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15 de Jul de 2020

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Modesto A. Tuñón F.

Columnistas

Atentados contra los autores

En la película “Inteligencia artificial”, de Steven Spielberg, aparece una secuencia en que estudiantes de nivel primario escuchan la lección en su aula y el responsable de esta clase, les pide que indaguen en internet sobre un científico de siglos anteriores y que elaboren una composición sobre el personaje.

En la película “Inteligencia artificial”, de Steven Spielberg, aparece una secuencia en que estudiantes de nivel primario escuchan la lección en su aula y el responsable de esta clase, les pide que indaguen en internet sobre un científico de siglos anteriores y que elaboren una composición sobre el personaje. Cada uno de los colegiales, instalado en su computadora, inicia la búsqueda; todos estudian el tema, circunstancias y redactan lo solicitado.

Impresiona la manera como los futuros profesionales habrán de resolver sus pesquisas y producción del conocimiento. Hace poco una profesora me solicitó que revisara la ortografía y estilo de unas monografías que preparaban sus alumnos, quienes cursaban el último año de la carrera universitaria y que, con esos trabajos, culminaban la etapa de su respectiva formación superior.

La lectura de los textos sometidos a la consideración dejó una sensación de tristeza por pensar que pronto ellos se desenvolverán en una posición donde tendrán que redactar materiales y no están capacitados para ello. Lo más grave es que casi todos habían compuesto sus escritos con un ejercicio de extraer contenidos de diferentes plataformas de datos, los copiaban y pegaban en sus documentos y sin atender los protocolos respectivos.

Algunos al final en la “bibliografía” exponían la información respectiva de su indagación. En casi todos los casos no existía el nombre de ningún libro en papel, sino solo recursos referenciales extraídos de lugares virtuales. Cada una de las propuestas era como una colcha de retazos y el esfuerzo de lograr los “pedazos” era tan grande, que ciertos carecían de ideas de aquellos que habían confeccionados las llamadas “monografías”.

Hace varias décadas, estuve vinculado a la revisión de trabajos publicitarios en una comisión que reunía a funcionarios de los ministerios de Gobierno y Justicia (antes que cambiara de denominación) y Salud. Asombraba ver las campañas de promoción que se basaban en modelos que eran copiados de exitosas iniciativas en otros países. Algunos sustentaban que era necesario replicar los buenos ejemplos de tales producciones.

Plagiar se convirtió en una forma de desempeño en áreas donde se requería imaginación y originalidad. Desde 1994 con la Ley 15, se formalizó el derecho de autor, con la finalidad de proteger las obras y darles el sentido de patrimonio. Luego fue la 64 de 2012; ambas profundizaron el espíritu constitucional, cuyo contenido expone: “Todo autor, artista o inventor goza de la propiedad exclusiva de su obra o invención, durante el tiempo y en la forma que establezca la Ley”.

Pese a las disposiciones y a la gobernanza, el país ha sido escenario de varias situaciones de malas prácticas en los campos del periodismo, la literatura, la música y hasta en disciplinas técnicas como la arquitectura. También en los proyectos que requieren estudios de impacto ambiental, hay quienes copian formularios previos y presentan solicitudes no originales. No obstante que se considera un delito hacer uso de pertenencias ajenas; algunos se atreven.

El tema es tan amplio, que se ha tenido que abrir una rama relacionada con la esfera industrial. Las patentes, certificaciones los derechos de exclusividad se han establecido para detener a los malhechores que saltan los muros de la pertenencia para lograr que se les reconozcan autorías sobre los bienes de la creación intelectual, aunque en efecto no las tengan. Estas acciones se hacen mayormente delictivas cuando llegan al público o se aprovechan de ellas.

Suplantar la personalidad de quien ha generado un bien, como consecuencia de la imaginación o esfuerzo mental, es una agresión que sanciona la normativa y muchos parecen no ser conscientes. La educación sobre el respeto a la propiedad comienza temprano con la formación. No es posible argüir ahorro de tiempo y esfuerzo. Quien se acostumbra ahora, luego no tiene límites.

Periodista