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22 de Oct de 2019

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Rafael Carles

Columnistas

Democracia es lo mejor que hay

‘El próximo 5 de mayo es la oportunidad que tenemos todos para decidir, con mente fría, sobre el país que queremos'

Es curioso cómo ciertas palabras acumulan un fulgor de asociaciones positivas. Consideremos el término ‘democracia'. Para los oídos modernos, democracia es una palabra elogiosa y produce vibraciones agradables. La gente se siente bien consigo misma cuando la usa y por eso no nos debiera sorprender cuando los medios y las redes la ensalzan. Después de todo, democracia significa gobernar por y para la gente.

¿Es realmente la democracia el mejor sistema político que hay? ¿Es, como señaló Churchill, ‘la peor forma de Gobierno, a excepción de todas las otras formas que se han probado'? En realidad sí, a pesar de que existen críticos que aducen lo contrario. Jason Brennan, autor de varios libros de ciencias políticas y profesor de la Universidad de Georgetown, admite que los mejores lugares para vivir en este momento son donde existen democracias, no dictaduras ni Gobiernos de un solo partido, oligarquías o monarquías. Pero eso no significa que las democracias sean mejores. Los Gobiernos democráticos funcionan mejor que alternativas que ya se han probado anteriormente, pero ¿quién dice que no se pueda crear otro sistema que sea mejor? Brennan piensa que podríamos abandonar el sistema del sufragio en favor de alguna forma de meritocracia o tecnocracia, es decir, ‘el Gobierno de los expertos'.

Anthony Grayling, autor y filósofo británico, siente disgusto por las elecciones en las cuales, en nombre de la mayoría, se escogen a los peores candidatos. Grayling estudió incisivamente los intentos de los pensadores occidentales, desde Platón y Aristóteles hasta Madison y Tocqueville, para resolver lo que él llama el ‘dilema de la democracia': la creencia de que el poder pertenece en última instancia al pueblo, cuando en la realidad una vez elegido el Gobierno queda legitimado para hacer exactamente lo que quiere. Por eso, es triste cada vez que el pueblo vota de manera irracional por candidatos que no necesariamente representan el bienestar colectivo.

El dilema de Grayling apunta a que el dinero compra candidatos y decide elecciones, haciendo la distinción entre una democracia clásica y una moderna. Para Grayling, democracia clásica es donde sus funcionarios electos están vinculados por una constitución y su Gobierno es responsable ante el público, mientras que en una democracia moderna se eleva la autonomía individual y los objetivos del Estado quedan a merced de los más altos intereses de la política. De esa manera, en las democracias modernas se le da mayor autonomía a organizaciones y empresas que tienen muy poca responsabilidad democrática y se escogen funcionarios que custodian los intereses de sus donantes y de ellos mismos.

Josiah Ober, profesor de la Universidad de Stanford, piensa que la democracia es intrínsecamente deseable, pero únicamente en un marco constitucional fuerte donde no hay posibilidad de que los poderes fácticos hagan mella del sistema. Ober nos recuerda que las democracias de hoy, siguiendo al filósofo político John Rawls, combinan el liberalismo y el conservacionismo de una manera que hace que sea difícil evaluar uno sin el otro, y por tanto sugiere el regreso a la democracia clásica, donde no existen las presiones desde ninguna vertiente sobre la autonomía de los funcionarios.

Ahora que en Panamá nos avecinamos a una nueva elección el próximo 5 de mayo, debemos recordar que para que la democracia funcione, se requiere de ciudadanos comprometidos con el esfuerzo de diseñar un país que camina hacia el progreso y con responsabilidades compartidas. Pero si los ciudadanos no participan, porque son ignorantes y carecen de educación para analizar problemas y discernir soluciones, entonces no debemos quejarnos cuando somos humillados y apartados por la elite gobernante. La democracia implica vivir con dignidad donde cada uno puede ser libre de tomar decisiones consecuentes en todos los aspectos del acontecer nacional, incluso en aquellos inherentemente cargados de riesgos.

En otras palabras, cuando las mayorías eligen un sistema de Gobierno que castra a las personas que tienen opiniones distintas a las del partido gobernante, tratándolas como idiotas que no saben diferenciar entre lo bueno y lo malo, eso no es democracia. Eso es un régimen amorfo que arrincona de forma lamentable a los ciudadanos. Tal vez los críticos políticos deberían dejar de filosofar sobre la democracia, una forma de Gobierno con un antiguo pedigrí, y comenzar a preocuparse por los falsos políticos que parecen ovejas blancas por fuera y por dentro son lobos negros.

El próximo 5 de mayo es la oportunidad que tenemos todos para decidir, con mente fría, sobre el país que queremos. Nuestra democracia criolla está seriamente herida y requiere con urgencia de un voto responsable.

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