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25 de May de 2020

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Leopoldo E. Santamaría

Columnistas

Solidaridad vs. COVID-19... Una opinión

“¿O será solidaridad la del Gobierno y los importadores de alimentos con los productores del sector agropecuario?, ¿o la de las escuelas privadas con los padres de familia?... ¿O será que la presunta solidaridad perdería sentido si se sancionan las leyes de moratoria?”

La Real Academia de la Lengua Española define el término solidaridad como la adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros. Actualmente, frente a la crisis sanitaria relacionada con el COVID-19, la administración optó por la solidaridad como el mejor recurso para, unidos, “ganar la guerra”. Hace varios lustros, el vocero de una congregación religiosa me entregó una alcancía rotulada “sin caridad no hay paz”, lema de campaña de su organización eclesial, para recaudar fondos, que destinaría a la asistencia social… “Disculpe, le dije, rehúso apoyar una campaña cuyo lema contradice el objetivo propuesto; en el mundo no hay paz, entre otras razones, porque los cómplices y beneficiarios del modelo económico imperante promueven la caridad; que es el reverso de la justicia, como dijera Galeano”. Usted, mejor que yo, recordará que Jesús dijo: “la obra de la justicia será paz”. Y es que, de haber justicia, no habría caridad en el mundo, pero como el modelo económico vigente se sostiene sobre el egoísmo, expresado en la codicia y en el afán de lucro, recurren al disfraz de la caridad, por eso dan parte de los que les sobra, o de aquello de lo cual pueden prescindir. Interpretación distorsionada que explica por qué, sobre la base de un supuesto altruismo, se crean instituciones de beneficencia. Galeano, también advirtió: “a diferencia de la solidaridad, que es horizontal e implica respeto mutuo, la caridad se practica de arriba hacia abajo, humilla a quien la recibe”.

Hace poco, una periodista le preguntó a un peatón: ¿por qué no se quedó en su casa?; sabe el riesgo de contraer una enfermedad mortal o ir preso?... “yo no tengo casa, pago alquiler y si no salgo a buscar, aunque sea para la comida, nos morimos de hambre, tengo mujer y tres hijos y no tengo trabajo”. Antes de iniciar la crisis, el 45 % de la población en capacidad de trabajar, estaba en el sector informal de la economía, y el desempleo era del 7 %, o sea, que esta era la realidad para uno de cada dos panameños. Además, el poder económico, a través de los medios de comunicación, estigmatiza a las organizaciones sindicales y la lucha de los obreros por mejoras en la seguridad laboral o por ajustes salariales, imprescindibles para compensar la disparidad frente al constante aumento del costo de la vida. Y los gremios, sistemáticamente, son cooptados por los Gobiernos “democráticos”, por ello carecen de autoridad y de convocatoria. El que hoy, al personal de salud, que expone su vida, le llamen héroes o ángeles, es resultado de la manipulación mediática; en el primer reclamo por mejoras al sistema sanitario o por salarios, los vuelvan a convertir en peseteros, inhumanos o mafia blanca. La educación, la salud pública, la Caja de Seguro Social y la mayoría absoluta de los servicios públicos son una calamidad, como resultado de las medidas impuestas por gobernantes coludidos con el capital financiero internacional; Justicia es mucho más que condenar a quince años de prisión a quienes roban una bolsa de arroz o unas latas de atún y mientras tanto, ni siquiera voltean a ver a los que saquearon y continúan saqueando y despilfarrando los recursos públicos.

La solidaridad se fundamenta en la justicia, por eso es imposible sin rendición de cuentas o en medio de flagrante impunidad, el reto es generar los cambios que permitan eliminar, que no atenuar, y menos aún, disfrazar, los factores que traducen las profundas desigualdades, entre los pocos que acumulan excesos y los muchos que acumulan privaciones. El cambio implica el mejoramiento integral de las condiciones del conjunto de la sociedad, no como podría estar ocurriendo ahora con el plan del “Panamá solidario”, en el que el Gobierno favorece a quienes concentran el poder económico, a expensas de la clase media y de los sectores más necesitados, como si el propósito fuera sacrificar a la mayoría para que las grandes empresas mantengan sus niveles de ganancias. Y todo ello, sin preocuparse, en lo absoluto, por sustituir lo evadido y lo sustraído, porque simplemente piden más dinero; a escasos diez meses de gestión, ¡ya han aumentado la deuda en casi 14 000 millones de dólares!, y sueltan la migaja de 50 millones en bonos, algunos negociados por la banca privada. Les importa un bledo que ello implique hipotecar el futuro de varias generaciones; como si no entendieran que la equidad social es imposible, porque se sustenta sobre la iniquidad del modelo económico, falta decoro y entereza, para reconocer las profundas desigualdades existentes y coraje para trabajar a favor de un cambio real, que partiendo de la identificación de las causas, permita construir una sociedad centrada en el bienestar del ser humano; como bien concluyera Bertolt Brecht: “El que no conoce la verdad es simplemente un ignorante, pero el que la conoce y la llama mentira, ese es un criminal”. Así las cosas, no debería sorprender que palabras como justicia, y solidaridad suenen a blasfemia, y aunque el poder económico, usurario e insensible disfrace u oculte sus verdaderos propósitos, siempre es posible advertirlos; como evidencia la intención de cobrar interés sobre intereses, la autorregulación de la banca, etc. ¿O será solidaridad la del Gobierno y los importadores de alimentos con los productores del sector agropecuario?, ¿o la de las escuelas privadas con los padres de familia?... ¿O será que la presunta solidaridad perdería sentido si se sancionan las leyes de moratoria? ¿Usted qué opina?

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