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22 de Oct de 2019

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

Intolerancia ejercida en nombre de la tolerancia

El mes pasado en Escocia, un hombre fue condenado penalmente por cometer un delito de odio. Su crimen consistió en entrenar a su perro a levantar la pata

El mes pasado en Escocia, un hombre fue condenado penalmente por cometer un delito de odio. Su crimen consistió en entrenar a su perro a levantar la pata en imitación del saludo nazi cuando su dueño profería determinadas expresiones como ‘Sieg Heil' o ‘Gaseen a los judíos', filmarlo en dichas rutinas y cargar el video a YouTube. Él dice que lo hizo como una broma. Evidentemente, alguien halló poco gracioso el chiste y denunció al hombre a la policía. La pena le será determinada en sentencia que debe ser dictada en días próximos.

En muchos países de Europa existen leyes que contemplan como delito el llamado discurso de odio, entendiendo por tal cosa toda expresión hecha en cualquier medio, que incite a la violencia o acciones discriminatorias hacia personas, por su pertenencia a una determinada etnia, o por su sexo, religión, orientación sexual o discapacidad. Estas leyes que penalizan el llamado discurso de odio responden al muy entendible temor que tienen los europeos por las ideologías de supremacía racial o religiosa, habida cuenta de su terrible experiencia con el nazismo. Pero es posible reaccionar de forma exagerada ante una amenaza, y la criminalización del llamado discurso de odio es un ejemplo de ello.

Aquí adquiere relevancia la llamada paradoja de la tolerancia, de Karl Popper, expresada en su obra La sociedad abierta y los enemigos: ‘La tolerancia irrestricta solo puede conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia irrestricta incluso hacia aquellos que son intolerantes [...] entonces los tolerantes serán destruidos, y con ellos la tolerancia. Con este planteamiento no quiero decir, por ejemplo, que siempre debamos suprimir la expresión de ideas filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentación racional y mantenerlas en jaque con la opinión pública, la supresión sería ciertamente imprudente. Pero debemos afirmar el derecho a suprimirlas si es necesario por la fuerza; pues fácilmente puede suceder que no estén preparados para confrontarnos en el plano de la argumentación racional, sino que comiencen por acusar toda argumentación; pueden prohibir a sus adeptos prestar oídos a la argumentación racional, acusándola de engañosa, y enseñarles a responder a los argumentos mediante el uso de sus puños o de las armas. Debemos afirmar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes'.

El problema comienza cuando tenemos que definir qué manifestación es suficientemente intolerante para justificar suprimirla. Con la paradoja de la tolerancia cualquiera puede prohibir cualquier expresión de ideas que les resulten odiosas, para lo que tan solo tienen que etiquetar esas ideas como intolerantes. No es difícil imaginar cómo esto puede prestarse para la supresión de ideas que remueven el statu quo. De hecho, la consagración de la libertad de expresión como derecho inalienable del ser humano responde precisamente a que históricamente se utilizó el poder para suprimir la expresión de ideas que no eran del agrado del rey o de la Iglesia, por ejemplo.

La idea de que se puede prohibir la expresión de ideas intolerantes se presta más para ser usada por los que quieren acallar ideas contrarias, que para apagar llamas realmente intolerantes (e. g. nazismo).

Por otro lado, si algo nos enseña la historia es que cuando se da la mezcla de circunstancias económicas, sociales y políticas que llevan al conflicto social, no hay ley de restricción de expresión de ideas políticas que lo pueda impedir. Cuando están dadas las circunstancias que permiten a un movimiento intolerante tomar fuerza en la sociedad, puede esta tener todas las prohibiciones y censuras que uno quiera, y estas no van a funcionar, del mismo modo en que los diques fallan cuando la cantidad de agua supera aquella para la que fueron diseñados.

Tenemos entonces que las prohibiciones contra el llamado discurso de odio fallan por dos razones fundamentales: i) no sirven para detener movimientos genuinamente intolerantes cuando las circunstancias sociales y políticas están dadas para un conflicto social severo, y ii) para lo que sí se prestan siempre es de excusa a los poderes intolerantes, para suprimir las ideas que les resultan incómodas.

Como alguien ha dicho, la libertad de expresión no es para hablar del clima. La broma del escocés aquel puede ser de muy mal gusto, pero nadie debería ir preso por ello en una sociedad liberal.

ABOGADO