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28 de Sep de 2020

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Enrique Jaramillo Levi

Columnistas

Leer y escribir: dos monedas, una sola cara

¿Cómo suelen surgir los escritores? ¿Qué los motiva, además de la vida misma? Por lo general, en la niñez o en la adolescencia, quienes por diversas circunstancias nos hemos sentido atraídos a las palabras, a sus combinaciones específicas pero en la práctica casi mágicas por lo deslumbrantes, para lograr sugerir significados en los que tal vez antes no habíamos tenido acceso, vamos quedando prendados de los tintes, tonos, sugerencias, connotaciones, y por supuesto también de los temas concretos que son el resultado de llamar a las cosas por su nombre. Esto sucede en la lectura que realizamos en la escuela o colegio, pero también por nuestra cuenta, cuando un buen día nos pica el virus irrechazable de la fascinación ante ciertas lecturas, según sea nuestra edad, y la calidad de nuestros primeros maestros.

En este sentido sostengo que la moneda original, de la que parte lo demás, es en realidad LA LECTURA, y no la escritura, la cual acaba siendo a la larga un ilustrado derivado, que asegura, entonces, la posibilidad de ir conviviendo con la lectura, si se trata de una persona sensible e inquisitiva, alguien que ansía crear su propia realidad; su propio mundo. Esa maravillosa sensación de que uno puede crear lecturas para otros a partir de una creatividad semántica y conceptual propia, tal vez incluso original.

Es decir, uno reconoce con relativa claridad lo que se dice porque los referentes, como en un diccionario, están muy claros gracias a experiencias cotidianas o estudios previos; o lo que es lo mismo: uno reconoce las palabras porque equivalen a cosas concretas previamente conocidas por sus nombres. O sea que la experiencia previa de cierta realidad es determinante. Pero no cabe duda de que el escritor creativo suele usar recursos literarios sobre todo poéticos (tales como los tropos, las onomatopeyas, diversos símiles, las metáforas), eso que suele denominarse figuras del lenguaje, para intensificar los significados, ampliar el espectro de las connotaciones, darle vuelo a la imaginación.

Es imposible llegar a ser un buen escritor sin antes ser un excelente lector. En lo leído yacen todas las claves. Las visiones secretas que de pronto se materializan. Las intuiciones que un lector sensible logra captar entre descripciones y sugerencias, entre recuerdos vagos o concretos y adivinaciones. La manera de ser o de no ser de los personajes, sus interrelaciones, sus modismos, sus contradicciones. Y por supuesto, el lector agudo, inteligente, va aprendiendo, entendiendo, deduciendo, sospechando, desechando, concretando, como en una suerte de rompecabeza inserto en la historia. Porque en toda novela y en cada cuento —las llamadas obras de ficción narrativa— vibran historias.

Y cada historia o conjunto de historias implican una visión de mundo que primero visualizó el autor pero que los lectores ven por primera vez e interpretan. Por eso afirmo que sin el acto de la lectura no habría escritura, esa que nos viene a algunos porque primero pusimos atención a la magia de leer. Esto, por más que en su origen, muy atrás en la historia de la humanidad, el orden se dé al revés: alguien escribió primero redactó algo que otra persona o grupo de personas tal vez se interesaron en leer, para eventualmente convertirse en escritores.

Escritor