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04 de Jun de 2020

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Ernesto A. Holder

Columnistas

Donde quiera que estén… que estén bien

“Una vez me tropecé por casualidad con un viejo amigo y me comentó: “siempre me acuerdo de ti”. Entonces entendí que no son inusuales los recuerdos que hoy me asaltan sobre el quehacer de mis amigos extraviados”

Hemos ido descubriendo mucho sobre las cosas que ocurren entre las personas en tiempos de crisis; cuando la condición humana se ve amenazada. Cuando la vida y el bienestar están en jaque, para utilizar la figura del juego de ajedrez. O, a manera personal, cosas que suceden en la psique cuando morirse, si no nos cuidamos, no es una opción, sino una certeza. Amenazados de muerte. Sí, amenazados, cuando formas parte de ese grupo de seres humanos en riesgo, ya sea por edad o por alguna condición médica en particular.

Se ha manifestado con mucha fuerza ese sentir de solidaridad humana desde todos los niveles de la sociedad y en un país como el nuestro (a pesar del negativismo que se puede sentir en redes como Twitter, por ejemplo), nuestra multiculturalidad ha demostrado ser integral y solidaria, a diferencia de otros países y particularmente en Estados Unidos, en donde peligrosa e insensatamente, se ha vilificado a la comunidad china, aupados por el mismo presidente Trump.

Pero iba era a otra cosa. Además de las ofertas en Netflix, los libros y las lecturas pospuestas eternamente, a dedicarme a escribir proyectos que quedaron en ideas sueltas en el celular o en la libreta que tengo sobre mi escritorio, a estar al tanto de los seres queridos y amados, los de cerca y los que están a la distancia, ha sido parte de lo que esta cuarentena obligada ha motivado. También ha ocurrido que, entre los pensamientos que en la soledad del encierro han aflorado, una ligera curiosidad por los amigos de algún tiempo del pasado se ha emergido.

“[…] me ha ocurrido que, muy a pesar de tanta conexión virtual-digital, hay personas que me han saltado en el recuerdo y que no se nada de ellas. Nadie sabe de ellas. No aparecen en ninguna búsqueda. Son fantasmas digitales”

Ya con las semanas trascurridas en cuarentena, directa o por intermedio de otros, hemos saludado a toda la familia, casi toda. A los amigos de la infancia, a los de la primaria y los de la clase de graduación de la secundaria. A los colegas que tuvimos en la universidad, en algún trabajo o proyecto de los varios que ejecutamos a lo largo de las décadas. A los de la congregación, para los que son religiosos… A los amigos históricos.

¡Bien!, para eso han servido las conexiones digitales y redes sociales. En las últimas dos décadas hemos ido conectándonos poco a poco y construyendo esas cadenas de relaciones que en algún momento habíamos pensado rotas o perdidas para siempre. Hemos sentido complacencia por la amistad reafirmada en el tiempo y, pocas veces, creo, nos hemos ido alejando en silencio virtual, de algunas reconexiones sociales que han probado ser un poco enredadas o tóxicas para esta etapa de la vida.

Pero me ha ocurrido que, muy a pesar de tanta conexión virtual-digital, hay personas que me han saltado en el recuerdo y que no se nada de ellas. Nadie sabe de ellas. No aparecen en ninguna búsqueda. Son fantasmas digitales. Guardo recuerdos de ellas como personas con el más hermoso de los sentimientos, expresados en un tiempo en que la vida de nadie estaba en peligro ni estábamos frente a ninguna pandemia como para que nos confesaremos lo importante y valioso de nuestra amistad. Eso era tácito y quedaba en evidencia con el diario vivir con ellos en aquel entonces. Con cada uno tuve en su tiempo y momento una maravillosa amistad, sin traumas ni reparos, cuando poco a poco y sin advertirlo, los retos de la vida nos fueron llevando por caminos diferentes en aquellos años en que solo las cartas y el teléfono eran los mejores métodos de comunicación a distancia.

El escritor español del siglo pasado Pio Baroja escribió que: “Solo los tontos tienen muchas amistades. El mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez”. En este tiempo de redes sociales con sus números de seguidores y sus “likes”, el sentido y valor de la amistad es cuestionable; se ha distorsionado. No sé si en realidad el cambio social que se venía dando, la amistad recobrará su noble sentido una vez superada la pandemia y la amenaza a la vida.

Una vez me tropecé por casualidad con un viejo amigo y me comentó: “siempre me acuerdo de ti”. Entonces entendí que no son inusuales los recuerdos que hoy me asaltan sobre el quehacer de mis amigos extraviados ¿Qué será de ellos? Donde quiera que estén, que estén bien.

Comunicador social.