Temas Especiales

25 de Jun de 2022

  • Carlos E. Rangel Martín

Columnistas

No existe razón para tener miedo

En enero de 1918, aunque los soldados y civiles fallecidos sobrepasaban los 20 millones de personas a nivel internacional, la Primera Guerra Mundial no daba señales de terminar; pero, cómo si esta tragedia no fuera suficientemente grande, ese mismo mes de enero apareció la pandemia llamada “Influenza Española” que, hasta cuando desapareció en diciembre de 1920, por sí sola le causó la muerte a unos 40 millones de personas en el mundo.

En enero de 1918, aunque los soldados y civiles fallecidos sobrepasaban los 20 millones de personas a nivel internacional, la Primera Guerra Mundial no daba señales de terminar; pero, cómo si esta tragedia no fuera suficientemente grande, ese mismo mes de enero apareció la pandemia llamada “Influenza Española” que, hasta cuando desapareció en diciembre de 1920, por sí sola le causó la muerte a unos 40 millones de personas en el mundo. Así que, viendo cómo aumentaban los muertos por la guerra, el hambre y la pandemia, muchos pensaron que más claro no podía ser que estaba empezando el fin del mundo.

Un detalle interesante es que dicha pandemia no fue conocida como “Española” porque apareciera en España, sino porque, como eran tiempos de guerra, los Gobiernos de todos los países en conflicto censuraban la prensa, radio, y otros medios de comunicación para impedir o minimizar noticias que dieran a conocer todo lo que estaba sucediendo, así procurando mantener alta la moral de sus poblaciones y ejércitos; mientras que España, por mantenerse neutral y no imponer censura alguna, se convirtió en la fuente principal de todas las malas noticias.

De modo que la gravedad de la presente situación por muy lejos es mejor que la de principios de 1918 y, consiguientemente, no preludian al fin del mundo ni nada parecido, como sugieren algunos predicadores religiosos, la gran mayoría de los cuales anda completamente despistada o intenta “pescar en río revuelto”; aunque esto no quita que sí debamos pedirle al Buen Dios que nos ayude a detener rápidamente este flagelo a la humanidad.

Esta es una situación que en realidad no requiere mayores sacrificios de nuestra parte, pero sí exige que, sin excepción alguna, todos nos tomemos muy en serio las directrices sanitarias que dispongan nuestras autoridades, durante todo el tiempo que sea necesario para evitar que la epidemia primero disminuya, pero después tengamos que lamentarnos por el resurgimiento de esta.

Referente a las prédicas religiosas disparatadas, que son las que más alarma causan, en su mayoría citarán algún párrafo del libro del Apocalipsis del Nuevo Testamento, que es un lenguaje cifrado que primero utilizaron algunos profetas en los tiempos del Viejo Testamento, aplicándolo a afirmaciones proféticas que supuestamente solo algunos supieran entender. El Apocalipsis, en particular, al presente hay quienes consideran que es una especie de “manual de resistencia” de los primeros cristianos, porque, por ejemplo, su Capítulo 13 describe un monstruo con el número 666 que seguramente hace referencia a “Nerón Emperador”, ya que, al aplicar la Cábala judía a la traducción al hebreo de esta expresión que aparecía en todas las monedas romanas, la suma de los valores de todas las letras da dicho número. Por cierto que el mismo Jesús utilizó dicho lenguaje cuando habló sobre el fin de los tiempos, algo que ni el mismo san Pablo logró comprender, porque sus epístolas [cartas] revelan que creía que el fin de los tiempos era inminente.

Casi siempre alguien pregunta ¿por qué el Buen Dios permite tantos sufrimientos a los hombres?, y lo primero que hay que aclararle es que Dios nunca castiga, solo perdona. Allá los que no quieren saber de Él. Incluso lo mismo debieron preguntarse todos los que presenciaron la crucifixión de Jesús, cuando muchos incluso se burlaban diciendo “Está confiado en Dios; que le libre ahora si le quiere”. Y Jesús entonces empezó a rezar el Salmo 22, que comienza con las palabras “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, ¿por qué no vienes a salvarme?, ¿por qué no atiendes a mis lamentos?”; pero que termina diciendo que “Mis descendientes adorarán al Señor y hablarán de Él toda la vida; a los que nazcan después, les contarán de Su justicia y de Sus obras”; en esta forma aludiendo a Su resurrección.

Francisco y Jacinta Marto, los menores de diez años de los tres pastorcitos que durante 1917 tuvieron visiones de la Santísima Virgen María en la Parroquia de Fátima, Portugal, pocos meses después sufrieron y fallecieron debido a la “Influenza Española”. Pero algo muy significativo es que un día en que estaban reunidos con su prima Lucia Dos Santos, la vidente principal, tres miembros de la policía montada les advirtieron de que el alcalde comunista del Municipio estaba decidido a hacerlos matar a menos que revelaran los “secretos” que habían recibido de la Santísima Virgen. Y ocurrió que, algunos días después, una tía les ofreció alojamiento permanente en su casa, porque vivía donde no llegaba la autoridad de dicho alcalde, para así evitar que los mataran; pero los tres pastorcitos reusaron el ofrecimiento aclarándole: “Si nos matan, mejor. Iremos antes al Paraíso”.

Todo esto ilustra el incalculable valor de tener confianza en el Buen Dios.

Jubilado del Cuerpo de Ingenieros de EE. UU.