La Estrella de Panamá
Panamá,25º

23 de Oct de 2019

Avatar del Enrique Jaramillo Levi

Enrique Jaramillo Levi

Columnistas

La minificción y el arte de narrar

Su modalidad actual, denominada minicuento en algunos países hispanoamericanos, y microrrelato en otros ámbitos, sobre todo en España y varios países de América del Sur

Entiendo por ‘minificción' una prosa narrativa de particular brevedad y concentración, independientemente de su grado de hibridez como consecuencia de una actitud que tiende a lo aleatorio vía la imaginación y la osadía formal, y que por lo general está temáticamente autocontenida y que además suele cerrarse sobre sí misma. Una vivencia profunda encerrada con todas sus esencias en una sugerente, apretada nuez.

Su modalidad actual, denominada minicuento en algunos países hispanoamericanos, y microrrelato en otros ámbitos, sobre todo en España y varios países de América del Sur como Argentina (aunque también existen nombres diversos tales como microcuento, microrrelato, microficción, cuento brevísimo, cuento vertiginoso, cuento súbito, texto hiperbreve, entre otros), entraña para mí, como escritor de ficciones, la necesidad de que, antes que cualquier otra cosa, se trate de auténticos cuentos. Sin embargo, cabe apuntar que además existen otras modalidades minificcionales, sin duda las más híbridas y experimentales, que no necesariamente tienen elementos afines a la poética del cuento tradicional, y que por tanto, a mi modo de entender, no son cuentos. Es decir, en dichos textos llamados minicuentos o microrrelatos, y de forma más general minificción, por más breves y experimentales que sean deben prevalecer las características básicas que le son consubstanciales al cuento: se narra una historia, surge un conflicto, se produce un desenlace. Obviamente, cada uno de estos elementos estará reducido a su mínima expresión, y a veces estará presente sólo en forma sugerida.

Entiendo, entonces —y sé que algunos críticos no están de acuerdo con esta posición—, que el tipo de escritura que aquí comento, y que viene cultivándose asiduamente tanto en América Latina como en España desde mediados del siglo xx y cada vez más en el siglo xxi, primero es, o debe ser, un auténtico cuento; y luego —o además— mini o micro, que a mi entender sería su aspecto básicamente formal. Por tal motivo, desde los inicios de la popularización de esta modalidad, muchos autores incluyen también en sus libros de cuentos los de reducida extensión cuando estos mantienen, no obstante, los atributos del género, en lugar de publicarlos aparte como un género distinto y autosuficiente. En términos generales, este es mi caso: dado que estoy convencido de que el 95% de los minicuentos que he creado —insisto en esta denominación— son antes que nada verdaderos cuentos, los trato como tales, tanto en su concepción original y desarrollo escritural como en la manera de integrarlos al conjunto de mi obra y de aludir a ellos.

Pero sin duda hay otros creadores que hacen justamente lo contrario: separarlos de los cuentos tradicionales para, reuniéndolos en un mismo libro, privilegiarlos con una identidad propia, diferente, que llame la atención del lector y de la crítica sobre sí misma: la de ser microrrelatos. Esto —la publicación por separado de compendios específicos de microrrelatos de un mismo autor— es lo que un reconocido crítico español, especialista en minificción como lo es Fernando Valls, considera lo correcto y lo más conveniente, sobre todo a la luz de la impresionante expansión que ha tenido en años recientes esta tendencia ficcional en revistas y periódicos, en libros completos y antologías, en blogs y en general en diversas instancias del Internet, mediante certámenes literarios.

Así, Valls sostiene que cuando un buen cuentista, que además escribe buenos microrrelatos, no ha sido tomado en cuenta por la crítica o por el público lector como microrrelatista, es porque en sus libros él mismo ha contribuido a diluir los segundos en un mar de cuentos, siendo en realidad géneros distintos que deben destacarse por separado. Valls considera que la brevedad extrema y la concentración en estos textos no es simplemente una cuestión de forma o de formato, sino que implica toda una concepción estética y, por tanto, estructural; lo cual a su juicio le da validez a su posición. Yo estoy de acuerdo en que si el texto breve es bueno su mérito va mucho más allá de la forma, pero sostengo que eso no invalida mi propia posición: la de que los minicuentos que tienen las características estéticas de fondo y forma propias de un cuento, son antes que nada eso: cuentos. Cuentos reducidos a su mínima expresión. A veces diminutos, en más de un sentido singulares, pero cuentos al fin y al cabo.

ESCRITOR