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07 de Jul de 2020

Columnistas

Percepción ciudadana

En general, el 81% de los panameños -como dirían en el “ghetto”, “nadie cree en nadie”- no confían en otras personas o instituciones

Bolivianos coronavirus
El coronavirus ha puesto en evidencia la existencia de una inmensa mayoría precarizada y excluida al acceso de los productos nacionales  EFE

La crisis mundial producida por el nuevo virus SART-CoV-2 que desencadena la “endemoniada” COVID-19, ha transformado los hábitos sanitarios, el comportamiento social, económico, en lo absoluto el político, pero sí ha mutado significativamente la percepción ciudadana. 

Se entiende como percepción “el proceso fundamental de la actividad mental, y suponen que las demás actividades psicológicas como el aprendizaje, la memoria, el pensamiento, entre otros, dependen del adecuado funcionamiento del proceso de organización perceptual” (Wertheimer y otros). 

La Real Academia Española define la percepción como “la sensación interior que resulta de una impresión material hecha a nuestros sentidos”. En consecuencia, la percepción ciudadana es la manera como percibimos, sentimos, particularmente, el ambiente cultural, la gestión gubernamental; y cómo éstos afectan nuestra calidad de vida. Es también, el “proceso cognoscitivo a través del cual las personas son capaces de comprender su entorno y actuar en consecuencia a los impulsos que reciben; se trata de entender y de la organización de los estímulos generados por el ambiente y darles un sentido” (definición.de). O, coloquialmente, la percepción ciudadana es la forma como la gente “le mete mente” a las cosas.

¿Cuál es la percepción o qué sentido le dan los panameños a la situación derivada de la pandemia? O, ¿Cómo se ha modificado el modo de ver las cosas -en medio de las crisis de la COVID-19- de los nacionales del Istmo?

Tomando como fundamento las encuestas publicadas por el Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales AIP-PANAMÁ (CIEPS), en octubre de 2019 y mayo de 2020, respectivamente, observamos una reveladora transformación o cambio de percepción o de cómo las personas le meten mente a la situación. En general, el 81% de las personas -como dirían en el “ghetto”, “nadie cree en nadie”- no confían en otras personas o instituciones. El 72% de la población considera que este es un país inseguro y que al 92% de la gente se le “lava el cerebro” por televisión. Sin embargo, al comparar ambas encuestas vemos que la percepción de desigualdad ocupaba en el año 2019 el séptimo lugar con un 5%, mientras que en el 2020, salta 27 puntos porcentuales y se ubica en el primer lugar con 32%; y la corrupción que se ubicaba en 13% el año pasado, hoy en medio de la “peste” ocupa el segundo lugar con 32%. La educación, el desempleo y la salud se mantienen, más o menos, estables.

 

¿Por qué cambia tan drásticamente el pensamiento de las personas, particularmente, sobre estos dos problemas: Desigualdad y corrupción? En mi opinión, es la revelación de la cruda realidad que subyace en la sociedad panameña. La “cuarentena” o encerramiento de los panameños y panameñas, trabajadores informales, trabajadores con contratos suspendidos, jubilados y pensionados, y pequeños empresarios, pone en evidencia la existencia de una inmensa mayoría precarizada y excluida del producto nacional y una ínfima minoría que de forma dolosa, muchas veces, acapara el grueso de la riqueza nacional, el famoso 99%:1%, sale reveladoramente a la luz, casi que con el mismo impacto desolador de la COVID-19. 

 

Los ciudadanos más vulnerables observan con tristeza e indignación como se les regatea y se les humilla con “bolsas de comida” y “bonos solidarios” que son, ni más ni menos, una bicoca o “pan para hoy y hambre para mañana”. El propio ministro de Economía y Finanzas acaba, recientemente, de correr la cortina de humo, del secreto de la indignidad y despropósito gubernamental: Ha dicho, “de los ahorros del Presupuesto General del Estado, el gobierno ha asignado dos mil millones de dólares para los programas sanitarios y de solidaridad social”, de atención a los miserables; mientras que con el eufemismo de “reactivación económica” se reserva el botín principal, cerca de seis mil millones de dólares (B/.6,000,000,000.00), para los ricos, banqueros o usureros, mal llamados empresarios. De este caudal, mil trecientos millones de balboas son específicamente para el apalancamiento bancario.

Pero la “tapa del coco” lo constituye las supuestas conductas dolosas en el manejo del erario, que se han escenificado desde el ministerio de la Presidencia, pasando por el Ministro Consejero, ministro del MOP y el tristemente célebre director de la Caja de Seguro Social; ello explica de manera meridiana las motivaciones que hacen que la percepción ciudadana establezca como sus principales preocupaciones -hoy día- la desigualdad social y la corrupción pública. ¡Así de sencilla es la cosa!. 

El autor es abogado y analista político.