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18 de Oct de 2019

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Rafael Carles

Columnistas

Decepción y resentimiento

La lista es larga y lograrla dependerá de la fe en la capacidad de hombres y mujeres de trabajar juntos para asegurar sus objetivos

En Panamá, la mayoría de la gente está decepcionada y enojada: la clase trabajadora se siente traicionada por las élites políticas, los jóvenes graduados de universidad se aferran a empleos informales, el sistema de justicia es incapaz de encarcelar a los corruptos, y el modelo económico no logra sanar las graves inequidades y desigualdades.

Todas estas diferentes manifestaciones tienen una fuente común: resentimiento ante una política que promete y promete, y que solo ofrece excesos y desaciertos. Fue Jean-Jacques Rousseau quien diagnosticó en la década de 1750 el resentimiento que ha definido la política desde entonces: ‘un resentimiento existencial causado por una intensa mezcla de envidia y sensación de humillación e impotencia, que mientras perdura y se profundiza, envenena a la sociedad civil y socava la libertad política, dando un giro hacia el autoritarismo'.

Nadie espera que los horticultores de Chiriquí y los azucareros de Coclé compartan los mismos resentimientos con los banqueros capitalinos. Es poco probable que los jóvenes interioranos que buscan trabajo tengan afinidad con los fanáticos que juegan en la bolsa de valores. Hay mucha decepción en esta época, pero no toda es la misma y no toda tiene la misma justificación. Sin embargo, todos coincidimos en que el resentimiento de que hablaba Rousseau entonces aplica perfectamente al desorden político, desigualdad económica y caos social que acompaña la democracia panameña de los últimos lustros.

Nadie imaginó que un Gobierno encabezado por Juan Carlos Varela, proveniente de una familia buena, con educación jesuita, graduado de ingeniero en Georgia Tech, discípulo de Chinchorro Carles en Varela Hermanos y convertido en millonario empresario, haya podido alcanzar la decepción que hoy nos embarga a la mayoría.

Panamá tiene muchos problemas serios, desde escasez de agua potable y pésima educación pública, hasta el perjudicial sistema de subsidios que premia la mediocridad y promueve la vagancia. Por eso, decepciona aún más cuando una idea atinada como la descentralización, que debió ser una píldora mágica para decenas de municipios, haya degenerado en un mecanismo para compra de vehículos y retroexcavadoras, y termine sin lograr resultados concretos.

Es cierto que desde los tiempos de Rousseau la humanidad ha logrado inventar sulfonamidas y penicilina, eliminar la poliomielitis, disminuir la incidencia de la tuberculosis, producir la caída de la mortalidad infantil, lograr el derecho de voto a las mujeres, y alcanzar estados de bienestar para muchos. Pero también hemos visto el abuso de los derechos humanos, la explotación del hombre por el hombre, la opresión de la mujer, el racismo, la desigualdad, la injusticia, el despojo ambiental, el robo de las arcas públicas, la impunidad, el fuero y los privilegios políticos.

Por tanto, los tiempos actuales requieren un pensamiento transformador y progresista. Vivimos una destrucción extraordinaria, aunque casi imperceptible, de la fe en el futuro: el optimismo fundamental que hace que la realidad parezca decidida y orientada a objetivos. Pero, no podemos reconstruir la fe en el futuro, si no creemos en nuestros gobernantes ni en la clase política. El pensamiento transformador progresista consiste en cambiar urgentemente las normas constitucionales, eliminar la discrecionalidad de políticos en el manejo del dinero público, abolir el clientelismo y estado de derecho de las camarillas depredadoras, restablecer la regla básica de que todos pagan su parte justa de los impuestos, producir empleos decentes y salarios dignos. La lista es larga y lograrla dependerá de la fe en la capacidad de hombres y mujeres de trabajar juntos para asegurar sus objetivos.

No es necesario decir que la historia está del lado de los ideales transformadores y progresistas, pero sí que estamos en pleno apogeo de una contrarrevolución que podría durar un tiempo y remodelar la política en una dirección nunca vista antes. Por eso, si como ciudadanos lo mejor que podemos hacer es esperar y ser observadores inútiles, entonces no nos quejemos después cuando el país toca fondo. Aquí lo que impera ahora es dar un golpe duro y definitivo de timón y reavivar la fe de que se puede cambiar nuestro destino en el futuro.

Estos últimos 27 años han sido una lección inolvidable sobre la importancia de la democracia, pero son evidentes también las nefastas consecuencias de la politiquería criolla y la ausencia evidente de liderazgo político. Porque si el liderazgo político hubiera movilizado a los ciudadanos a tiempo y obtenido su voto, no nos gobernarían personas ni partidos como los que nos han traído al estado actual de decepción y resentimiento. Necesitamos recordar que si queremos recuperar la fe en el futuro, primero necesitamos creer en nosotros mismos.

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