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13 de Jul de 2020

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Rafael Carles

Columnistas

¿Qué pasa con la economía?

En un día soleado en 2012, la reina de Inglaterra preguntó a los economistas británicos por qué ninguno había vaticinado la crisis financiera de 2008, un cuestionamiento que, sin ser realeza, muchos todavía nos hacemos, porque pensamos que algo sucede con la economía en todas partes del mundo.

En un día soleado en 2012, la reina de Inglaterra preguntó a los economistas británicos por qué ninguno había vaticinado la crisis financiera de 2008, un cuestionamiento que, sin ser realeza, muchos todavía nos hacemos, porque pensamos que algo sucede con la economía en todas partes del mundo.

Y cuando vemos noticias o leemos libros sobre la enorme influencia que tienen los economistas en los Gobiernos, la política y en las decisiones en muchos países, a veces no sabemos si reír o llorar. Porque, por un lado, conocemos algunos de estos economistas influyentes que se codean con presidentes y asisten a Davos todos los años con ínfulas de grandiosidad, y por otro, no podemos olvidar a George Stigler, cuando señaló en 1976 que los economistas ejercen una influencia mínima y apenas detectable en las sociedades en las que viven.

En ese sentido, a inicio de este año preguntamos a más de cincuenta industriales y comerciantes del país sobre qué se ajustaba más a la verdad, siendo (a) los economistas ejercen una influencia alta en las decisiones tomadas por los políticos, o (b) los políticos usan “información de los economistas de la misma forma en que un borracho usa un poste de luz para apoyo y no para iluminación” (cita del economista Jared Bernstein). Y aunque más de la mitad respondió (a), la respuesta correcta es (b). Primero, porque en efecto, tal como lo dice Stigler, los economistas no tienen tanta influencia en las decisiones que toman los políticos como la mayoría de la población piensa. Segundo, porque lo que constituye información económica está casi siempre sesgado dependiendo del tiempo, lugar y partido que gobierna. Y tercero, porque lo que los economistas llaman “estimaciones o pronósticos”, no son más que buenas ideas que se construyen como “postes de luz” para el uso de los políticos.

“Ni siquiera uno de cada 10 panameños ha tomado un curso universitario de economía. Y tampoco los economistas han logrado convencer al público [...]”

Y como consecuencia de lo anterior, la verdad es que los economistas tienen menos influencia en las decisiones donde más saben y más influencia en las decisiones donde menos saben. Y esto ha sido así en el pasado y seguirá igual en el futuro. Desafortunadamente, eso tiene mucho que ver con la cantidad de veces que los economistas y los políticos que asesoran cambian de rumbo en medio de los procesos. Por ejemplo, imagínense las veces que el Ministerio de Economía y Finanzas modificó durante el último quinquenio el enfoque y los criterios para resolver el problema del déficit, al punto que a finales del 2018 no registraron las cuentas sobregiradas de proveedores ni pagaron a tiempo la beca universal a estudiantes de bajos recursos, y todo por cumplir la Ley de Responsabilidad Fiscal. Y lo peor de esto es que una gran cantidad de economistas no solo permitieron esas decisiones equivocadas, sino que después de un tiempo las defendieron.

Parte de esto es culpa de todos, economistas y no economistas. Ni siquiera uno de cada 10 panameños ha tomado un curso universitario de economía. Y tampoco los economistas han logrado convencer al público de las lecciones más obvias que ofrece la economía, como son las virtudes del comercio internacional, la eficacia del estímulo fiscal en una depresión y la magia de la mano invisible. Es realmente un fracaso pedagógico a gran escala.

Otro aspecto donde tenemos culpa todos es que, si bien los economistas no han logrado convencer a la mayoría sobre los atributos de la economía, la población en general sí ha logrado aprender las cosas no muy buenas de la economía. La infame afirmación de Gordon Gekko de que “la codicia es buena”, es una de las ideas económicas más crueles de nuestros tiempos y, sin embargo, los jóvenes la aprenden desde niños y crecen para ser ricos y estar al servicio de los políticos, al punto de que, cuando llegan a la banca o la industria, terminan haciendo daño al sistema.

Los economistas pudieran argumentar que no son culpables por lo que sucede en la economía, así como los físicos no son culpables por las armas nucleares ni los químicos por la contaminación ambiental. Sin embargo, los economistas saben muy bien que el crecimiento económico de un país no se debe en igual proporción al esfuerzo que hacen los físicos o químicos, en comparación con lo que hacen ellos o los políticos. Porque, aunque la física y la química son muy importantes para el desarrollo de un país, a quienes les reservan las primeras filas, cuando se anuncian las cifras del producto interno bruto, es a los economistas, independientemente de que los resultados sean buenos o malos.

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