la peor parte.

Segundo: si solo fue un asalto donde la audacia primó sobre lo planeado, peor aún. Los hechos demuestran que las condiciones de seguridad en el país son tan débiles que los delincuentes solo observan por dónde se le sale el agua a la totuma, y actúan. La situación actual, pese a las cifras, comienza a recodar el dramático periodo de 2007 a 2009, cuando la ciudad se convirtió en rehén del crimen organizado.

Pero, a diferencia de la situación actual, los cuerpos de seguridad no contaban en aquella ocasión con el armamento que tienen ahora, con la atención que se le comenzó a dispensar desde el quinquenio pasado, con los seminarios que se le dictó a su personal ni con los altos salarios que posee su cuerpo de comisionados.

¿Qué excusa tiene ahora la Fuerza Pública que no aparece en situaciones cruciales o que es sorprendida por acciones como la ocurrida en la DGI?

De cierto tiempo para acá, el país comienza a acostumbrarse a fallos como estos y ojalá no ocurran peores, o sorpresas más desagradables. Ante el panorama, sería conveniente exigir responsabilidades, saber cómo marcha el plan de depuración que inició hace unos meses el Gobierno con el anunciado propósito de limpiar a los estamentos de seguridad de elemento cómplice, porque hechos como el de la DGI no solo develan lo poco confiable que resulta la policía, sino la posibilidad de que persistan dentro de los estamentos de seguridad elementos que contribuyan con estas situaciones.

¿Dónde estaban las unidades de la zona policial metropolitana en el instante del robo? ¿Qué tiene que decir su responsable? ¿Cómo está funcionando la inteligencia policial?

La sociedad en su conjunto debe advertir sobre la incertidumbre en que los cuerpos de seguridad dejan al ciudadano. Esta especie de indefensión que cada día suma más y más delitos, y exigir respuestas y seguridad ciudad ciudadana.

PERIODISTA