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21 de Jan de 2020

Toribio Pineda Camargoopinion@laestrella.com.pa

Columnistas

La educación en la mejora de la ciudadanía democrática

La educación cívica se considera comúnmente en dos direcciones: tradicionalmente para promover y fortalecer nuestro sentido de obligatoriedad, de obediencia a las leyes y, también, como práctica transformadora contribuyendo a forjar la personalidad de los ciudadanos para hacer frente a las injusticias desobedeciendo civilmente. Por esta razón, la educación tiene un carácter normativo que se basa tradicionalmente en un concepto ético particular del deber. Desde aquí, muestra lo que debe ser la humanidad, la sociedad y el Estado. Sin embargo, las políticas y prácticas educativas a menudo desconocen estas presuposiciones filosóficas y teóricas. Mayormente, estos principios quedan en la pasividad de los libros y con frecuencia parecen actuar de una manera ingenua y superficial.

La educación cívica, sus conceptos y contenidos han quedado rezagados como resultado de las crisis de las humanidades las ciencias sociales, ni que decir de la Filosofía. Ya casi no queda espacio para estas. Este es particularmente el caso de la educación para la ciudadanía, que, si se continúa enseñando superficialmente y precariamente, corre el riesgo de ser distorsionada, solo reproduciendo las normas establecidas sin promover el pensamiento critico como motor del cambio social significativo.

La educación tiene que ser proactiva y promover el pensamiento critico para tener ciudadanos conscientes de los fenómenos de la realidad política en su derredor. Frente a esta situación Abdiel Rodríguez Reyes nos dice: “ante el adormecimiento del pensamiento y el “social – conformismo” generalizado, se hace imperante un giro de 180o grados en las coordenadas de un pensamiento a la altura de nuestro tiempo”. La educación cívica tiene el deber de participar en un giro de esta naturaleza para profundizar en la noción de ciudadanía, estudiando lo que significa el concepto de consenso, poder y legitimidad, concibiéndolo no como sinónimo de resignación social, sino más bien como acciones políticas colectivas para plantearse objetivos en común para mejorar o cambiar las leyes, que estén en detrimento de la ciudadanía, a las que debemos obligatoria obediencia.

En consecuencia, es necesario definir las características básicas que la educación debe tener para promover efectivamente una educación ciudadana democrática y participativa. Desde aquí, es sumamente importante la identificación de cinco elementos constitutivos en relación con las formas en que la información se transmite, razona, percibe emocionalmente y luego es discutida y contrarrestada por los individuos como miembros de la sociedad. Por lo tanto, este escrito es solo una visión general de la educación, vista como una práctica trascendental de diálogo y acción común que abre el camino para una ciudadanía democrática.

La educación cívica favorece a la formación de actitudes que estimulan el sentido de pertenencia activa a la sociedad. Esta debe ayudar a desarrollar una filosofía práctica fundamentada en las virtudes y valores de la ciudadanía. Conocer la historia cívica de nuestro país, los derechos y deberes que rigen la sociedad actual. Así como los principios que rigen nuestras garantías fundamentales como seres humanos y ciudadanos.

Los ciudadanos formados en civismo son aptos para comprender la realidad política en su contexto y están dispuestos a expresar su disentir o trasgresión frente a las injusticias, porque son capaces de comprender las ocurrencias dadas en la sociedad en la que viven. Como miembros de la sociedad viven en plena normalidad, ofreciendo al Estado el más profundo sentido de obediencia y fidelidad a la Ley. Pero, si alguna Ley o autoridad falta a la justicia, estos ciudadanos conscientes están dispuestos a disentir tan pronto se debilite el diálogo con las autoridades se realizarán acciones políticas para contrarrestarlas. Estas van desde la manifestación pública hasta la trasgresión, es decir, desde protestar hasta desobedecer civilmente.